XIII
“Tiempo, detente”, recuerdo que lo dije un trillón de veces.
Me despertaron tal y como lo pedí: antes de las cinco. Para aquel entonces tenía el brazo instalado, lo probé un poco, y por fortuna, mi sistema lo había aceptado sin problemas.
Luego pedí que se le instalara a Amy un rifle láser en el brazo que le quedaba—, el izquierdo—, era por cuestión de seguridad. El dinero para comprar aquella arma también saldría de las Bodegas.
Ahora sí que tenía las riendas de todo. Aquella Conciencia iría tras Paraíso, así que yo le daría el encuentro. Quería quemarla frente a mí, no me preguntes por qué, pero ¿nunca te ha pasado que realmente quieres estar presente en momentos como el de la felicidad, el nacimiento de un hijo o la venganza? Bueno pues, a mí sí.
No recuerdo más de lo que sucedió cuando estuve con el Doc., ni nada relacionado al implante—, recuerda que estaba anestesiado, así que no te voy a contar nada—, ya sabes, por ese problema que tengo; el punto es que estuvimos en el centro de la macrópolis cerca de las cinco y media. ¡Vaya travesía que fue! Había caminado como quinientos kilómetros—, no, pero de verdad que estaba agotado, y cada paso más era el retrato de un calvario. Solo deseaba llegar a Paraíso. Pero claro que no le iba a dar las quejas a la corporación esa, a mí qué me importaba—, después de todo, no era su seguridad; aunque realmente lo parecería, pues iba a evitar que le reventaran el culo.
Amy caminaba detrás de mí, pero lo que realmente molestaba es que no decía ni una sola palabra. Es decir, tampoco quería que me diera un discurso político, pero las únicas veces que se le ocurría abrir la boca era para cuando le preguntaba por la hora. Imagínate, para obtener una conversación con ella, no sé, quizás debía preguntarle la hora medio millón de veces más. Con el tiempo me aburrí, y solo regresaba a verla para saber si aún me seguía. Y sí, aún me seguía; y eso hacía que me rompiera más la cabeza.
Por aquel entonces le ofrecí a Amy un portátil, creo que nunca había visto uno; le tuve que explicar que se lo pusiera en la cintura, o que se lo ocultara en el abrigo—mí abrigo que se lo presté, y que estaba empapado en sangre, aunque ya estaba casi seco—, le conversé también que su memoria sería útil para capturar a aquella cosa: la Conciencia; y que solamente tenía que presionar tal botón para desconectar el portátil de Red, pero que lo hiciera después de que el objetivo estuviera dentro de ella. Es decir, después de que intentara hackearla para obtener control de su sistema. Ya sabes, esas cosas que todo mundo conoce, lo básico.
—Cuando termine todo esto, te instalaré otro brazo—. Le dije mientras le ayudaba con el portátil. Es difícil usar una sola mano. Además, me sentía algo culpable por verla así. Pero a la vez, y no es que sea un enfermo sádico, pero me parecía atractiva así como estaba.
—Gracias, pero mi alegría está en que usted pueda usarme como mejor le parezca.
—Te lo prometo.
Creo que fue en el club Jorddán, o en el Sandoxxx; ahora que lo pienso un poco más, posiblemente en el Hueco. Lo cierto es que era en algunos de esos locales de la calle Paraíso—, el nombre era porque la calle finalizaba en la corporación llamada igual—; o cerca de uno de ellos. Ahí fue donde me conecté por segunda vez a Red.
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Quemado Rápido
Science FictionUna entidad ronda las entrañas de la macrópolis de Filish Mort. El Castor, un famoso hacker de la Unión Oriental, ha logrado extraer un software de la mafia, generando un revuelo en las redes. Por su parte, la organización del crimen, ha contratado...