Aeronautas y Guerreros

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—¡Despierten, mugrosos!

El sonido del látigo resonó en toda la habitación despertando a sus nueve ocupantes. Antheón y, su compañero de armas, Urkel se levantaron casi al unísono, siendo los primeros en hacerlo. Sus otros congéneres imitaron su acción con unos pocos segundos de diferencia.

—¡Que se levanten, perros llenos de sarna! —exclamó de nuevo la voz acompañada del grito de alguien alcanzado por el látigo—. ¡Siempre es lo mismo con ustedes, tendré que usar a mi amiga para darles un ejemplo de qué pasa cuando me hacen esperar!

Bastardo vicioso, pensó Antheón mirando con rencor al hombre mientras recogía el arma y al pobre con un surco en la espalda temblando por el trauma. Ya estábamos todos de pie.

El hombre del látigo era una mole de casi dos metros de alto con brazos como troncos y un torso tan amplio que se necesitarían dos escudos para aguantar la carga de uno de sus ataques. Con el cabello al rape que dejaba ver una serie de cicatrices, cada una más terrible que la anterior, que le daban un aspecto aterrador. Junto a su voz de trueno y látigo los esclavos hacían todo lo que él decía.

—¿Qué me ves, anciano? —preguntó el vicioso.

Antheón apretó los puños con fuerza dispuesto a abalanzarse sobre el sádico que le hablaba, sin embargo, no lo hizo. La advertencia en la mirada de Urkel evitaba que se metiese en problemas.

—Nada, Doctore —dijo con voz neutral.

Para ser alguien tan grande y voluminoso el Doctore, era sumamente rápido porque Antheón no pudo advertir el puñetazo que le propinó, ni tampoco se dio cuenta del momento en el que salvo la distancia entre ambos. El hombre curtido en cientos de batallas cayó con fuerza en el suelo sintiendo como su quijada pulsaba como si tuviese vida propia.

—No me gusta que me miren —dijo el Doctore mirando desde arriba al anciano guerrero, que escupía un diente—. ¡Todos ustedes al patio, de inmediato!

El sonido de pies llenó toda la habitación, pero no era la marcha marcial a la que estaban acostumbrados los escoltas de Liea. Éste sonido era el andar de la gente que ha perdido toda causa por seguir viviendo, que ya ha sido derrotada y no ve la luz al final del túnel. Con dificultad Antheón fue levantado del suelo por Urkel y otro de los esclavos que aún tenía fuerzas para ayudar a otros, ya quedaban pocos de esos.

—Demonios —comentó el esclavo a la izquierda de Antheón—. No pueden seguir contrariando al Doctore así, perderán todos los dientes.

—Es rápido pero no tiene la fuerza como para hacerme dormir —dijo el curtido guerrero.

—Por como se mueve ahora diría que sólo puede hacer eso dos veces más —dijo Urkel— pero el problema es el látigo.

—Sólo hay que quitárselo entonces —dijo Antheón sonriendo para sí.

—Están locos —dijo el esclavo aunque sonaba divertido.

Una vez fuera, Antheón apartó tanto al esclavo como a Urkel para demostrar que podía sostenerse en pie por sí solo, pero la verdad era que la edad le estaba pasando factura. Con dificultad se unió a todos los otros esclavos en la fila. El Doctore con las manos detrás de la espalda, con el látigo entre ellas de seguro, lo miró por un momento y torció el gesto.

Aeronauta, Domador Del Aire.Donde viven las historias. Descúbrelo ahora