9 años atrás...
Kai Salahmon tenía quince años cuando asesinó a su padre por accidente. Defendiendo a su madre y hermana menor de un rey abusivo y violento, lo golpeó con la propia corona con la que gobernaba. Atravesándole el cráneo, lo vio desangrarse bajo sus temblorosas manos que fueron acompañadas por las lagrimas de miedo, tristeza y asco hacia si mismo.
Se lanzó al suelo junto a su padre y lo tomó por los hombros gritando su nombre, con la esperanza de haber sido un accidente y verlo ponerse de pie, incluso para golpearlo para reprenderlo, pero todo habría sido mejor que el sostenerlo y verlo con la mirada perdida, como su vida.
Su hermana menor salió de su escondite para ahogar un grito, pero su madre cerró la puerta y le indicó que volviese a su escondite, algo que Umiko, la princesa, obedeció rápidamente cerrando los ojos con fuerza. Mientras tanto, la mujer lo alejó de su padre sosteniéndolo con precisión y ocultándolo en su pecho, como intentando protegerlo de lo que había hecho. Kai miró a su madre, con el labio partido, el ojo morado y la nariz desviada por los golpes que ya había recibido miles de veces por quien ahora estaba muerto en el piso.
—Todo va a estar bien — susurró su madre —. Hiciste lo correcto, Kai, nos salvaste.
—Pero lo he matado — tembló Kai —, a mi padre, al rey, me mandarán a la horca.
Su madre negó y le tomó el rostro con ambas manos igualmente temblorosas, le limpió la sangre en las mejillas de él y le peinó algunos mechones platinos detrás de las orejas ligeramente puntiagudas por su sangre de ángel puro. Le besó la frente y le pidió que saliese de la habitación, se diese un baño para quitarse los rastros de sangre platina, ella se encargaría de ahora salvarlo ella.
Kai y Umiko salieron de la sala tomados de la mano. Umiko era menor a Kai por cuatro años, por lo que aún era una niña que no sabía que sentir respecto del padre que la golpeaba y de su hermano mayor, su salvador, pero que había asesinado a su propio padre, era un asesino y probablemente no era mejor que su padre. Pero era la única persona a la que Umiko quería, y confiaba.
Por lo que cuando Kai la llevó a su habitación y le pidió que descansase y no dejase entrar a ninguna nana o dama de compañía, confió en él ciegamente y puso el seguro a la puerta, enterrándose en las sabanas de su extensa cama de seda. Mientras que Kai entró de golpe en la tina tallándose la piel con tal fuerza, que la vio irritarse, creando incluso rasguños.
Se colocó la bata de seda y se frotó el rostro con agua helada para intentar despertar de todo lo que estaba ocurriendo. Se miró al espejo y se peinó con los dedos el cabello, para intentar lucir tranquilo y perfecto como de costumbre. Observándose con cuidado, pasándose los dedos por el rostro que prontamente fueron curando las heridas del atraco previo, dio un brinco de miedo cuando vio una figura detrás de él a través del espejo. Se pegó al lavabo y pasó con dificultad, por miedo por que lo haya visto limpiarse las heridas o escucharlo.
—No temas — susurró la figura —. No voy a hacerte daño.
—¿Quién eres? ¿Sabes acaso el crimen que es entrar en el palacio sin previa invitación o autorización?
La figura rio y se acercó un poco saliendo a la luz para que pudiese ser reconocida. Kai no era muy bueno en sus clases de historia, sobre todo en las clases que tenían que ver con la historia de las religiones en Dalos, pero lo que, si había memorizado, eran las apariencias de los dioses asteri y realian, por lo que cuando vio a la mujer de piel rosada y los seis brazos purpura, reconoció que se trataba de Wolsh, la diosa del amor y el orden realian, la madre de todas las diosas menores y la hermana mayor de la diosa principal, Luea.
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ASTERI: El ángel y la leona
FantasyEn las montañas del norte, se encuentra un hechicero con el mapa del mayor poder en este mundo: una piedra resultado de la combinación de la luna y el sol. Una piedra capaz de volver el mayor deseo de quien la encuentre. Desde que el rumor llegó, pl...