Mangel
Sentía como los nervios devoran cada sombra de tranquilidad en mi interior.
El olor amargo del combustible se adueñó de mis fosas nasales, era sumamente repugnante, trate de contener la respiración por unos cuantos segundos pero me fue imposible, aquel aroma merodeaba por todas las calles de Madrid.
Los rayos del atardecer golpeaban el lado derecho de mi rostro, las caricias invisibles que me brindaba el sol provocaba un sentimiento cálido en mi pecho. Suspire profundamente, tratando de omitir el desagradable aroma. Sonreí, ahora tenía un motivo por el cual hacerlo: él.
Caminaba con dirección a mi departamento, mis pasos eran lentos y silenciosos. Un estuche negro se aferraba a mi hombro derecho por medio de una correa, con suerte aquel objeto era un poco más grande que la mitad de mi cuerpo.
Pensaba.
Iría a mi departamento y prepararía algo para llevarme al estómago. Después podría pasarme toda la tarde practicando y regresaría antes de la madrugada. Mañana podía pasar por el departamento de Alex y en la tarde con Cheeto.
De pronto una canción se empezó a reproducir en mi cabeza, como si mi mente decidiera que pista poner en el momento indicado. Oh, como amaba esa canción.
Con las palmas de mis manos comencé a golpear sutilmente mis muslos. Mis pies comenzaron a marchar, marcando el ritmo. Mis labios formaron un pequeño pico, donde de mis pulmones escapaba el aliento que se transformó en un silbido. La voz del cantante inundaba mis pensamientos, entonces comencé a imaginarlo todo.
Para bailar La Bamba.
Para bailar La Bamba
Se necesita una poca de gracia.
Pa'mi, pa'ti.
Y arriba y arriba.
Y arriba y arriba.
Por ti seré, por ti seré.
Yo no soy marinero.
Yo no soy marinero.
Soy capitán.
Soy capitán.
Soy capitán.
Bamba, bamba.
Bamba, bamba.
Bamba, bamba.
Bamba, bamba.
Sonreí, amaba esos momentos en donde no me importaba lo que la gente pensara de mí. Bien podía aparecer en el encabezado de las noticias "Un gilipollas con cabeza de subnormal hace el exorcista en plana calle" y a mí me seguiría dando igual. Me gustaba los pequeños momentos donde sólo era yo, donde disfrutaba de la vida con pequeños detalles.
Esos momentos donde me sentía realmente vivo y libre.
Sin darme cuanta me encontraba enfrente del edificio donde vivía. Camine normalmente al elevador, espere a que las puertas se abrieran. Se tardó tres minutos y yo ya estaba desesperado, vi como la recepcionista que era nada más y nada menos que una anciana se acercaba lentamente hacia mí.
-Lo siento, jovencito. El elevador dejó de funcionar esta mañana y aún no lo reparan –habló sutilmente.
Le agradecí y me dirigí a las escaleras. Bravo Mangel Rogel, por haber elegido el piso siete para asentar tu morada. Simplemente genial.
Cuando hube llegado al piso siente mis piernas no respondían, la respiración se me cortaba y la vista se tornaba nublada. Era un puto vago y el ejercicio no era lo mío.
Saque mis llaves y estas resonaron con el llavero metálico en forma de guitarra. Las observe por más tiempo del necesario y agite fuertemente mi muñeca, provocando el mismo sonido y sonreí como gilipollas. Las agite más fuerte hasta que el llavero golpeó uno de mis nudillos y gemí de dolor.
Quite la cerradura y entre buscando con la mirada a mi gordo amigo. Deje el estuche en el sofá y camine a mi habitación. Una enorme bola de pelos descansaba en mi almohada, suspire y me dirigí a la cocina donde empecé a buscar algo para cocinar.
Encontré salsa de tomate embotellada y media pechuga de pollo. Gracias al cielo había hecho las compras dos días antes y Cheeto me había enseñado a sobrevivir con pocos ingredientes.
Saque los sartenes y me puse a trabajar. Sazoné la salsa y freí el pollo cortado en cuadros pequeños. No sé por cuanto tiempo estuve en la cocina hasta que al fin termine, el aura de victoria y orgullo se alojó en mi pecho. Con un tenedor cogí un pequeño trozo cubierto de tomate y lo guie a mi boca. Por acto de reflejo tome una servilleta de papel y escupí el bocado. Mi madre estaría decepcionada de mí.
El sonido del timbre hizo eco en el departamento. Con pasos titubeantes camine a la puerta y verifique por la apertura que se encontraba en medio de quien se trataba.
Jure escuchar los latidos de mi corazón en mis oídos y como la sangre detenía su circulación. De pronto toda la seguridad que había conseguido esta última semana escapó de mi cuerpo. Rubén se encontraba del otro lado.
Maldita sea, ¿No podía ser en otro momento?
Recordé los consejos que había obtenido estos últimos días y repase uno por uno. Tenía que mostrar un poco de indiferencia y frialdad, pero no tanta. No debía de ser muy obvio. Tenía que tratarlo como a un príncipe y eso contradecía al primer paso.
El timbre sonó con más insistencia. Vamos Mangel. No seas un puto cobarde, ¿Cómo sabré que lo pude haber logrado sin siquiera intentarlo?
El timbre sonó por tercera vez y entonces me decidí por abrir.
El plan comienza.
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Estrellas Latentes (Rubelangel)
Fanfic"Sentía como el corazón le palpitaba lentamente. Con las yemas de sus dedos acarició las ojeras que adornaban su cansado rostro: una caricia sutil, una caricia débil, una caricia suplicante y demandante. Besó delicadamente sus cienes, tan delicado q...