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No sé cuanto tiempo estuvimos en aquella posición, pero supongo que fue mucho. Conseguí que se calmara un poco y me senté a su lado. No sabía que decir, ¿debía decirle que lo sentía? ¿o simplemente estar en silencio?.

 -Mmm... yo... -empecé a decir, pero el habló antes.

 -Gra... gracias -susurró. 

 Le miré. Aquel chico me estaba agradeciendo cuando en realidad, yo no había hecho nada. El seguramente estaba destrozado por dentro y yo lo mínimo que podía hacer era estar ahí. 

 -No tienes porqué agradecerme -susurré, incapaz de romper la quietud que nos rodeaba. Miré al frente y mordí fuertemente mi labio inferior. Estaba a punto de llorar.

Transcurrieron unos minutos en silencio. Pensé en qué debía hacer ahora. No podía irme, no cuando él había sufrido un golpe tan duro. En realidad, no entendía porqué me importaba tanto aquel chico que había conocido desde hacía unas pocas horas.

 -¿Có... cómo te llamas? -preguntó en voz baja mientras pasaba una mano por sus ojos para secar las lágrimas.

 -Me llamo... Izabella. ¿Y tu?

 -Alexander... Alexander Prinz -dijo y a continuación, me miró con una sonrisa amable y a la vez triste, pero que no dejaba de ser preciosa.

 -¿Eres... -carraspeé e intenté formular de nuevo la pregunta. -¿Eres...

-¿Judío? -preguntó secamente. -Si tanto te interesa saberlo... sí, lo soy. -dijo, respondiendo su propia pregunta y mirándome fríamente, sin rastro de amabilidad. -Supongo que eres igual que el resto de la gente. ¿Qué haces aquí consolando a un judío, que acaba de ver como queman a su hermana muerta?

 -Yo... yo... yo no soy... a mí me da igual de dónde seas -tartamudeé, intentando explicarme. -Yo solo quería saberlo porque, aunque sé que lo eres, no lo pareces. Pero, por favor, lo siento, no era mi intensión ofenderte, yo... yo solo -dije y empecé a llorar. Me levanté, dispuesta para marcharme, pero Alexander me cogió de la mano y pude oír que suspiraba airadamente.

-Perdóname. Es solo que... ya me entiendes... Por favor... no te vayas aún -rogó, apretando mi mano.

Volví a sentarme a su lado. Hacía mucho frío en aquel callejón, pero su calor corporal era reconfortante. Froté mis manos un par de veces para calentarlas un poco. En aquel callejón no entraba ni un solo rayo de sol, así que estábamos medio a oscuras. 

 -Como ves... soy judío, pero no llevo la Estrella de David, ya que por mi aspecto puedo pasar como alemán, además hablo muy bien el idioma. Por eso, el... el alemán de antes me dejó ir. Sin embargo, según el soldado mi... mi hermana debía ser quemada. Se deben quemar los cuerpos para... para que no se extiendan enfermedades como el tifus... Sa... Sarah murió de inanición. Y... y yo tengo toda la culpa. Debía... debía cuidar de ella, se lo prometí a mis padres... -susurró y conforme iba hablando, su tono se volvía cada vez más desesperado, hasta que estalló de nuevo en llanto.

Le abracé. Si mis padres me hubiesen visto, hubiesen pensando que aquella forma de actuar no era la propia de una señorita. O simplemente, ¿me hubiesen dicho que me alejará de aquel judío antes de que alguien nos viera?.

-Siento mucho lo de tu hermana. Pero no es tu culpa, nada de esto es tu culpa. Ven conmigo. Vamos a mi casa, te daré algo de comer -dije en voz baja, desasiendo el abrazo y levantándome.

Alexander me miró, como si no hubiese entendido mis palabras. Se puso en pie, y pude ver que era mucho más alto de lo que parecía. 

-¿Tu... tu quieres que vaya a tu casa? -preguntó de forma irónica.

El amor secreto de IzabellaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora