Hay encuentros que engendran relaciones aberrantes. Relaciones inexplicables, retorcidas, tóxicas y disfuncionales, al mismo tiempo que ineludibles e irresistibles. Dicen que del amor al odio hay un paso, pero en éstas ese paso no es necesario. Des...
Nada de nada. Nada en absoluto. Sesshōmaru llevaba casi dos meses de búsqueda infructuosa y no había logrado dar con ninguna pista fiable. En un principio, sus intenciones en las entrevistas con los jefes de los diferentes clanes, eran camufladas por engaños y falsas apariencias. Pero ya hace un tiempo que dejó de lado las precauciones y perdió definitivamente la paciencia. En sucesivas entrevistas dejaba finalmente claro que andaba a la búsqueda de cierta niña, y que de ocultarle su paradero, las consecuencias serían terribles. Aunque también dio a entender que si se le prestaba ayuda o información sabría ser generoso. Poco a poco el rumor se fue esparciendo por los feudos y aldeas. Varios humanos habían tratado de engañarle con pistas falsas, en búsqueda de una recompensa, y habían salido escaldados de la experiencia. Pero ya que se había quedado sin opciones, Sesshōmaru finalmente decidió ir a Kyōto y aprovecharse del poder del rumor para hacerlo llegar a la mayor cantidad de avariciosos humanos posible. No le gustaba ni pizca la capital, tan superpoblada como ruidosa y apestosa, pero situaciones desesperadas requieren de medidas desesperadas.
Tras cinco días en Kyōto ya se había orientado sobre la manera en que se podía conseguir información o dar a conocer rumores. Sus pobladores adoraban el chisme, sin importar sexo o condición social, y lo practicaban entre mercaderes y criados, señores y cortesanas, esposas y ancianos... Había dos epicentros del cotilleo: el mercado del puerto fluvial y el barrio rojo. Y en ambos lugares un único nombre se repetía cual mantra: Yamaguchi Kanaru.
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Naraku observó a su tembloroso nuevo empleado con una mueca de hastío. El tengu no se acostumbraba todavía a la idea de su labor, a pesar de las largas conversaciones y a la observación prolongada del desempeño de sus compañeros yōkai. La simple idea de ser usado por otro hombre lo ponía en un estado de nerviosismo que bordeaba el pánico y no era capaz de disimularlo. Lo cierto es que a Yamaguchi Kanaru no le preocupaba demasiado el bienestar de Rokurōta Kun. Que el chico disfrutara o que no se traumatizara no entraba en sus objetivos. Pero el tengu era un yōkai al fin y al cabo y si no asumía de buena gana la idea de ser penetrado por otro hombre, podría perder el control durante un servicio y herir gravemente o incluso matar a su cliente. Y algo así no es bueno para el negocio.
Pero Naraku era un yōkai con recursos, por lo que ya llevaba algún tiempo experimentando con los afrodisíacos humanos más caros, buscando la forma de adaptarlos a la biogenética yōkai. Esos experimentos suyos tenían un objetivo principal muy diferente al de relajar a su joven empleado ante su primer servicio, pero la ocasión era excelente para poner a prueba su última combinación. Recientemente había logrado destilar la que esperaba que fuera la mezcla definitiva para inducir en pocos minutos el celo a un yōkai y potenciar sus efectos.
El celo en los yōkai, como entre el resto de las bestias, varía según la especie, pero siempre se caracteriza por presentarse en ciclos de entre dos y seis meses, y durar alrededor de una semana. La droga que Naraku guardaba oculta en la manga buscaba estimular el cuerpo de tal manera que segregara la cantidad de hormonas de un celo semanal completo, pero condensadas en la cantidad de tiempo que durase el efecto del afrodisiaco. Y cuánto duraría y hasta qué punto haría efecto era algo que estaba a punto de descubrir.