La promesa de Kinich.

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Kin amaba verle cazar. Desde que habían salido de Damask, el rostro de Kinich se había tornado bastante serio, incluso sombrío. No podía creer que era el mismo chico que hace unas horas revoloteaba por todos lados con los niños de la aldea.

Caminaba lentamente entre la espesura del bosque, atento a cualquier movimiento. Preparó su arco, heredado de su padre, y comenzó a demostrar su talento para la caza, heredado de su madre.

Llevaban un par de horas fuera y Kinich no había mencionado ni una sola palabra. Podía ser un chico hablador y juguetón normalmente, pero cuando cazaba era el mejor. Sigiloso y calculador, tenía un ojo muy bien entrenado que podría percibir a cualquier animal moverse, por camuflado que estuviera, o ver cualquier huella, detectar aquel minúsculo rastro que le condujera a una presa. Verlo tan serio, callado y concentrado era demasiado raro, y a Kin le encantaba.

Estuvieron buscando cualquier cosa que se moviera, llevaban varias ardillas que se habían cruzado en su camino, pero eran demasiado pequeñas, con ellas no iba a alimentar a toda la aldea.

Luego de un tiempo, de repente, Kinich se agachó y llevó su mano a su aljaba, tomó una flecha y la acomodó en su arco. Apuntaba directamente a un ciervo de enorme tamaño que pastaba a unos treinta metros de donde estaban, más o menos.

- ¿Qué vamos a hacer con un ciervo tan grande? Es demasiado pesado.

- Cállate.- Dijo mientras intentaba mantener la concentración.- yo sé lo que hago.

- Insisto. -Esta vez Kin levantó un poco la voz, como si quisiera que alguien o algo le escuchase.- Es demasiado pesado.

- A ver, ¿Qué es lo que quieres? - Dijo el chico levantándose. - Ya lo has ahuyentado.

- Lo siento. - Decía Kin mientras intentaba, infructuosamente, disimular la risa. - Es que prefiero verte en persecución, para serte sincera.

- Ah, ¿Sí?- Kinich jugueteó un poco con los cachetes de la rubia.- Pues entonces sígueme el paso. Vamos por él.

El chico mostró otra de sus facetas, era rápido y se movía por el bosque como pez en el agua. Vio en qué dirección corrió el animal, iba tras él. Kin no era muy ágil, la verdad, así que a medida que avanzaban se fue quedando atrás rápidamente. Cuando le alcanzó, Kinich estaba agachado. Kin sólo le veía con admiración. El cazador se preparó de nuevo, atenuaba notoriamente su respiración y entrecerraba un poco los ojos, su mano derecha iba bien pegada a su mentón, y su arco bien pegado a él. Él le llamaba "Volverse uno con el arco". Tras un corto tiempo en esta posición, lanzó su flecha. Tiro perfecto, como siempre. Un fuerte bramido se escuchó a lo lejos.

Caminaron hasta dónde se encontraba el ciervo, moribundo. Kin tomó el cuchillo que cargaba, sacó la flecha clavada en la yugular del animal y enterró el cuchillo, abriendo más la herida del ciervo para que su muerte le alejara de sufrir más.

- ¿Y ahora qué? - Kin se levantó acomodando sus manos en sus caderas.- En serio es demasiado grande.

- Cortaremos una pierna. Una vez en la aldea, se la enseñaremos a los chicos y les pediremos que vengan por el resto. Es para ellos, después de todo...

Aún faltaban un par de horas para anochecer, sin embargo, el cielo comenzaba a llenarse de oscuras nubes, opacando el brillo del sol y augurando una fuerte tempestad.

Kinich tomó la pierna cortada del animal y se la echó al hombro. Con paso apresurado, se dirigían a la aldea para refugiarse de la lluvia.
Faltaba poco para llegar y las goteras comenzaban a caer sobre ellos agresivamente. Atravesaron las puertas de Damask y corrieron en dirección a su hogar. Ya habían dado por hecho que no podrían volver por el resto del animal hasta que dejara de llover.

Corazón De PiedraDonde viven las historias. Descúbrelo ahora