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(Final)

Esa brisa infinita y poderosa que siempre regresa sobre el batiente vuelo de sus propios anhelos, mientras desoye los adioses del horizonte, es una brisa que parece venir de un cautivante firmamento con estrellas de diamante. Una brisa que se agota y se revuelve en el húmedo rocío de la naturaleza y en la quimericidad de una llama de fuego ilusionada con un paraje lleno de gran fauna incombustible. Una brisa que trae la respuesta a la pregunta que hizo la catarsis más dulce y pasional de un alma aventurera, un alma que ha trasgredido las fronteras de la muerte en contadas ocasiones. Aquella es, desde luego, una de esas brisas que recorren las blancas arenas de la vida en las que el tiempo choca a cada segundo, una brisa que no deja de hacer las suyas mientras Melanie Oldman conduce un automóvil por una carretera fuera de toda ciudad y por la cual pasan muy pocos vehículos. En alguna parte del alma de aquella mujer existía en esos instantes un susurro capaz de llenar el universo, una motivación infinita, una gota que tintineaba en una de las secretas habitaciones del corazón y que al contemplar los distintos remolinos de la vida se hacía marejada. En alguna parte de ella los ojos de la luna brillaban como nunca podrá brillar ninguna de las estrellas del firmamento. Ella sabía que había cumplido con una misión, por eso, en esos instantes, mientras conducía un auto, se encaminaba a toda marcha hacia su recompensa. Y así, luego de conducir durante horas, aquella peligrosa y letal mujer que desde hacía mucho llevaba un parche en su ojo izquierdo, llegó a una casa en medio del campo. Ella llamó a la puerta, pero al percatarse de que nadie acudiría a abrirla, ella la forzó, la abrió y entró como si nada en aquella casa. Ella, como habíamos dicho, tenía una motivación. Una motivación que era en realidad una emoción contenida en lo más profundo de su propio ser ella. Dicha motivación, como también se ha dicho en parte, era una recompensa, al cual, la hermosa Melanie no tardó en encontrar sobre una mesa que se hallaba en la sala de estar de aquella casa.

"Yo iré a buscar a Denise mientras tú te encargas de llevar a Iris a mi casa. Esta es la dirección". "Me hablaste de una recompensa". "No te preocupes, Melanie. Sé que esa es tu motivación para interferir en esta historia, y la tendrás". "Sé que aunque muero de ansias por volverlos a tener conmigo no los puedes traer a la vida". "No, ello va contra la lógica misma de la historia". "En ese caso me conformo con la foto". "Bien, estas son las coordenadas en las cuales podrás pasar a recogerla. Allí viven unos familiares de tu esposo fallecido. Ellos tienen la foto, cuando llegues allí la encontrarás sobre una mesa. Pero eso sí, debo advertirte algo. Si bien me las arreglé para manipular la significación y darte dicho regalo, hace poco me enteré que sobre mí hay otro escritor, y sobre él puede que otro, de modo qué no sé qué pueda suceder cuando llegues allí. Muchos éxitos".

Melanie Oldman tomó entre sus manos aquella recompensa a todos sus esfuerzos en esta historia. Una foto en la cual ella aparecía junto a su esposo y sus dos pequeños hijos brutalmente torturados, abusados en múltiples formas y asesinados por un cartel de la droga. Al parecer, aquella era la única foto similar que quedaba en todo el mundo. Melanie la observó con una fijeza inaudita, como si de repente se hubiese salido del tiempo. Luego pasó la yema de sus dedos sobre ella y lloró como hacía muchos años no había llorado. La nostalgia, el dolor, el amor, y una mezcla de muchos otros sentimientos la inundaban por completo. Ella miraba a su familia y no podía evitar el sentir de querer tenerlos de nuevo junto ella. El mismo sentir que durante un tiempo la impulsó a robar bancos y otros negocios para reunir lo necesario junto a su amiga Helen para emprender una expedición al Amazonas colombiano para buscar la ciudad pérdida de El dorado. Pero de eso ya hace mucho tiempo. De repente, un presentimiento bastante oscuro atraviesa el corazón de aquella mujer que en tan solo en unos segundos se ha encontrado de frente con varios instantes significativos de su pasado. Melanie decide subir entonces unas escaleras que la conducen a un pasillo al final del cual hay una habitación. En dicha habitación, sobre una cama, se encontraban los familiares de esposo. Ambos se encontraban tomados de las manos y habían sido masacrados a tiros al parecer no hacía mucho, razón por la cual aquella cama se hallaba empapada en sangre. Melanie quiso acercarse a ellos, pero de un instante a otro un ruido la alertó, en menos de un segundo ella decidió lanzarse por la ventana de aquella habitación, la cual, cabe decir, se encontraba en un segundo piso. No hubo tiempo siquiera de abrir dicha ventana, Melanie la atravesó con todo y vidrios luego de lo cual se hizo presentó la explosión en un abrir y cerrar de ojos borró aquel lugar. Tanto la onda de choque como el fuego alcanzaron a la bella Melanie, sin embargo, rápidamente ella dio vueltas en el suelo y las llamas se apagaron. Ella se salvó, sí, pero la foto, su recompensa a todos sus esfuerzos, había caído de sus manos, y las llamas del destino se la llevaron consigo sin piedad ni respeto alguno por la memoria de aquellas personas que se encontraban en la misma.

Melanie volvió a llorar, pero esta vez poseída por un dolor infinito. Sintió como si le aplicaran una inyección de fenol en el corazón. Sentía que la herida que acababa de sufrir la había matado por completo y que ya no habría razones para levantarse de aquel lugar. Ese, de hecho, le pareció un buen lugar para morir. "¿Dices que el secreto de tu persistencia reside en el hecho de que tu alma ya está rota?". "Así es, Amanda". "Creo entender". "¿Qué entiendes exactamente?". "Creo entender que a veces cuando el alma se rompe se coloca por encima de todas las tragedias. En cierto modo se vuelve infinita". "Entiendes bien". "Sin embargo, sería bueno que en un futuro pudiéramos sentarnos a analizar dicho argumento". "Claro que sí, será un placer. No habrá un último latido hasta que alma no quiera reinventarse a sí misma aun estando rota". Melanie había cerrado su único ojo sano.

                 Pero lo volvió

                                   a abrir.

Unos cuantos meses después, Norman Hyuss abordaba junto a cinco de sus escoltas un ascensor en un costoso edificio de una ciudad que hasta el momento no había sido dañada por desorden apocalíptico alguno. En dicho ascensor se encontraba una mujer de cabello color vinotinto. A todas luces una peluca. Cuando el ascensor comenzó a subir dicha mujer se hizo con unas pistolas y en cuestión de nada asesinó a los escoltas de Hyuss. Luego le apuntó a aquel, quien no dejaba de fumar tranquilamente una pipa. "Quién eres", preguntó él. "Una amiga de la brisa", respondió ella mientras se quitaba unos anteojos y dejaba entrever una mirada sumamente profunda, mientras dejaba entrever un ojo de color miel y un ojo de color violeta, aquel último, un ojo de vidrio, muy difícil de percibir como tal, si no es porque alguien se coloca muy cerca de la portadora. "Veo que mi hora está cerca", comentó Hyuss. "Así es". "Bien, estoy preparado, puedes proceder sin problema, pero quiero que sepas algo, querida, yo no soy más que un signo en una historia, por ello, aun cuando me asesines, vendrán muchos otros como yo en marejada a traer el fin de este mundo". "Y yo estoy segura de que vendrán muchas otras personas como yo a luchar contra ellos". "Le daré saludos a tu familia si es que la llego a ver". "Alístate a saludar a ese infinito vacío del que nunca escaparás".

Luego de que Melanie disparara una brisa infinita surcó el mar más íntimo de su existencia. Ella observó el cielo al salir del edificio en el que estaba y al alzar su vista y al contemplar, con aquel acto, la hondura de una indescifrable infinitud al fondo mismo de las pupilas de la eternidad, le pareció que una mirada nostálgica, dulce y embebida de asombro le daba ánimo. Una mirada que había sido testigo de todas sus luchas. Una mirada que había seguido expectante el único trazo capaz de completar la luna. Una mirada que de cuando en cuando llegó a brillar con la misma luz que podemos encontrar en el más luminoso recodo de una lágrima. En el sentir más intenso de un espíritu compungido. Muy cerca de la bella Melanie, los segundos descubrían su propia inconsistencia mientras la hierba de un parque hondeaba con el viento, una hierba a la que la luz matinal le insuflaba energía y la hacía ver radiante. Una ráfaga de brisa, por su parte, de alguna forma lograba escapar a un insólito torbellino de silencios, oscuridades y horrores diversos. Huellas de ámbar quedaban plasmadas al fondo de la existencia tras las llamaradas color azul zafiro con las que arde el alma. La memoria de Melanie jugaba a enhebrar un hilo de sueños que ya nunca podrán ser pero que cuando fueron valieron por todas la posibles vidas que algún que otro mecanismo del destino le pueda regalar a un ser. De repente, la gravedad de las estrellas atrajo con su fuerza una mirada que se hallaba distraída en el pasado, la mirada de una mujer que se encontraba recordando las más bellas fragancias de su propia vida, de su propio trascurrir ente los pasillos que se conectan y se imbrican azarosamente en este mundo. En lo alto, más exactamente en aquel cielo lechoso en el que un grupo de aves aleteaba con frenesí, las estrellas no se veían por ninguna parte. Pero allí estaban. En alguna rincón del Todo. En algún lugar de lo profundo. Como voces que susurran en un lago infinito. Como ojos sedientos de pasión. Como un reflejo de llamas descomunales. Como un grupo de palabras que de repente deciden soñar con alguien. "No, no se pueden matar los recuerdos cuando son los latidos del corazón los que recuerdan". O al menos eso dijeron las estrellas mientras Melanie Oldman era impulsada por la brisa hacia una nueva aventura.

De las inercias de la piel a un mar de constelacionesDonde viven las historias. Descúbrelo ahora