Capítulo 3: Mi primer amor.

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Después de acudir a la guardería o jardín de infancia, empecé la educación infantil. Por aquellos tiempos me encantaba ir al colegio y me divertía mucho allí. Mis profesores eran de lo mejor: simpáticos, amables y compresivos con los niños. Todos nos llevábamos bien, a penas peleábamos y si lo hacíamos eran por cosas sin importancia y al cabo de unos minutos ya estábamos perdonados. Yo decía que todos mis compañeros eran mis amigos, que no podía elegir.

Pero siempre se tiene un mejor amigo, y yo tenía dos mejores amigas. Mantuvimos una fortísima amistad hasta secundaria y lo que pasó después lo hablaremos más tarde. Se llamaban: Rose y Marie, y eran la noche y el día. Rose era morena de piel y tenía el pelo castaño oscuro, casi negro, era la más gamberra, espabilada y nerviosa de las tres; sin embargo, Marie era una inglesita de ojos azules con su pelo dorado cayendo en cascada, muy educada y bastante callada, debo debo decir. Basándonos en nuestro físico —y sobre todo en el color de nuestras cabelleras—, nos pusimos unos motes cariñosos las unas a las otras: Rose era Chocolate y Marie era Vainilla. Y yo como era castaña clara con un poco —muy poco— de color pelirrojo, me llamaron Caramelo. Cuando los inventamos teníamos cinco años, ¿qué esperábais? Unos motes tan dulces para un trío tan explosivo.

Aunque Marie fuese la más tranquila de las tres, cuando estaba junto a nosotras, se convertía en lo contrario de lo que todo el mundo de su alrededor conocía y pensaba de ella. Que fuese callada no significa que fuese aburrida o algo por el estilo. ¡Al revés!

Nos llevábamos mejor que bien, casi como hermanas —casi, nunca podré remplazar a Lauren—.

En segundo de primaria, llegó un chico nuevo al colegio. Era escocés, y tenía un acento muy gracioso desde mi punto de vista. Se llamaba George, ¡y era pelirrojo como yo! Aunque... él era más alto que yo y su pelo era más pelirrojo que el mío. Tenía unas manchitas muy graciosas repartidas por sus dos mejillas y su pequeña y fina nariz.

El primer día de colegio, Rose y yo nos acercamos a él acompañadas de otros tres niños más para preguntarle cosas sobre él e invitarlo a jugar con nosotros. Se integró enseguida en el grupo y empezó a jugar al fútbol con los demás niños de la clase y del colegio.

Una tarde como otra cualquiera, volvimos de jugar en el patio durante el tiempo libre. Entramos al comedor y nos sentamos llenando todas las mesas. Nos sirvieron la comida en seguida pero las cocineras se olvidaron de ponerme mi cartón de zumo de piña habitual. George, me entregó el suyo y pidió otro para él. Sentí el impulso de besarle la mejilla y así hice. Él se sonrrojó de inmediato tras recibir el beso y me dio las gracias. Los otros niños de nuestra mesa al vernos estallaron en risas y comenzaron a burlarse diciendo: ¡George y Anne son novios! Los dos nos sonrrojamos aún más y negamos todo. Nunca olvidaré ese momento.

Éramos dos niños de corta edad que ya empezaban a sentir por primera vez lo que es el amor. Quizás no fuese muy fuerte o verdadero, pero era amor al fin y al cabo.

Hay momentos que por mucho que quieras olvidar no puedes y entonces es cuando te das cuenta de que el cerebro no solo recuerda lo bonito, la malo o lo significativo, sino que también, recuerda lo que piensa que va a servirte de algo en el futuro.

Al día siguiente George me dijo que si podíamos ser novios, pero, ¡me negué rotundamente! Ese tema de los novios no me gustaba para nada. Había visto en las películas que los novios se dan besos y eso me daba muchísimo asco, me repugnaba. Lo cierto es que yo lo quería pero era demasiado pequeña para tener un novio. No quería saber nada del tema.

No obstante, le dije que podíamos ser mejores amigos, y así comenzó nuestra bonita pero corta amistad

Algunos años más tarde, cuando había crecido un poco más, George me empezó a llamar la atención. Una vez me invitó a su casa a hacer un trabajo en pareja y entonces le dije que me gustaba un poquito. Él dudó unos segundos en silencio, después dijo: "Yo... ya... es que... ya no me gustas, Anne...".

Eso me rompió el corazón. Cuando eso ocurrió, me dolió mucho. Entonces salí de su habitación dejando los bolígrafos y los papeles sin acabar en el escritorio y salí de la casa sin despedirme siquiera de George o de su madre. Llegué a mi casa y se lo conté a Mamá, al principio le pareció divertido o yo que sé y se rió, pero ya después, al ver que yo estaba muy triste, me comprendió y se lo agradecí muchísimo. Me dio algunos consejos sobre la situación, que por cierto, ella también había vivido.

El Susurro de AnneDonde viven las historias. Descúbrelo ahora