Cuando abrí la puerta, me quedé sin aliento. Estaba hermosa —¿no siempre lo estaba?—, y llevaba la chaqueta amarilla tan propia de ella. Incluso desde donde estaba parado, notaba el leve olor a su perfume de frutas. Prácticamente, el nirvana.
—Marlene... —murmuré como idiota. Seguridad, Hilbert, recuérdalo. Inspiré con suavidad y sonreí—. Pasa.
Ella asintió con timidez y entró a mi casa. Era como dejar pasar al enemigo a mi lugar seguro. ¿Acabo de llamar enemigo a la chica que me gusta? Vaya, algo de verdad está mal conmigo.
—Bueno... —comencé tratando de evitar el silencio incómodo que empezaba a asomarse— ¿vamos a estudiar a la cocina? Ahí es donde hay más luz.
Marlene solo asintió y sonreí con falsedad. ¡Dios mío, habla! ¡No me dejes todas las interacciones sociales a mí! Le indiqué el camino y dejé que fuera adelante para poder poner mis caras de pánico por un momento. Ambos nos sentamos en la mesa y comenzamos a sacar las cosas que necesitaríamos. No había conversación. Suspiré. Si Arabella estuviera aquí...
—¿Dónde está Arabella? —dijo en un tono tan bajo que casi no la escuchaba.
—Ella tuvo un pequeño imprevisto. Se quedó encerrada en su baño, larga historia —expliqué casi haciendo que mis palabras se enreden con si misma, y al parecer eso le dio risa a la pelirroja. Me sonrojé ligeramente.
—Arabella siempre tiene historias raras, ¿eh? —formuló algo animada, pero manteniéndose cabizbaja, con su cabello tapando los costados de su cara.
Me dio un impulso de poner sus mechones detrás de su oreja —¿por eso lo hacen en las películas románticas?—, pero no era tan idiota para hacerlo. Sí, claro, puedo hacerlo, pero no debía. Marlene no parecía de las chicas que les gustara que irrumpieran en su espacio personal.
—Sí, ella es así... —No sabía cómo continuar la conversación, así que preferí seguir hablando de nuestra persona en común: Arabella—. ¿Sabías que me llama Jules?
—¿Jules? No suena como un diminutivo de Hilbert.
—Es que no lo es. —Pude recordar nuestro raro encuentro con claridad, su confusión, mis ganas de ayudar. Y ese... otro pequeño altercado que prefiero tirar junto a mi pila de recuerdos no deseados—. Mi apellido es Julliard, y ella pensó que ese era mi nombre. Así que me dijo Jules de una forma, cariñosa, se podría decir.
Ella asintió, supongo que por educación. Y ahí murió el tema.
Comencé a entrar en pánico. ¡Hilbert, haz algo demonios! Mi mente maquinaba algún tipo de auxilio para no permitir que este silencio se extendiera más de lo que debía. De la nada, me levanté de golpe y señalé la dirección del baño de la planta baja.
—Debo ir... al baño. Sí, eso —balbuceé nervioso y ella asintió, algo extrañada. Caminé con rapidez, escapando de su mirada, y me encerré en aquel pequeño lugar.
Golpeé mi cabeza un par de veces con mi puño. ¡Debo calmarme! La pobre chica debe pensar que soy un violador. Saqué mi celular del bolsillo con manos sudorosas y marqué el número de mi amiga con urgencia. Luego de tres horribles y largos pitidos, escuché su voz.
—¡Jules! Justamente acabo de salir del baño, Dorian...
—Me explicas luego; no tengo tiempo. —la corté de golpe. Mientras menos tardara, mejor.
—Maldición, bajale dos a tu idiotez, Hilbert. —Uy, dijo mi nombre. No puedo hacerla molestar, no ahora mismo.
—Perdón, perdón. Es que necesito tu ayuda. —La escuche suspirar, dándome luz verde para continuar—. Busca en su Facebook lo que le interesa, así le saco tema y no siento como la incomodidad me mata por dentro.
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Dame una razón
Teen FictionDos desconocidos. Un diario. Una razón para vivir. Portada hecha por: @LeticciaR ¡GRACIAS POR LA PORTADA!