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Había despertado en una habitación desconocida, no sabía dónde estaba ni cómo había llegado hasta aquí, ya era de día por lo que se veía en la ventana, la luz molesta lo delataba, me encontraba algo aturdida, me levanté y sin hacer ningún ruido salí de aquél cuarto a paso lento.
— Ah que bueno que ya está despierta señorita — habló una voz a mis espaldas — ¿Cómo se siente?
— Esto...— No sabía quién era aquél hombre, algo canudo y con la mirada cansada — ¿Co-cómo llegué aquí?
— Mi hijo la encontró en el campo dormida, la trajo hasta aquí pero no despertó — contestó muy amable —, ¿estaba perdida?
— Si...
Estaba recordando el enojo de ayer con Michael, mi mirada decayó al instante logrando llamar la atención de aquél hombre
— Una chica tan linda como usted no debe tener nunca esa cara — dijo el hombre haciendo que mi ánimo subiera un poco —. Venga conmigo, mi mujer hizo algo muy rico de desayunar
— Gracias — contesté sin ganas
Me guió hasta el comedor, una señora con mandil estaba en la estufa cocinando, y dos niños ayudando a poner la mesa. ¿Quién me había traído aquí?
— Buenos días — saludé sin obtener respuesta, hasta que se dio media vuelta y se dio cuenta de mi presencia
— ¡Oh! Buenos días niña — habló con un tono fuerte de voz —, pase a desayunar, la veo muy delgada
Estaba algo confundida, ¿no escuchó cuando la saludé?
— Perdona a mi madre — entró un chico con rizos de tes blanca bastante atractivo —. Mi madre no escucha bien — se arrimó a la mesa sirviéndose un poco de café —. Por favor — recorrió una silla para que me sentara a su lado
Sin quedarme de otra me senté, intentando no ponerle perros a la comida, pasé mi mano a mi bolsa recordando el arma que traía conmigo, desgraciadamente me encontré con la sorpresa de su ausencia.
— ¡Oh por Dios! — grité alterada —. Oye, no has visto mi...
— ¿Arma? La guardé, si mi madre la ve se desmaya — rió —. Ahora te la traigo, sólo que primero desayunemos
— No...¿tienen un teléfono? Quisiera...hacer una llamada — pregunté
Salí de la casa para marcar al número de mi casa, no podía recordar el número de Michael, ni el de mi hermano, ni nadie de las personas que conocía.
— ¿Hola? — respondieron del otro lado de la linea
— Mike, soy Hannah
— ¡Campbell! ¿dónde demonios te metiste? Te busqué toda la noche — reprochó —. Dime dónde estás