Capítulo 32

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  4 pm

Le empezaron a arder los brazos y en seguida el cuello y la cara, era un ardor parecido al de la cortada de un fino cuchillo o la herida que deja una hoja de papel al pasarle la mano por la orilla. Así se sentía. Un ardor intenso pero soportable. Tumbado en el pasto, se miró los brazos y entendió porqué.

Tenía múltiples cortadas finas, por todas partes y en todas direcciones, frunció el ceño y le dolieron las cejas. Se tocó la cara ¡Dios! ¡Cómo ardía! Pasó sus manos por su cuello, nuca, codos... lo mismo: cortadas por doquier. Miró a Alan que estaba acostado junto a él, su respiración era lenta y continua. Tenía los ojos cerrados. Abraham se sentó y miró más de cerca... se encontraba en la misma situación, heridas poco profundas que repasaban todo su cuerpo, aunque a él se le notaban más por su piel blanca que ahora tenía líneas rojas brillantes en todas partes.

-¿Qué haces, hermano?- preguntó Alan mirando extrañado a su amigo.

-¿No te arde?- respondió señalando las cortadas.

-¡Joder!...- chilló Alan rozando sus brazos con los dedos- de no haberlo mencionado no me habría dado cuenta. ¿Por qué parece que pasamos por una carnicería y no terminaron el trabajo?

-No lo sé- susurró Abraham mirándose el brazo herido- debió haber sido...- una idea cruzó su mente- ¡Ana!-. Llamó a su hermana- Muéstrame tus brazos.

La niña obedeció sin inmutarse y con ella fue Rafa. Ambos tenían cortadas, no tan prolongadas y abundantes como las de él y Alan pero aun así estaban presentes. Abraham se levantó y se dirigió hacia Karen, Vivi y Mat que parecía que durarían un rato más en esa especie de "coma" a la que habían entrado.

Una vez había escuchado en la televisión, en uno de los programas que le encantaba ver a su madre, de esos en los que llegan personas a urgencias en el hospital y les hacen pruebas hasta dar con la respuesta, que cuando una persona llega a experimentar algo muy fuerte su cerebro se desconecta inmediatamente para evitar que a la persona le ocurra algo como un ataque o entre en estado de shock. De verdad esperaba que eso fuera lo que a sus amigos les hubiese pasado, por que aún seguían respirando. Sin duda seguían vivos pero le preocupaba que no despertaran pronto. Llevaban poco más de 15 minutos así y no sabía cuanto tiempo más podría soportar viéndolos.

Todos tenían las mismas heridas, delgadas y cortas como las de Ana. Eso sugería solo una cosa.

-Ya sé qué fue-. Indicó moviendo la mano con el dedo índice arriba- fueron esos malditos insectos-. Aseguró señalando las pocas mariposas que seguían rondando en el mismo lugar en el que habían estado atrapados minutos antes.

-¡Joo-deer!- maldijo Alan mirando la dirección en la que su amigo apuntaba- ¿Seguro? Es que no creo que...

-Voy a capturar uno y lo veremos-. Dijo el muchacho con odio. Caminó cuidadosamente cerca de las mariposas y después de seguir a una con la mirada por más tiempo del que le hubiera gustado, ésta descendió y se colocó en el pasto. Sin dudarlo Abraham se quitó su tenis y golpeó la mariposa, como si de una cucaracha se tratara. Regresó a dónde estaban los demás y les mostro la mariposa que llevaba colgada de una ala entre el pulgar y el índice-. ¿Si logran ver? Podrán parecer hermosas, pero la orilla de sus alas tiene un filo. ESO fue lo que nos causó las cortadas. ¡Estúpidas mariposas!- terminó gritando.

Era un filo delgado que parecía no causar daño alguno, sin embargo con tantas mariposas pasando junto a ellos constantemente, las heridas se intensificaron, no al grado de sentir un dolor exagerado, mas sin embargo sí como para debilitar a la victima, a la presa.

Si tú vas, yo tambiénDonde viven las historias. Descúbrelo ahora