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Las primeras palabras que escuché salir de sus labios no fueron para pedir clemencia, no fueron para gritar, no fueron para pedir socorro.
Las primeras palabras que escuché de él fueron para proteger a otra criatura: una simple rosa.

Quizá fue eso lo que me hizo no parar el golpe, si no darlo con más fuerza.
Mi puño impactó contra su estómago, lo que hizo que el ángel cayese al suelo de rodillas.

–¿¡Eres idiota, gallina pelada!?

Fue lo primero que él escuchó salir de mis labios. No fue un saludo amable, no fue una disculpa por el golpe, no fue un ofrecimiento de ayuda.
Las primeras palabras que escuchó de mi fueron una pregunta sobre su estado mental. Eso y un insulto.

Él tosió aún en el suelo, dejaba escapar algo de saliva que se estrellaba contra la tierra.
Una imagen desoladora.

–Por... Favor... Uff...–se quejaba, tosía de nuevo–... La rosa no...

¿Por qué alguien se preocuparía antes del estado de una planta antes que del suyo? Irracional. Más que yo.
Ridículo. Tanta benevolencia hacia una simple flor...
No pude evitarlo, avancé hacia la rosa con intención de destruirla. Pero algo me paró.

Cuando vi qué me agarraba de los pies, me di cuenta de que el ángel se había lanzado hacia mi aún sin aliento, sujetándome para parar mi avance.

–Por favor... Es mi misión... Protegerla es prioritario...–decía entre resuellos.

De una patada en la mejilla, le hice apartar los brazos de mis piernas y me acerqué a la rosa.
Roja como la sangre y la pasión más desenfrenada. Suave como la seda y el más tierno beso. Hiriente como una aguja y las palabras de una ruptura. Perfecta.
Alargué mi brazo y con delicadeza arranqué un solo pétalo de ella, el cual dejé caer justo delante de aquel ángel.

–Ten, soldadito divino. Mañana volveré para hacer lo mismo. Y pasado, y al siguiente y al siguiente. Hasta que tu adorada rosa sea nada más que una flor sin pétalos y sin alma.
Prácticamente como tú.

Desde el suelo, escuché los sollozos del ángel al ver el pétalo frente a él.
Sin ningún cuidado, pisé su espalda para irme, Alejándome con un sentimiento de superioridad.

Y con el mismo sentimiento regresé al día siguiente. Para encontrarme al ángel frente a la rosa, recuperado gracias a su regeneración divina, y con una expresión entre determinada y asustada.
Aún así, no me costó nada hacerle a un lado, lanzarle al suelo y arrancar un nuevo pétalo.

Durante los cuatro días siguientes, cada vez que iba, el ángel intentaba ponérmelo más complicado.
Cogía armas que nunca llegaba a usar contra mí (palos y hierros, sobre todo). Trataba de tirarme piedras, me gruñía...
Y fue al quinto día cuando al fin decidió plantarme cara.

–¡¡BASTA, POR FAVOR!!–gritó nada más verme, con un hilo de voz temblorosa y la cara roja de rabia.

Fruncí el ceño ante aquella expresión tan repentina y novedosa.

–¿Vas a presentar tu rendición?

–No–sentenció–. Quiero hablar contigo. Sin peleas, sin golpes. Solo hablar.

Solo Satanás sabe por qué acepté...

Demon's LiarDonde viven las historias. Descúbrelo ahora