Al cumplir los diez años mis padres me regalaron un dispositivo reproductor de archivos mp3, ¡me pasaba pegada a él todo el tiempo! Lo recuerdo perfectamente: medía unos siete u ocho centímetros de largo y otros tres de ancho, era rojo y plateado por la parte de atrás, tenía cuatro botones rojos y una pequeña pantalla. Creo que ha sido uno de los mejores regalos que he recibido en toda mi vida. Sino el mejor, sí es el que me ha hecho más ilusión.
Mi hermana me pasó algunas canciones para empezar. La idea de que Lauren me pasara música me entusiasmaba. Cuando oía el sonido de las llaves de la cerradura, corría hasta la puerta; eso significaba que Lauren estaba de vuelta, después de una tarde de compras o en el cine con sus amigos. Entonces entraba mi hermana en el vestíbulo y me enganchaba a ella. Enredaba mis brazos entre los suyos y hundía mi cabeza en su chaqueta color azul marino. Le pedía mil veces que esa misma noche me volviese a pasar música nueva a mi nuevo pequeño aparato y entonces mi madre decía bromeando: "lo del Mp3 era una mala idea, ya os lo dije. Ahora, a lo hecho, pecho.".
Esa era una de las cualidades que amaba de mi madre, tenía un gran sentido del humor. Siempre estaba contenta y pocas veces se quejaba o enfadaba. Vivía feliz y agradecía todos los días haber tenido una familia tan unida como la nuestra. Era el alma de la casa, siempre tenía algo gracioso o amable que añadir a la conversación.
Al contrario de mi padre: era un hombre serio y muy, pero que muy, frío y distante. Siempre le echaba las culpas a su trabajo. Creo que eso es lo que le hace ser tan serio, aunque él siempre ha sido así. Mi padre trabajaba en una empresa que frabicaba materiales de papelería, él llevaba gran parte de la administración de aquel lugar y siempre supuse que ese era un trabajo que requería cierto grado de madurez y concentración. Por eso, no quería acabar trabajando en algo tan aburrido como el trabajo de mi padre, para no convertirme en un persona seria y sosa.
Lo bueno de todo esto es que nunca me faltó material escolar, ya que a mi padre le daban muchos objetos para hacer publicidad de la empresa. Y raro era el día en el que mi padre no nos traía unos lápices a Lauren y a mí. ¡Tenía una auténtica colección de sacapuntas y gomas de borrar!
Y si hablamos de colecciones, es necesario comentar la colección que empecé a los cuatro o cinco años de pegatinas. ¿A qué niño no le ha dado nunca por las pegatinas y sus álbumes? Pero a parte de esas, yo coleccionaba de todos tipos: personajes famosos de la televisión o de películas, princesas, comida, ropa, superhéroes, corazones y cursiladas varias, letras —sí, letras—, algunas de Halloween o de terror, otras con olores a frutas o a flores... etcétera. Mis abuelos solían regalarme muchas tiras de pegatinas por mi cumpleaños. Una vez me regalaron una tira de animales en 3D, esas si que eran preciosas.
Pero lo que realmente me encantaba coleccionar eran las conchas de la playa de todos los tamaños, colores y texturas. Tenía mochilas, cajas y cajones llenas de ellas. Las usaba para hacerme collares, llaveros o cualquier otra cosa. Mi habitación estaba decorada con éstas, abundaban, estaban por todas partes. Mi madre me iba tirando algunas a la basura de vez en cuando, para que la casa no pareciese un museo de fósiles. Ella creía que no me daba cuenta, pero no podía estar más equivocada. Cuando mi madre se marchaba, no estaba en casa o no miraba, yo me escabullía y sacaba del cubo de la basura las conchas que había tirado. Claro que después de haber cumplido mi misión con éxito, tenía que ducharme dos veces seguidas —para que el mal olor de la basura se fuese— y lavar la ropa a mano. Al fin y al cabo ese era mi castigo por recuperar las conchas: lavar las prendas a mano. Aunque no me importaba las consecuencias. Nunca me han importado.
Un día les dije a mis padres que quería ver los peces y nadar junto a ellos bajo el mar, tras ahorrar las pagas de mis abuelos y juntar éstas con mi regalo de cumpleaños, ¡por fin pude cumplir mi primer sueño! Mis padres nos consiguieron a Lauren y a mí un curso de buceo, ¡y es uno de los mejores recuerdos que guardo en mi memoria! Acaricié algún que otro pez y creedme, la sensación es fantástica.
Siempre fui una niña bastante sana y con una salud muy buena y ejemplar. Pero de pequeña me pasé bastante con los dulces y los caramelos, y eso no me hizo ningún bien. Así que fue ganando peso, poco a poco. Nada preocupante ni grave, pero tampoco podía seguir así. Mis padres no se preocupaban por eso, pues decían que estaba creciendo y que eso era algo normal.
Así que tuve que tomar cartas en el asunto. Empecé a cuidar lo que comía a la edad de los diez u once, para ir estando más saludable cada vez. Y para que no se burlasen de mí por estar gorda. En realidad, lo hacía por eso. Por el qué dirán.
Recuerdo muy bien el regalo que Papá Noel me trajo una Navidad: era un karaoke morado, amarillo y naranja. Tenía un micrófono alto con su pie, un pequeño altavoz y varios botones para regular el volumen, las canciones, el ritmo de éstas... etcétera. Tenía varias canciones, pero yo siempre cantaba la misma: All You Need Is Love de The Beatles.
A ninguno de mi familia le gustaban The Beatles, ni a mí tampoco, pero esa canción marcó mi infancia. Mi hermana Lauren, la encontró y me la pasó al mp3. Me pasaba todo el día, literalmente, escuchándola y no me cansaba. No sabía que ellos se convertirían en algo tan importante para mí.
Más tarde fui descubriendo más canciones de The Beatles y me fui interesando por la banda. Ahora ya sabía que eran de Liverpool y que había pasado basante tiempo desde que se separaron.
Conforme los años pasaron, empecé a escuchar más música y diferente pero nunca los olvidé.
Nunca olvidé a The Beatles.
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El Susurro de Anne
Teen FictionPuede denominarse superación o persecución de sueños. Llame como se llame, es lo primero en lo que piensan al escuchar mi nombre. ¿Y por qué será? Un día, por alguna extraña razón, decidí cambiar mi vida. No es nada fácil arriesgarlo todo sabiendo q...