La perversión del socialismo

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Hace ya tiempo que el PSOE viró a la derecha, en sus inicios era un partido marxista —por curioso que parezca— sin embargo, el tiempo y el poder acabaron por oxidar aquellos sinceros ideales.  Hay ejemplos de esta perversión en todas partes: las fotos de Felipe González en el yate  mientras era consejero de Gas natural, la defenestración de Pedro Sánchez por parte de los barones y la élite del partido, la falta de un proyecto progresista, el apoyo a las políticas de austeridad, las reformas laborales, el silencio incómodo  frente a la regresión de derechos en España...

Lo que esta haciendo el PSOE no es una anomalía pues no hace más que seguir el rumbo de sus homólogos europeos. Un ejemplo es el SPD alemán  que pactó el 2013 con la conservadora CDU de Merkel y repitió la Grosse Koalition -gran coalición- el 2017 obteniendo los peores resultados de su historia. Otro caso es el PS frances de Hollande que empezó ganando por poco las elecciones del 2012 frente a Sarkozy con el 51,62% de los votos que, sin embargo perdió al cabo de cinco desastrosos años frente al movimiento En Marche de Emmanuele Macron, un liberal de centro con aires un tanto napoleónicos.  Llegados a éste punto puede verse que el problema de la socialdemocracia es estructural y que el patrón se repite de igual forma.                                                  

¿A qué se debe entonces el declive de la socialdemocracia? Retrocedamos unos años para entender el auge de estos partidos y así entender la caída. Tras la segunda guerra mundial surgió la guerra fría entre Estados Unidos y la Unión Soviética, durante años rivalizaron para demostrar la superioridad de un modelo frente al otro a costa de muchos conflictos. En Europa había miedo al bolchevismo ruso y cuando el capitalismo se siente amenazado tiende a mejorar su oferta. Así los partidos socialdemócratas dieron con la solución perfecta para evitar que la fiebre comunista llegase al poder, la creación del estado del bienestar -hoy muy normalizado- que supone hacer unas políticas en favor de servicios públicos de calidad como educación o sanidad. La fórmula mágica para desvanecer el comunismo no era más que proponer una mejora del capitalismo, ¿porque iban los ciudadanos a promover un radical cambio de sistema cuando había una opción realista de mejora? 

Aquellos tiempos ya pasaron, hoy en día el peligro rojo parece estar lejos y las crisis económicas cerca, lo cual se traduce en recortes del estado del bienestar y una pérdida en calidad de vida.  ¿Quién en su sano juicio votaría un partido que se define de izquierdas pero actúa de derechas?  Hoy en día este esperpento es posible, las formas valen más que el fondo y la desinformación mediática es casi omnipresente; eso igual explica que los partidos tradicionales tengan mayores votantes entre la gente que a pesar de confiar en ellos se informa relativamente poco -o mal- de actualidad política y también de entre los que a sabiendas de los hechos justifican con el relato oficial, -que no significa real- lo que no quieren aceptar y cambiar. No todo son malas noticias, queda por contar el esperanzador caso de Portugal;  el socialista António Costas fue nombrado presidente hace ya tres años gracias al apoyo del Bloco de Esquerda, comunistas y verdes. Desde entonces Portugal ha pasado de ser un país golpeado por la crisis a un ejemplo de recuperación económica sin políticas de austeridad. La única diferencia entre el partido de Costas y sus hermanos europeos ha sido pactar con la izquerda y recuperar los valores que lo caracterizan, al contrario del rumbo predominante que consiste en estigmatizarla a la par que ir mutando a la derecha.

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