XXVI

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Aitana, Ana, Roi y Mireya descansaban debajo de un árbol, de un árbol igual de muerto que las esperanzas de los cuatro chicos por vivir un solo día después de ese, sobre todo tras lo que habían hecho.

El frío de la medianoche, a pesar de hallarse a 19 de junio, era realmente desolador, incluso era congelante. Cada uno de ellos, solos con sus propios pensamientos, no eran capaces de encontrarle nada de sentido a cada una de las emociones que embargaban sus cuerpos. Porque siempre había algo que los confundía, que los hacía sentirse vacíos y llenos al mismo tiempo, que les hacía vivir en esa contradicción constante que acabaría decantándose quizás más por la muerte que por la vida.

Aitana, que todavía lloraba, pensaba en Arya, en Amaia y en Luis. En la primera, cada vez que cerraba los ojos y se engañaba a si misma al crear la agradable sensación de su pequeño y delicado cuerpo pegado al suyo, a sus ojos idénticos a los de ella mirándola con cuidado y a sus palabras cariñosas, a su forma única de decir mamá. En la segunda, cada vez que se acordaba de Arancia y de cada momento en el que escuchaba la palabra hogar. En eso se había convertido Amaia, en el lugar a donde volver, a donde regresar siempre que la chica no supiera a donde dirigirse, a donde volver. Y en el tercero, cada vez que respiraba, por todas y cada una de las veces que él le decía que respirarla le daba la vida.

Ana no era capaz de asimilar todo lo que había pasado en esos meses. Junto con Roi, ambos habían vuelto a su hogar, a su casa, al lado de Aitana, de donde nunca debieron separarse. Ella sobre todo, porque siempre supo que si la pequeña niña del flequillo se iba de su lado, estaría más que incompleta.

Roi, por su parte, lloraba en silencio al intentar recomponer la imagen de sus padres, que probablemente se perdieron en el bosque, al igual que los de Ana, y al intentar reconstruir mentalmente su casa. Ahora solo eran escombros, igual que sus anhelos de futuro.

Mireya dormía, pero sus sueños no eran sueños. Eran pesadillas, de lobos devorándolos en mitad de la noche, de verdes asesinándolos con disparos y de todo lo que no cabría en la mente de un niño una noche oscura del 31 de octubre del año en que se perdió la cordura.

Los cuatro, dándose calor unos a otros, con cierta nostalgia por lo perdido y más lágrimas, algunas de ellas ya carentes de significado, pasaron la noche del entierro de Alfredo, la noche que nunca creyeron que vivirían, directa o indirectamente.

Sobre todo, por su culpa.

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El día llegó más rápido de lo esperado. Debían llegar a Arancia lo antes posible, cosa que amenazaba con ser complicada, por no decir imposible, teniendo en cuenta que con el cansancio, la sensación constante de estar alerta, el intenso dolor de cabeza y los sentimientos encontrado, todo el bosque les parecía igual.

- ¿Qué comeremos? - Mireya tenía la ropa hecha hilos, y se protegía del frío con la chaqueta que Roi le dejó.

- En lugar de comer, pensemos en llegar a Arancia - dijo Ana, malhumorada - lo siento, qué borde he sido.

Rio con amargura, y Mireya pasó un brazo por sus hombros.

Aitana, unos metros más adelante que los demás, intentaba usar el instinto de orientación que había heredado de su padre para poder distinguir el camino de vuelta a casa.

El nuevo rol de líder que había asimilado ella solita no le daba ningún tipo de pánico. Su padre lo era, y aunque ella nunca sería capaz de serlo igual que él, podría decirse que lo llevaba en la sangre.

Al igual que llevaba incrustada en ella el sentimiento de culpa intenso, las ganas, la necesidad de volver a Hundai y, si fuera posible, dar su vida para revivir a Alfredo. Nunca, en su vida, habría sido capaz de hacer lo que hizo, por mucho que le hubieran inculcado durante toda su vida el sentimiento de odio obligatorio que tenía que sentir hacia los verdes. Y es que no lo había sentido en su vida, porque ella no era así. No sabía que le había llevado a hacerlo, a asesinar a una persona, independientemente del pasado, en el que ella ni siquiera existía, independientemente de la sangre o de la puta chata que los diferenciara y enfrentara a los naranjas y a los verdes.

Puede que sí que hubiera dos cosas.

Que los diferenciara el color de los pañuelos que llevaban en el cuerpo.

Que los enfrentara, el odio, justificable en el pasado pero no en el presente.

Y Aitana lo sabía, que los verdes no eran malvados como los pintaban los naranjas.

Porque Luis la quería, y la siguió queriendo aún sabiendo que era realmente una naranja. 

Porque si los verdes fueran malvados los habrían matado al instante, y Luis no los habría ayudado a huir.

Pero, una vez más, a Aitana le rompieron los esquemas.

Y ahora, que caminaba con miedo entre la maleza y las hierbas verdes del bosque que separaba dos mundos que hace 80 años eran uno solo, se sentía en deuda con los verdes.

Y tomó una decisión silenciosa.

Cuando llegase a Arancia, se lo comunicaría a los ministros, a los consejeros, a su padre y a Garrido.

Lo gritaría por las calles si hiciera falta.

Los verdes y naranjas dejarían de serlo.

Daba igual cuando, ni donde.

Pero lo importante era que iban a dejar de usar pañuelos.

Todos volverían a ser humanos.

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Amaia y Alfred se miraban fijamente.

Ninguno de los dos había sido capaz de emitir ninguna palabra desde la sentencia de Amaia, tan firme, tan cortante, tan directa, tan basta, tan sincera.

Tan dura de admitir para ambos.

- ¿Qué? - Alfred no era capaz de entenderlo. Porque no. Porque no era posible que Amaia fuese naranja. Porque no, porque no puede enamorarse de su enemigo. No puede ser padre con su peor enemigo. No puede querer matar de amor al asesino de su padre. Porque no, porque no era posible. 

Y por qué sí. Porque iba a matarlos a todos.

Se dio la vuelta. Se dio la vuelta y caminó con paso firme hacia la puerta de su casa para escapar de la verdad, del destino, mientras la chica que más amaba en ese planeta, la madre de su hijo, o de su hija, o de su salvación, gritaba con temor, con rabia, que se girara, que se acercara, que le iba a explicar todo.

Pero Alfred, que volvía a ser escéptico, no le haría caso. Nada de caso.

Amaia ya no era nadie para él, por mucho que quisiera negárselo.

Ahora, Alfred, Cepeda y Miriam tenían un objetivo. 

Vengar la muerte de Alfredo.

Hacer lo que hace 80 años sus antepasados no pudieron lograr.

Matar a todos los naranjas.

El caos había comenzado.

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¡Hola a todos ruliñxs míos! (bueno, nuestros). Espero que os haya gustado este capítulo, que al final surgió ajajja. La reflexión de Aitana en este y en el siguiente capítulo mío son realmente importantes, sobre todo en la actualidad, así que ojito al dato, porque nuestro mundo se rige por un sistema bastante parecido al de esta historia, aunque obviamente en Efecto Mariposa y en El punto muerto está todo bastante radicalizado, bastante llevado al extremo, quién sabe lo que puede que pase si nuestros gobernantes actuales no permiten que el pasado deje paso al futuro. En nuestros gobernantes, tenemos representados a los naranjas, y  los colectivos reivindicadores, reformistas, son los verdes. En la segunda parte tendremos a los revolucionarios, a los amarillos (a mis/vuestros hijastros, básicamente). 

Y con respecto a Alfred y Amaia... no huele muy bien esto. Pero esperemos que vaya todo bien<3 está en manos de mi amiguiii<3

Bueno, me reitero en que espero que os haya gustado. Ahora os dejo con el mensaje de mi amiga, no os olvidéis de votar y de comentar. Un abrazo, os cueremos: 

Hola!!! Capitulazo de mi amiga como siempre lo son!!! ¿Ganas de seguir sintiendo el efecto mariposa? Cada vez somos más y estamos muy felices con ello!! Os queremos


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⏰ Última actualización: Dec 02, 2018 ⏰

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Efecto Mariposa - OT 2017 - @beyourlaugh & @MunayGirl23Donde viven las historias. Descúbrelo ahora