KNOX (II)

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En cuanto la marea disminuyó lo suficiente sobre la playa privada de la isla, el escuadrón Delta aprovechó el momento para inspeccionar los túneles bajo Agora. Mientras ellos estuvieran bajo tierra, el equipo Omega se quedaba a cargo de la investigación. Knox confiaba plenamente en la capacidad de la Teniente Roth y su escuadrón para lidiar con la situación en la superficie; y, sobre todo, tratar con el Gobernador y su cabezonería.

Bajo la isla, los pasadizos estaban hechos de hormigón. Eran anchos, lúgubres, fríos y desprendían un fuerte olor a salitre y acero corroído. Pero lo que más molestaba era la cantidad de agua que había en ellos. No sólo los tragaba el mar, sino que por sus paredes se formaban ríos y cascadas descendiendo de pisos superiores en los que muy probablemente se habían formado balsas naturales.

Aún equipados con el traje especial del Krav, preparados para incursiones a bajas temperaturas en tierra y agua, Knox podía notar como la gélida humedad calaba en sus huesos.

En cuanto dejó de ver un metro más allá de su posición, el teniente ordenó encender las luces LED de los uniformes. Casi al unísono, el fulgor de los chalecos de todo el escuadrón dejaron a la vista un imagen deprimente: roca, hierro, óxido, agua y la absoluta devastación.

«Hace diez años quizás no estaba tan mal», pensó Ethan.

La corrosión del agua salada era notoria en el hormigón; en él se distinguían grietas y agujeros de todas las formas y tamaños, convertidos en el hogar de diferentes especies de fauna y flora marítima. Knox no se explicaba como dos niñas habían tenido el coraje de entrar en aquel lugar por sí solas. Mirara donde mirara, la palabra peligro aparecía en cada esquina, brillando con dolorosa intensidad frente a él.

Durante los primeros metros el nivel del agua había llegado casi a la cintura de Knox, pero a medida que el escuadrón se adentraba más y más en las entrañas del túnel, el rastro de mar desaparecía hasta convertirse en pequeños charcos desperdigados a cada lado del conducto.

—¿Qué demonios es eso? —Mac, que caminaba a la izquierda de su teniente, enfocó al frente: un corroído vagón de metro se mostraba inerte frente a ellos, como la entrada a la guarida de una bestia.

—¡Es un tren! —exclamó con fascinación Thanos Adler.

Antes de que Knox pudiera advertirle de que no se colara por el hueco frontal, el joven soldado ya había saltado el estanque que se había formado bajo la delantera del convoy, y se había impulsado dentro de la cabina.

—Tengo que enseñarle a mantener su curiosidad a raya —gruñó Ethan.

—Sí, Teniente, no querríamos ser uno menos.

Vera dejó unos toquecitos sobre el hombro de su superior con gesto burlón al pasar por su lado, y siguió la estela del soldado Adler. A todos les había afectado la baja de Gal dentro del equipo, pero debían continuar con su labor les gustara o no la nueva situación; bromear sobre ello sólo era una manera de aligerar la tensión.

Knox nunca había visto un tren antes, al menos no uno de verdad. Las fotografías que existían sobre ellos, eran viejas instantáneas de libros de historia rescatados tras el cataclismo. Por lo que la máquina que tenía delante no se parecía a lo que le habían enseñado en la Academia.

Antes de subir, el Teniente se quedó observando el aspecto de la maquinaria; la cabina principal estaba encajada entre una grieta y un dique formado por la tierra levantada.

Hacía dos siglos, cuando la crisis climática destruyó buena parte del planeta, los terremotos fueron los primeros en conseguir destruir las ciudades. Con sus sacudidas, los seísmos resquebrajaban los cimientos de las ciudades y destruían todo lo que el ser humano había construido sin miramientos. La humanidad había sido apaleada por el ecosistema, pero se había alzado contra la gran tormenta y consiguió sobrevivir. Ahora, sin embargo, debían vivir con las consecuencias del pasado.

La Bahía de los Condenados ©Donde viven las historias. Descúbrelo ahora