Me levanto antes de la alarma. Toda la noche, toda la semana, no estoy realmente segura de que haya estado durmiendo. He estado dentro y fuera de la conciencia, deseando que algo cambiara pero sabiendo que no lo haría. Me duele el pecho, ¿o es mi corazón? Es difícil de decir. La gente siempre está diciendo el término “corazón roto”, pero esto es físicamente doloroso. Me quedo tumbada en mi cama, esperando a que suene la alarma, presionando mis manos contra mi corazón, como si al aplicar la suficiente presión, pudiera mantener las piezas sin separarse.
—Charlie está aquí. —me llama mi madre.
Terriblemente temprano, de nuevo. Excepto que cuando echo un vistazo al reloj, veo que son las 7:10. Llegamos tarde. No tengo ni idea si mi alarma sonó. Tal vez ni siquiera la puse.
—Ya voy, —salto de la cama y me pongo los jeans de ayer. Me visto con una camiseta blanca y una chaqueta de punto azul que cuelga sobre la silla de mi escritorio.
He estado evitando las llamadas y los mensajes de Charlie. También los de Olivia. No sé qué decirles realmente, y no me siento con ganas de escuchar que lo sienten por mí. Especialmente desde que no he tenido noticias de Justin. Él no ha llamado o ni pasado por aquí. Lo que me hace sentir que no se disculpará, porque lo que pasó el viernes es solo el principio de algo más.
La peor parte es que ni siquiera estoy segura de si fue a su casa este fin de semana. Me quedé toda la noche del viernes, hasta casi la mañana, esperando a verlo entrar. Nunca lo hizo. Ningún neumático sobre la grava. Ninguna luz en su dormitorio. Nada.
—¿Todo bien? —me pregunta mamá cuando entro en la cocina. Sé que probablemente me vea como un desastre. No me he lavado el pelo desde el viernes, y ni siquiera me molesté en intentar encontrar mi bolsa de maquillaje esta mañana.
—Sí —le digo.
—¿Está segura? Has estado muy silenciosa. —ella pone las manos en sus caderas y me enfrenta, como hace cuando sabe que no estoy diciendo toda la verdad. Me sorprende que incluso se haya dado cuenta. Ella y mi padre se han quedado susurrando en el estudio la mayor parte del fin de semana.
Aclaro mi voz y le doy un rápido beso en la mejilla—. No te preocupes.
—¿Qué soy yo, hígado picado? —mi padre está sentado en la mesa de la cocina, y golpea su mejilla con el dedo índice. Me acerco a él, y me atrae en un abrazo.— Destrózalos, galletita. —me susurra. No hay ninguna razón por la cual él dijera esto hoy, pero aun así no me sorprende. Él siempre sabe cuando hay algo que no va bien, y de qué forma hacerlo mejor. Y hoy, más que ningún otro momento, me gustaría volver a ser niña, cuando mi padre me llamaba galletita y todo se podía volver atrás y borrar lo que estaba mal. En su lugar pongo una sonrisa, robo un sorbo del café de mi padre, y salgo corriendo al coche de Charlie.
Olivia se encuentra en la parte de atrás, los brazos rodeando el asiento delantero. Dos veces en una semana. Definitivamente hemos alcanzado un nuevo record.
—Hey —saludo—. Siento llegar tarde. —deslizo el cinturón de seguridad y escucho el clic en su lugar. Tal vez si actúo normal, la gente me seguirá el juego.
—¿Cómo estás? —pregunta Charlie. Ella se vuelve hacia mí con esa expresión grave, sus rasgos tensos. Esperaba que ella me regañara por no haber contestado los mensajes durante esta semana, o al menos por haber llegado tarde esta mañana, pero solo si fuera ella, y no está actuando como tal.
—Um, bien. ¿Vamos?
Charlie mira hacia Olivia.
—Es un idiota. —dice Olivia.
—Ella una perra. —dice Charlie.
Me encojo de hombros. —Está bien.
—No está bien. —dice Charlie. Ella tiene ese tono que usa con Jake cuando están a punto de entrar en una discusión. De pronto tengo el deseo intenso de aporrear el coche para salir. Para volver de nuevo a mí casa, acurrucarme bajo mis sabanas, y simplemente nunca salir.
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