erspicaces. A veces un poco rezongonas, como una tía abuela solterona con la que nadie sabe muy bien qué hacer en una comida familiar, pero que aun así es invitada y que, de vez en cuando, suelta algo grosero, disparatado o políticamente incorrecto, pero a la que nadie hace demasiado caso. En cierto sentido, las voces me hacían compañía, en especial las muchas ocasiones en que no tenía amigos. Tuve dos amigos, una vez, y fueron parte de la historia. Antes creía que eran la parte más importante, pero ya no estoy tan seguro. A varios de los que conocí durante lo que me gusta considerar mis años de verdadera locura les fue peor que a mí. Sus voces les gritaban órdenes como los sargentos de instrucción de los marines, esos que llevan sombreros marrón verdoso de ala ancha y rígida calados hasta las cejas, de modo que por detrás se les puede ver la cabeza pelada. «¡Muévete! ¡Haz esto! ¡Haz lo otro!». O peor: «Suicídate». O peor aún: «Mata a alguien». Las voces que chillaban a esos tipos procedían de Dios, de Jesús, de Mahoma, del perro del vecino, de su tío abuelo fallecido, de extraterrestres, de un coro de arcángeles o de un coro de demonios. Esas voces eran insistentes, imperativas e intransigentes y yo reconocía, por la rigidez que reflejaba la mirada de esas personas y la tensión que les agarrotaba los músculos, que oían algo bastante fuerte y machacón, y que rara vez auguraba nada bueno. En momentos así, me iba y esperaba cerca de la puerta o en el otro lado de la sala de estar común, porque era probable que ocurriera algo desafortunado. Se parecía a un consejo que recordaba del colegio, una de esas cosas curiosas que se te graban: en caso de terremoto, el mejor sitio para esconderse es el umbral de una puerta, porque la estructura de la abertura es arquitectónicamente más fuerte que una pared y hay menos riesgo de que se te derrumbe en la cabeza. Así pues, cuando veía que la turbulencia de otro paciente se volvía explosiva, encontraba el umbral donde tendría más probabilidades de supervivencia. Y, una vez ahí, escuchaba mis propias voces, que solían parecer cuidar de mí y casi siempre me advertían cuándo irme y esconderme. Tenían un curioso instinto de conservación, y si no les hubiese contestado en voz alta de modo tan obvio cuando era joven y aparecieron, jamás me habrían diagnosticado y recluido. Pero eso es parte de la historia, aunque no la más importante ni mucho menos. Aun así, las echo extrañamente de menos, porque ahora estoy muy solo. Resulta muy duro, en los tiempos que vivimos, estar loco y ser de mediana edad. O ya no estarlo, pero sólo mientras siga tomando las pastillas. Ahora me paso los días en busca de movimiento. No me gusta llevar una vida sedentaria. Así que ando a paso rápido por la ciudad, desde los parques a las zonas comerciales e industriales, mirando y observando pero sin detenerme. O busco actividades en las que haya mucho movimiento ante mis ojos, como un partido de fútbol americano o de baloncesto. Si ocurre algo ajetreado delante de mí, puedo descansar. Si no, mis pies siguen adelante —cinco, seis, siete o más horas al día—. Una maratón diaria que me gasta las suelas y me mantiene delgado y vigoroso. En invierno calzo unas botas rígidas y repiqueteantes del Ejército de Salvación. El resto del año llevo zapatillas de deporte que obtengo en la tienda de material deportivo. Cada pocos meses, el propietario me pasa un par del cuarenta y cinco de algún modelo que ya no tiene salida, y así sustituyo el que se me ha quedado hecho jirones en los pies. A principios de primavera, tras el primer deshielo, me dirijo hacia las cascadas, donde hay una escalera para peces, y cada día trabajo como voluntario para registrar el regreso del salmón a la cuenca del río Connecticut. Eso me exige observar cómo infinitos litros de agua fluyen por la presa, y ver de vez en cuando cómo un pez remonta la corriente, impulsado por un potente instinto de volver a su lugar de nacimiento, donde, en el mayor misterio, desovará a su vez y morirá. Admiro al salmón porque comprendo lo que significa ser empujado por fuerzas que los demás no pueden ver, sentir ni oír, y percibir la obligación de un deber más importante que uno mismo. Son peces psicóticos. Tras años de recorrer tan felices el ancho océano, oyen una poderosa voz interior que los impele a iniciar este viaje imposible hacia su propia muerte. Perfecto. Me gusta pensar que los salmones están tan locos como yo antes. Cuando veo uno, hago una anotación a lápiz en un formulario que me proporciona el Wildlife Service estatal y a veces susurro un saludo: «Hola, hermano. Bienvenido a la sociedad de los locos.» Es fácil detectar a los peces, porque son esbeltos y tienen los costados plateados debido a sus largos viajes por el salado océano. Es una presencia brillante en el agua reluciente, invisible al ojo inexperto, casi como una fuerza invisible que pasa por la ventanita desde donde vigilo. Casi noto la llegada del salmón antes de que aparezca al pie de la escalera para peces. Contar peces es algo satisfactorio, aunque pueden pasar horas sin que llegue uno, y nunca hay los suficientes para complacer a los del Wildlife Service, que comprueban el número de los que han regresado y sacuden la cabeza, frustrados. Pero la ventaja de mi capacidad para detectarlos se traduce en otras. Mi jefe del Wildlife Service llamó a la policía local para informarle de que yo era totalmente inofensivo, aunque siempre me he preguntado cómo lo dedujo y tengo