14. Laberinto (Parte II)

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Narra Sesshômaru:

Cuando fui a buscar a Rin para traerla a casa, Kagome ya se había ido e Inuyasha estaba leyendo un libro para la universidad. Al verlo así, tan concentrado en su estudio, no pude evitar pensar en lo orgulloso que estaría nuestro padre de él. Yo también estaba muy orgulloso de él, era un buen chico.

Carraspeé antes de salir, no quería molestarlo, pero quería dejar todo listo para cuando regresara.

—Iré a buscar a mi chica —le dije, no sin cierto orgullo, cuando puso sus ojos en mí.

—De acuerdo —musitó regresando la mirada a su libro.

Antes de irme, lo vi hacer anotaciones en una libreta y ciertamente fue satisfactorio retirarme con esa imagen en la mente.

Subí al vehículo y conduje sin prisas pero con ansias hasta el punto de encuentro donde vería a Rin, a quién divisé de inmediato.

Apenas la había mirado y mi entrepierna ya había empezado a doler. Dios, ella estaba fascinante. Aquella noche algo había en su ser que la hacía brillar más que nunca. No podía discernir de qué se trataba en ese momento, pero estaba radiante y no era por que llevara ropa elegante. Ella llevaba una blusa pegada al cuerpo de color rojizo, la cual tenía un corte bajo la línea del busto, pensada estratégicamente para que sus pechos resaltaran y me hicieran perder la cabeza. Y no sólo era impactante a la vista, la tela era suave al tacto, hasta pegadiza, porque una vez que envolví su pequeña cintura con mis manos ya no pude soltarla.

—¿Nos vamos? —Preguntó revoloteando sus pestañas hacia mí.

No pude responderle, tuve que hacerme dueño de esa boca, entrando en ella sin permiso, con mi lengua saboreándolo todo. No sé cuánto duró ese beso, pero sí sé que si ella no me hubiese detenido aquello terminaba en incendio forestal. Apreté su trasero con mis manos antes de dejarla sentarse en el auto, Dios, ¡cómo la deseaba!

Su pantalón de jean tenía roturas que dejaban ver partes azarosas de su pálida piel… Ganas de hacer esas roturas más grandes no me faltaban. Pero, aunque quería, no podía hacerle nada aún. Las mujeres en general pecan de ese “se me estropeará el maquillaje”, y es entendible debido a que pasan frente al espejo más tiempo del que me gustaría reconocer, pero lo que en realidad no saben es lo bello que puede ser para un hombre ver un rostro agradecido post sexo. ¿Existe algo más erótico? No lo creo. Y esa era la cara que estaba loco por volver a ver.

Nos acomodamos en el auto para ir a casa.

—¿Estás nerviosa? —le pregunté mirándola mientras se ponía el cinturón de seguridad. La ayudé a cruzar la cinta sobre su pecho.

—Un poco —se recargó sobre el asiento y sonrió —. Mucho. Pero estoy muy feliz de que hagas esto por mí, siento que soy muy importante para ti.

—Es porque lo eres. Ya te dije, es la primera vez que hago esto por decisión propia y estoy muy seguro.

Ella sonrió y yo me derretí.

Ya estábamos llegando cuando vi a un taxi estacionar frente a mi casa. Seguido a eso distinguí a Inuyasha, quien subió y el vehículo comenzó a andar. Por la forma en que caminó me di cuenta de que estaba apresurado, le habría surgido algún imprevisto, él sabía que llevar a Rin a casa era importante para mí.

Cuando se lo mencioné, Rin no pareció molestarse

—Entonces estaremos solos, ¿cierto? —dijo, juguetona.

—Eso parece.

Está de más describir la forma en la que entramos en la casa, cómo la puerta se cerró mientras nuestras bocas se devoraban la una a la otra y la manera en que nuestras manos desesperadas iban deshaciéndose de la ropa para sufrir el abandono en el suelo de mi cuarto.

Sensual ParanoiaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora