Kialandei estaba aburrida.
Caminaba no muy lejos de la carreta con las manos en los bolsillos de su túnica azúl marino. ¡Caminaba! Una aeronauta; una criatura bendecida por la gran Aerina para manipular el aire, salvar distancias en intervalos de tiempo imposibles, moviéndose como las aves, como una pluma llevada por el fluido aire. ¡Pero ella caminaba!
Hacía más de una semana que no iba al mundo de las corrientes del cielo y la estaba pasando fatal. No soportaba estar metida en el calor de la carreta y los músculos le dolían de igual manera estando sentada como errando por su cuenta como hacía justo en ese momento.
El grupo con el que habían salido de la casa de Dankroid de Izzdor se había reducido en gran medida. Vril había decidido dejar el grupo en cuanto llegaron al primer poblado, les dió las gracias a Nimbaerus y a ella por haberle liberado y se había marchado junto a una compañía mercenaria que reclutaba en una taberna. Los siguientes en tomar caminos distintos fueron Osrel y las sirvientas de mayor edad, Antheón había tratado de convencer al muchacho de seguirle hasta el Reino Verde para que se formase en el ejército, pues así tendría una vida con objetivo, pero Osrel se había negado rotundamente alegando que en realidad él nunca quiso ser un guerrero, y que se le diera bien empuñar un arma no significaba que quisiese dedicarse a eso. A pesar de que le molestaban sus palabras, Antheón le deseó lo mejor; lo mismo hicieron Urkel, Roke y Huesos; Dusan quien estuvo callado desde que Osrel había anunciado su partida, le dió una palmada junto a un escueto “cuidate” para marcharse hasta quedar en un segundo plano, pero en la noche cuando casi todos dormían, Kialandei le escuchó llorar la partida de su amigo.
De modo que en la carreta se habían quedado junto a ellos cinco, Dusan, Roke, Huesos, cuyo verdadero nombre era Atos, Shana que había declinado la oferta de las dos mujeres mayores de acompañarlas junto con Osrel, y Dora Lis y Elidia, que habian respondido igual a la propuesta de las sirvientas, que no se apartaban de quien consideraban como su hermana mayor.
En fin, un montón de gente que no entendía el por qué de la desesperación que le suponía a Kialandei el estar viajando a un ritmo tan lento pudiendo ella ir a una velocidad insuperable.
Ensimismada como estaba, no pudo ver la raíz oculta en la arena que no sólo le hizo dar un traspié, sino que el dolor fue tal que le hizo dar saltitos sujetándose el pie con el que la encontró.
—¿Estás bien, Kialandei? —preguntó Liea genuinamente preocupada, pues vió todo de primera mano al estar sentada en la parte delantera de la carreta.
—Sí, estoy bien —contestó ella enjugandose las lágrimas de rabia aunque difícilmente podía explicar a quien la tenía dirigida—. Sólo fue una raíz.
—¿Quieres que cambiemos de lugar? —le sugirió Liea con amabilidad.
La idea de volver a estar sentada en el duro banco del puesto de adelante de la carreta la repelía tanto o más que el olor de los caballos que tiraban del vehículo. Sacudió la cabeza imperceptiblemente para sí, y rechazo la oferta con la misma amabilidad, o así esperaba ella que fuera porque últimamente estaba huraña con todo el mundo.
Estoy casi calcada a semejanza de Nimbo, reflexionó molesta consigo misma.
—Oye, Liea, ¿cuánto falta para el siguiente poblado? —preguntó a la representante del Reino Verde.
Urkel, que conducía la carreta en silencio, miró reprobatoriamente a la aeronauta por la falta de protocolo al dirigirse a su señora. Claro que a Liea no le importaba que no usarán su honorífico, pero eso no impedía que ninguno de sus escoltas, nuevos y viejos, la mirasen a ella y Nimbo con tres tipos diferentes de cara al oírlos; de circunstancias; larga; o de reproche.
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Aeronauta, Domador Del Aire.
FantasyNimbaerus y Kialandei pertenecen a una casta antigua tan poderosa y mágica que en el mundo en el que viven son tanto venerados como odiados. Ellos son aeronautas, domadores del aire, hechiceros de los cielos. Pero en su humildad, todos los que posee...