Cuando del cuerpo de Yatiri sólo quedó un cúmulo de polvo, sobre éste había una esfera de cristal del tamaño de un ojo y cuyo color era como un verde profundo, oscuro y penetrante.
- ¡El Ojo de Mambiri! –Exclamó Gilgas, quien no se había escondido durante la lucha.
Los soldados se aglomeraron alrededor de la dichosa Joya y profirieron palabras de asombro ante la extraordinaria belleza de la peculiar gema. Entonces, por obra de algún desconocido impulso, el más joven e impetuoso de los guerreros largó la mano para levantar la Joya, pero Gilgas irrumpió golpeando su brazo con el bastón y dijo con severidad:
- ¡Detente, necio! ¿Acaso no sabes que tus manos no se han hecho para tocar este artilugio? Eres tonto, más dado al ímpetu de tus músculos que a tu cerebro; pero no te culpo, la tentación de tocar esta piedra es grande y por eso mismo solo yo puedo llevarla.
Gilgas tiró un pedazo de lino sobre la Gema y cuidando que sus dedos no la tocaran directamente, la envolvió cuidadosamente y la guardó bajo las telas de su túnica a la altura del corazón.
- Haz hecho bien, Nómada –Dijo el viejo volviéndose a él- yo tengo lo que quiero y tú tienes lo que buscabas. Que la paz sea entre los dos para que volvamos a las costas de Épsilon, donde espera tu Tesoro y mi Señor aguarda por el suyo propio. Pero si vas a matarnos, hazlo ahora y que no sea una sorpresa.
Pero el Nómada no mostró señal alguna, tenía los ojos clavados en los restos de lo que había sido Yatiri; ninguno de los presentes, ni siquiera Gilgas, había comprendido el terrible sentido de las últimas palabras del brujo. Gilgas dio media vuelta y autorizó a los sobrevivientes el retorno a Teocris, no sin antes dar honorable sepultura a todos los caídos en la contienda. Solo entonces advirtieron que Odras no había muerto; estaba débil y terriblemente malherido, pero vivo aún. Sangraba mucho y cerraron sus heridas con hierro y fuego y solo entonces emprendieron el camino a la costa donde Elrix esperaba su regreso. Éste fue lento y penoso: el descenso por la montaña muda, el paso por el encantado puente de piedra, el regreso por las avenidas primitivas de Saom y por último la amplia llanura que separaba las murallas de la ciudadela con la costa, donde Teocris se elevaba del mar majestuoso.
- ¿Sólo ustedes? –Preguntó el capitán cuando vio lo que quedaba de la tropa.
Pero no hubo respuesta y Elrix tampoco esperaba una. El ancla se elevó en medio de un doloroso silencio y con las velas extendidas, la nave inició el retorno.
Las heridas de Odrasfueron atendidas, las armaduras de las Tormentas guardadas y el Nómada, eseextraño ser del que nadie podía averiguar nada, ya estaba en la punta delmástil mayor lo más alejado posible de la tripulación. Y mientras los días ylas noches se sucedían con frío y corrientes heladas, Gilgas se hundía cada vezmás en las profundidades incognoscibles del Ojo de Mambiri sin que nadie se enterara.No había sido intencional; se había quedado dormido y la joya envuelta en linose le deslizó, pero por reflejo la agarró antes de que cayera al piso. Entonceslo vio, como si su mirada quedara encerrada en el pequeño cuerpo de la Reliquiaque comenzó a fulgurar con radiaciones desconocidas; entonces Gilgas sintió laincontenible necesidad de llorar ante lo que el Ojo de Mambiri le mostraba. Erancomo si millones de años pasaran por sus ojos en apenas unos instantes; tronos,guerras, coronas rotas, traiciones y mucha pena en formas de vida impensables. Depronto su propio dolor, el hambre la sed o el sueño no tenían significado anteel universo que se abría a sus pupilas; inclusive creyó sentir el futuro, a unser inclinado frente a una pantalla escribiendo su historia y más allá, mucho másallá, un fuego negro consumiéndolo todo y en ese caos definitivo, una figuraextrañamente conocida: el Nómada mirándolo fijamente a través del tiempo y elespacio. Entonces un grito lo quitó de su ensimismamiento: ¡Tierra a la vista! Había gritado el vigía; desde la borda lohombres podían ver las tierras de Bak'ujim. Habían llegado a casa.
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UN PUÑADO DE LETRAS Y LOCURA
PoetryADVERTENCIA: Debo decirte que las páginas siguientes no contienen lo habitual; en ellas hallarás algo distinto, aunque sin pretensiones, pero sí muchas transgresiones. Dicho esto, yo te prometo: Querencias ilegítimas, crónicas inverosímiles, plegari...