Capítulo 9

663 65 0
                                    

—Si logras salvarla es tuya. —Había dicho Akito antes de irse y dejar a una chica desangrándose en uno de los pasillos de su mansión—. Pero eso debe ser fuera de aquí, si la vuelvo a ver no habrá manera de que la salves.

Akito se había ido, sonriendo tal como lo hizo siempre que frustró los planes de todos. Hatori se quedó haciendo su segundo intento de mantener a esa chica con vida. La primera vez lo hizo bien, la segunda no parecía tener muchas posibilidades.

Sus manos ensangrentadas temblaban, mientras que sus ojos no paraban de derramar lágrimas al ver como el amor de su vida le miraba llorosa y con notoria dificultad para respirar y mantenerse consciente.

—No cierres los ojos —pedía Hatori desesperado—. No los cierres. Quédate conmigo, por favor no te vayas. Quédate conmigo.

Pero Fuwa no tenía en sus manos la posibilidad de hacer lo que le pedían, ni siquiera las expertas manos de un médico podían hacer realidad ese deseo. Todo quedaría en manos de Dios, pero el Dios de esa casa no era benevolente, y era el causante de todo.

»No, no, no —susurró el castaño llorando, presionando con todas sus fuerzas un cuerpo que no guardaba más fuerzas, más anhelos, sueños o aliento alguno.

La pérdida de sangre había logrado arrebatarle lo que más amaba. Akito lo había hecho de nuevo. De nuevo ese odioso y arrogante ser lo había dejado sin nada.

Hatori, cegado por la furia y el dolor, dejó el cuerpo de su amada en el suelo, y caminó hasta la sala donde se encontraba Akito intentando controlarse. Lo que había hecho para lastimar a Hatori le estaba lastimando también, así que no podía estar en paz.

Akito escuchó el portazo, y vio como el que se acercaba a él se hacía con el atizador de la chimenea. Temió por lo peor, pero lo peor ya había pasado. Por la expresión de Hatori podía darse cuenta que Katsunuma Fuwa estaba muerta y, en su dolor, Akito ni siquiera metió las manos para defenderse. Solo vio como el que se abalanzaba sobre él le atravesaba el pecho con el oscuro fierro entre sus manos, entonces un fuerte y doloroso sofoco le obligó a tragarse el grito en su garganta.

Sus ojos comenzaron a derramar lágrimas, y pensando en todo lo que había hecho mal, arrepentido de todo el dolor que había causado, se entregó a la oscuridad que le estaba reclamando, quedando atrapado en el penetrante frío de esa absurda nada que era la muerte.

Una cálida sensación acarició su mejilla, apartando la humedad que escapaba de sí. Abrió los ojos y, a pesar de lo dolorido de su pecho y de lo dificultosa que era su respiración, no había nada enterrado en su pecho.

—¿Estás bien? —preguntó Fuwa mirándole con preocupación. Minutos después de haberse quedado dormido, Akito comenzó a respirar pesadamente y quejarse.

—¿Fue un sueño? —cuestionó el azabache en un susurro.

—Un mal sueño, tal parece —señaló la castaña y Akito, recordando todo lo que había soñado sentir, enfureció.

—Todo es tu culpa —dijo levantandose del futón, tomando a la contrariada chica de la muñeca y arrastrándola consigo por los pasillos de la casa hasta la habitación que Hatori usaba como consultorio.

»Larguense de aquí —ordenó empujando a la chica a los brazos del hombre que le miraba igual de confundido que la chica—. ¡Lárguense ahora mismo! —gritó y, dando media vuelta, volvió a su habitación.

Era cierto que había lastimado a muchos en su intento de protegerse; en su intento de no perder a nadie había incluso soportado que le temieran. Pero en ningún momento tuvo la intensión de ser odiado por esos a los que llamaba familia. Por eso no toleraba la idea de perder la vida en manos de una venganza.

Katsunuma Fuwa se había convertido en su debilidad, así que la eliminaría de su vida. La mandaría tan lejos que nunca debiera sufrir por no poder tenerla, solo fingiría que ella no existía. Eso sería el fin de ese malsano amor que lastimaba a tantos.

*

—¿Estás seguro de esto? —preguntó Katsunuma fuera de la puerta de entrada a ese lugar que había arruinado su vida de tantas maneras al chico frente a ella.

—Lo estoy —aseguró Hatori—. Akito no es un mala persona, actúa como lo hace porque no sabe qué hacer con tanto dolor que carga.

—Lo sé —dijo la chica—. Tiene miedo de ser abandonado y tener que morir en soledad. Hatori, yo voy a estar bien por mi cuenta, no estoy seguro de que él pueda. ¿Aún así vendrás conmigo?

—Lo haré. Es tiempo de ser egoísta y ver por mi felicidad. Y mi felicidad eres tú, y nada, ni siquiera todo lo que quiero a Akito, o mi promesa de protegerlo, harán que vuelva a renunciar a mi felicidad.

—Entonces vamos —dijo Fuwa extendiendo la mano, sacando del lugar de sus pesadillas a ese que ella, como él a ella, deseaba mantener a salvo—. Vamos a ser felices.

Continúa... 

UNA FRUTA EN EL ZODIACODonde viven las historias. Descúbrelo ahora