-Espero que no te importe que cojamos el tranvía. Mi coche hoy no pone de su parte.
-No, tranquilo.
Lynn se pasó su chaqueta por los hombros y le echó una última mirada a Van, que jugaba con el mando de la televisión, antes de salir. Se había asegurado mil veces de que él de verdad quería quedarse en casa y finalmente se había cansado de insistir. "Va a ser muy íntimo y con Isak allí es más que suficiente" le había repetido Van con distintas palabras.
El día era húmedo y de golpe todo el valor que embriagaba a Lynn se había esfumado, al pisar la calle. Los nervios le jugaban una mala pasada. Isak lo estaba notando y le propinó una palmada amistosa en la espalda.
-No será para tanto.
-Eso no lo sabes- contestó Lynn con un hilo de voz. Estaba incluso más pálido que antes.
Se aproximaron a la estación, que destacaba por su inaudito silencio. El silencio y la quietud, en la vida de un niño: un castigo ; en la de un adulto, un regalo.
El juego de observación empezó desde el instante en que Isak compró las entradas. Cada pasajero que pasaba tenía una historia que se encargaba de diseñar la cabeza de Lynn, a velocidad apremiante, porque muchos de ellos desaparecían tan pronto como habían emergido. Aquella pareja de chicas jóvenes que conversaban animadamente seguro que se habían fugado para vivir su romance lésbico a orillas del Atlántico. Ni siquiera había ningún indicio de que fueran algo más que amigas, pero a Lynn no le importaba. Minucias.
La señora de su izquierda, una viejecita simpática algo encorvada, iría a ver a su primer nieto, recién nacido, como tapadera para el crimen que acababa de cometer. El hombre que viajaba con un niño pequeño sería un violinista de éxito que se dio a la fuga de su concierto más importante para llevar a su hijo a ver un partido de su equipo favorito.
La ansiedad de Lynn crecía conforme el paisaje cambiaba y la barriada de Isak quedaba atrás. Cada vez más cerca de su objetivo inicial, el que le había llevado a aceptar las entradas de avión y embarcarse en una arriesgada aventura en compañía de su novio. Le temblaban las manos de forma casi imperceptible.Synnöve bajó las escaleras, malhumorada. Estaba teniendo un sueño buenísimo en el que podía comer todos los kanelbullar que quería y más, en un paraíso onírico, cuando el zumbido del móvil le había despertado. El pesado de su hermano menor anunciando que estaría allí en seguida. Salió de la cama con desgana y se metió en el baño de cabeza. ¿Cuando fue la última vez que se miró en un espejo? Tenía un aspecto horrible, se dijo, como si no hubiera dormido en años, y su voz interior estuvo de acuerdo. Odiaba lidiar con su depresión como una extensión más de su cabeza.
-Oh, cállate- masculló más alto de lo que pretendía. Enseguida le llegó la respuesta alarmada de Ted, al otro lado de la pared.
-¿Me has dicho algo, cariño?
-¡No!- gritó. Trató de darle a su pelo un aspecto decente cepillándolo enérgicamente. Por fortuna, encontró ese spray tan caro que conseguía desenredarlo en segundos y sonrió triunfal. Al menos una parte de ella estaría presentable.
Bajó a servirse café y se cruzó con su marido, que ya se marchaba.
-Que tengas un buen día- le deseó, y la besó.
-Tú también.
La sonrisa de Synnöve se esfumó nada más quedarse sola. Tenía que curarse. Las cosas no podían seguir así ; no.
Subió de nuevo, sintiéndose agotada, y se calzó sus mejores vaqueros. Luchó con la pila de ropa de la silla para pescar su perfume, cuyo acceso estaba bloqueado, y se pasó por el cuello un jersey mullido y amarillo, regalo de Isak, para que este no pudiera quejarse de que no se lo ponía.
Todo listo. Ya no tenía tan mal aspecto. Se hizo una coleta rápida y tuvo el tiempo justo de avalanzarse sobre la puerta cuando sonó el timbre. Isak había tardado más que de costumbre y ella no había calculado bien cuánto necesitaría para estar lista.
Tiró de la puerta y se apartó para dejar paso. Lo que vino a continuación no se lo hubiera esperado ni en mil años. Sí, Isak estaba allí, eso no era nuevo, pero alguien más entró con él. Al principio, no lo reconoció, los primeros segundos que este tardó en atreverse a levantar la cabeza y tuvo una visión clara de su rostro. Synnöve sintió lágrimas nacer en sus ojos y se tapó la boca con las manos, sintiéndose impotente.
Frente a ella estaba un joven alto y atractivo, con una ligera capa de barba rubia que surcaba su mandíbula. La forma de su cara era completamente distinta a como la recordaba, varonil y marcada. Sus hombros eran muy anchos y también su cuello, pero su mirada era definitivamente la misma. Reconoció el tabique nasal y los ojos, verdosos y brillantes, que habían ganado fuerza desde la última vez.
¿Era un sueño? ¿De verdad era él?
Se miraron como dos extraños, mudos en su asombro. Solo Isak se atrevió a romper el hechizo.
-Siento no haber avisado de que traía compañía.
-No importa- murmuró Synnöve sin despegar los ojos de Lynn, muy abiertos. Vio a su hermano torcer las puntas de los pies como siempre había hecho cuando estaba nervioso, y pensó que en el fondo no había cambiado nada.
Él se acercó, vacilante, y parecía querer decir algo. Su garganta temblaba como signo de que estaba reteniendo llanto y sus cejas se contraían, fruncidas con desconcierto. Había ensayado miles de veces la situación en su cabeza pero ahora que sucedía no se sentía preparado. Todas las palabras parecían insuficientes, torpes intentos de expresar cosas a las que la lengua jamás podría hacer justicia.
Synnöve se sintió más indefensa que nunca frente a la ansiedad y no encontró fuerzas. La emoción le escalaba por el pecho, osada. Se sorprendió cuando se vio a si misma alzando una mano y posándola en el vello facial de Lynn. Ni siquiera sentía que estuviera bien porque tenía la sensación de que estaba violando el espacio vital de un extraño. "¿Acaso no le pasa a todos los muchachos después de la pubertad, que no parecen ellos?", pensó, y eso pareció tranquilizarle.
El pelo bajo sus yemas era mucho más suave que el de las mejillas de Ted, con el que siempre batallaba para que no le arañase. También el olor era distinto. De algún modo, cada hombre tenía el suyo, su seña de identidad fuerte e imponente.
-Hola- dijo él, torpemente. Synnöve ahogó una exclamación. Sonaba absolutamente varonil ; ni en sus sueños más alocados lo hubiera creído posible.
-Hola- le correspondió, sonriendo como una tonta y poniendo todo su empeño en fingir que no estaba llorando. Para su sorpresa, Lynn la envolvió en un abrazo y ella se dejó hacer. No fue incómodo aunque tampoco exactamente cómodo. Las dimensiones y olor del cuerpo de él serían algo a lo que le costaría adaptarse.
Permanecieron un tiempo así, encontrado la paz que ella había buscado en tantos Martini y programas de jardinería. Se sintió como nueva y quiso llorar como una niña. Sí, definitivamente no era su hermana y nunca más volvería a tener una. Pero, ¿qué importaba? Iba a casarse. Sí, tenía que pensar en cosas agradables.
-Du är vacker- le dijo al oído, usando inconscientemente su sueco natal, y él sonrió de oreja a oreja. "Estás precioso".
Isak también sonreía, como si lo hubiera escuchado. Decidió buscar en su bolsa pañuelos para la pareja que tenía delante.
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Butterfly {El Chico De Cristal}
Teen Fiction¿Cuántas páginas harán falta para saber que, pese a la inegable y relativa fragilidad humana, ni siquiera en el más profundo recodo de nuestra esencia estamos hechos de cristal? No eres irreparable. Reconstrúyete. Reinvéntate. Renace las veces que...