Prólogo

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—¿Cómo te llamas? —La mujer miró con resignación al doctor.

—Estela Vidal.

—Muy bien, Estela, ¿sabes qué día es hoy?

—Sé perfectamente qué día es hoy, dónde vivo o cómo me llamo. Deje de hacerme preguntas estúpidas. —El hombre deslizó el bolígrafo con interés a lo largo del cuaderno que tenía delante, Estela no se lo estaba poniendo nada fácil.

—Está bien, veo que tu orientación está perfecta. Y la verdad, te noto bastante lúcida. —La miró con curiosidad. Analizó el rostro de aquella mujer, demacrado por el cansancio. Sus ojos recorrían incesantes e inquietos la habitación. Aunque no cabía duda de la lucidez aparente de Estela, había algo que la atemorizaba. Sus manos se movían nerviosas debajo de la mesa, y recorrían agitadas sus cabellos húmedos y desaliñados.

—Estela, ¿por qué nos llamó anoche tu hermana? Estaba bastante asustada por tu salud. —La mujer suspiró, intentando aparentar cordura.

—Aquí estoy perfectamente. —El doctor volvió a hacer anotaciones en su cuaderno. Escribió en mayúsculas la palabra «aquí».

—¿Puedes concretar el término «aquí»? —Estela maldijo algo en voz baja, dándose cuenta de su error. Se balanceó con intensidad en la silla.

El hombre insistió:

—¿Quieres decir que solo aquí estás bien? —Ella negó con rotundidad. Volvió a acariciarse los cabellos, mientras el doctor estudiaba con detalle cada uno de sus movimientos. Abrió el informe que sus compañeros habían realizado esa misma mañana, cuando ingresaron a la mujer en el centro—. ¿No estarías mejor en tu casa Estela? —sugirió el doctor.

—¡No! ¡En mi casa no! —chilló. Se levantó y empezó a recorrer la habitación asustada. Toda la cordura que había intentado aparentar en los primeros minutos del examen se había esfumado. Sus piernas temblorosas se movían alrededor de la silla del despacho.

—¿Por qué no? —Estela no era capaz de articular palabra. El miedo la había invadido de nuevo, como todas aquellas noches en vela, en las que había luchado con afán por mantenerse cabal.

El doctor se levantó y se situó a su lado. La sujetó por los hombros, transmitiéndole tranquilidad.

—¿Qué ocurre en tu casa, Estela? ¿Por qué no quieres volver allí? —Clavó sus vidriosos ojos en los de él. Unos ojos negros como el carbón, penetrantes, víctimas de una serie de sucesos que la habían conducido hacia el delirio. Una lágrima asomó veloz.

—No estoy loca —susurró—. Eso es lo que ella quiere que crea.

—¿Ella? ¿Quién? —El viento golpeó de pronto los cristales del despacho, provocando un ruido sordo que hizo sobresaltar al doctor. La ventana se abrió de par en par—. ¿Quién quiere hacernos creer que estás loca, Estela? ¿Tu hermana?

La mujer negó despacio. Un nuevo golpe de aire, esta vez hizo que la puerta se abriera. El doctor se apresuró a cerrarla, para después volver junto a Estela. Dio un brinco al ver a la muchacha. Sus ojos miraban aterrados hacia la ventana, totalmente petrificada señalaba hacia el exterior. No pestañeaba, ni tampoco, movía un músculo.

—Estela, ¿qué te ocurre? —La mujer seguía inmóvil, con la mirada perdida y el semblante pálido y sudoroso—. Voy a pedir ayuda. —Estela le agarró del brazo.

—No me deje sola doctor, con usted aquí no me hará nada.

—¿Quién? ¡Dime quién!

—Está enfadada. —Le susurró al oído. El doctor sabía que todo aquello era fruto de la imaginación de su paciente, pero parecía tan real que consiguió asustarle.

—Estela, quiero ayudarte. Dime, ¿de qué tienes miedo? —Tras observar durante unos segundos la compasiva mirada del hombre, y tratando de recomponerse, la chica se levantó del suelo. Se sentó de nuevo en la silla de la que minutos antes se había levantado horrorizada.

Fue entonces, cuando se percató, de que sincerarse con aquel hombre de rostro amable y mirada risueña, aquel que no perdía ojo de cada uno de sus movimientos, y que anotaba en un papel todas y cada una de sus palabras, iba a ser la única forma de acabar con su sufrimiento —o al menos, eso pensó ella—. Sin verse capaz de encontrar otra opción, Estela dejó escapar un suspiro de sus labios antes de responder:

—Le contaré mi historia.


—Le contaré mi historia

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En vela [Disponible en librerías]Donde viven las historias. Descúbrelo ahora