Mi concepto como madre
Así como establecí que debía ser perfecta y no fallar, teniendo un concepto de la perfección bastante distorsionado, como mamá me propuse comprar el prototipo de madre que más se vende, esa mamá de revista para embarazadas, esa mamá de comercial de jabón para la ropa, sumada a la histórica mamá "de las de antes".
Habiendo visto a una mamá también auto-exigente, no fue difícil para mí adquirir rápidamente ese papel, lo difícil sería lograr su nivel de desempeño con el nivel de auto-exigencia que yo me había impuesto. Exigirme igualar a una persona auto-exigente se convertiría en un gran desafío.
Obviamente desde chica comencé a observar cómo era ser mamá, y comencé a formar el concepto de "la mejor mama", que claramente había decidido que era la mía, amorosa, generosa, atenta, afectuosa, omnipresente, omnisapiente, todo lo que debía hacer para ser la mejor mamá estaba siendo anotado por mi niña, y comenzaba a practicarlo desde temprana edad con las muñecas, mas tarde tuve la oportunidad de practicar representar ese rol con mis sobrinitas, quienes nacieron cuando yo tenía 10 años, y adoraba cuidarlas y atenderlas. Pero claro, me resultaba divertido porque jugábamos juntas, y la mayoría de las veces lograba calmar sus berrinches porque me ponía a jugar con ellas y se distraían. "¡Esto es fácil!" pensaba.
Cuando fui creciendo comencé a escuchar lo que se hablaba en general de otras madres, mi concepto de súper mamá se ampliaba, ya no era solo lo que debía hacer una madre, ahora también estaba aprendiendo lo que no debía hacer, según la opinión de la sociedad.
Y finalmente cuando llegó el momento de dejar de practicar y simplemente hacerlo, mientras esperaba la llegada de mi primer hijo, no tuve mejor idea que agregar a mi concepto de madre gran cantidad de información de las revistas dedicadas especialmente para esa ocasión.
Una revolución en mi cabeza llegó con esa primera experiencia, lo amé desde el primer momento en que lo vi, incluso antes, pero al parecer eso no alcanzaba, ese bebe quería comer, tenía dolores que no sabía expresar, tenía necesidades que solo manifestaba llorando, a toda hora, toda la noche, y yo sin saber qué hacer, se suponía que me había preparado toda una vida para ese momento ¿Cómo no iba a saber qué hacer?, se suponía que todo debía ser alegría al llegar a casa con el nuevo integrante, y yo no podía dejar de llorar porque él lloraba.
Afortunadamente estaba a mi lado la súper mamá, mi mamá, que no importaba cuanto llorara mi hijo, ella nunca se ponía nerviosa, siempre encontraba alguna forma de calmarlo, y si no lo hacía simplemente lo hamacaba y masajeaba, mientras yo intentaba dormir un poco y reponerme para poder atenderlo al día siguiente.
Durante el día todo era más fácil, en ese momento yo vivía en la casa de mis padres, así que no sólo tenía a los abuelos y el tío que lo agarraban y jugaban con él, sino que no lidiaba con los quehaceres de la casa, ya que mi mamá siempre tenía todo impecable, y yo seguía siendo una como una niña, jugando a ser adulta, al igual que ahora.
Cuando mi hijo cumplió un año nos mudamos con mi marido y nuestro hijo a la nueva casa, y ahí empezaría realmente a vivir la experiencia como mamá, ama de casa y esposa.
No solo me costaba ponerme a la altura de los conceptos que había formado de "Mamá de revista" sino que mi auto-exigencia lograba que siempre sintiera que era poco lo que hacía, y me juzgaba porque sentía que si las mamás de las revistas podían, entonces yo estaba haciendo todo mal y no podía perdonarme por ello.
Realmente hoy considero que fui demasiado exigente con mi primer hijo, porque quise que fuera la prueba de que yo era una buena madre, y muchas veces no lo dejé ser, ni disfrutar de su niñez, y obviamente tampoco me permití disfrutar de muchas cosas de su infancia porque estaba preocupada en cumplir con lo estipulado socialmente. Sentía que cualquier cosa que él hiciera "mal" sería yo la cuestionada como mala madre, y ahora veo que era demasiada responsabilidad para una inocente criatura que solo quería vivir su experiencia. Cargué sobre él todo mi miedo y mi auto-exigencia, sin embargo reconozco que también disfruté de muchas otras cosas con él, que por ser el primero estábamos solitos y podía dedicar más tiempo para jugar juntos.
Con la llegada de mi segundo hijo mi auto-exigencia se duplicó y la culpa se intensificó. Por un lado me sentía culpable porque ya no tenía el mismo tiempo para jugar con el primero como antes y de tener que dejarlo solo al momento de dormir para poder dormir al bebe.
A medida que el segundo fue creciendo, me sentía culpable, porque con los quehaceres de la casa y nuevamente con la exigencia de ser la "súper mamá" no dedicaba tanto tiempo a jugar con él como lo hice con el primero. Además en todo momento tenía la mirada del más grande sobre mí y no quería que sintiera celos así que solo me permitía jugar y mimar al pequeño cuando estábamos solitos.
Y es en este punto que estoy casi convencida que radica el origen de la creencia de que el segundo hijo es el más rebelde o es el que se siente fuera de lugar.
No sería cuestión del niño, sería cuestión de la madre y el sentimiento de culpa de ser distinta que con el primero porque las condiciones son distintas. Al menos eso descubrí en mí. Uno quiere ser siempre parejo en la crianza y el afecto que demuestra a sus hijos, pero inevitablemente las circunstancias no son las mismas, y nosotras no somos las mismas tampoco.
En mi caso con mi primer hijo como yo vivía con mi mamá, no solo tenía más tiempo sino que como tenía una cama él dormía conmigo. También salíamos todos los días a la plaza y estaba más tiempo en brazos. Cuando nació el segundo yo ya vivía en mi casa y nunca durmió conmigo porque si dormía él tenía que dormir el más grande también, así que de bebe aprendió a dormir solito en su cuna. Evidentemente es una cuestión que me afectó a mí, porque él nunca supo que cuando no estaba en nuestras vidas el más grande dormía conmigo, pero yo sí lo sabía y sentía la diferencia y la culpa.
Creo que esa culpa luego la veo reflejada en el comportamiento del niño, no porque se sienta diferente él sino porque yo de alguna manera necesitaba comprobar lo "mala que fui" y por eso el niño es "rebelde". De esta forma me enfoco en él, veo su rebeldía y justifico que no lo puedo manejar porque es el del medio, cuando en realidad lo que no puedo manejar es la culpa y el juicio que hice hacia mí misma, mientras transitaba el aprendizaje de ser mamá.
También por otro lado me sentía culpable porque al más chiquito se le permitieron cosas que al más grande no, porque yo estaba más ocupada y no alcanzaba a estar en todos los detalles como con el primero, entonces el segundo tuvo más libertad que él.
Y como debe suceder en la mayoría de las familias y tal como los dichos populares expresan, el grande pierde su lugar de privilegio, al chiquito se le da porque es el más chiquito, al grande se le permite porque es el más grande y así fui lidiando en cada etapa de mi maternidad, con mis emociones y mis creencias.
Nuestro tercer hijo nació cuando yo ya había empezado a trabajar en mi interior, siendo una mujer completamente diferente a la que crió a los dos primeros, así que nuevamente por simple evolución, la crianza fue muy distinta. El tercero fue más independiente porque aprendió mucho de los hermanos, yo ya no era tan exigente conmigo y por ende tampoco con los demás, y muchas cosas que antes no sabía cómo manejar ya las había aprendido, así que fue todo más relajado.
Pero el sentimiento de culpa de la madre del hijo del medio (como renombré al síndrome del hijo del medio) siguió estando porque en definitiva como los grandes ya se hacían compañía y se iban juntos, yo nuevamente estaba sola con el más chico y podía jugar, y salir con él. Entonces llegue a la conclusión de que con el único que no lo hice fue con el segundo. Cuestión que nuevamente vi solo yo, porque él se iba a la casa del amigo con el hermano y no sabía que hacía yo con el más chiquito,
Hoy en día trabajo profundo en mí para poder sanar esa culpa, de ese trabajo vienen todos estos escritos acerca de la maternidad. Así que simplemente comparto el proceso por el que atravieso, porque quizás le resuene a alguna mamá que se sienta identificada y pueda encontrar su propio camino para sanar. Yo no sé aun si estoy bien orientada en el mío, pero lo que estoy viendo me está ayudando bastante, así que, como este libro lo escribo para sanar mi relación conmigo, me permití plasmar esta experiencia para que al contarlo, todo se ordene mejor en mi cabeza y me permita conectarme con la verdad en mi corazón.
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Sanando mi relación conmigo - Belén Aguirre - COMPLETA
SpiritualEs una obra autobiográfica que ayuda a entender los mecanismos que se activan en la vida de una persona a partir de las experiencias vividas principalmente en la infancia. Permite identificarse en los relatos y hacer un viaje de auto-conocimiento pa...