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-¿D-Disculpa?- tartamudeó Bella. Sus ojos ambarinos se abrieron como platos mientras miraba al hombre que tenía enfrente, sentado ante el lujoso escritorio de roble. Seguramente no había oído bien. Bajo ningún concepto...

-Ya me has oído- murmuró. Su intensa mirada se clavó en la suya con expresión inquietante. -No lo diré dos veces-.

Bella lo miró boquiabierta, demasiado aturdida para hablar. No podía creer lo que estaba oyendo, no podía creer que ese hombre, estuviese sugiriendo... bueno, mejor dicho, exigiendo semejante cosa. En cualquier otra situación su respuesta habría sido "Si". Bajo estas circunstancias su orgullo sólo le permitía decir...

-No-, Sacudió la cabeza, tragando bruscamente al mirarlo. -No me utilizarás de esa manera, Shawn. No puedo creer que te atrevas siquiera a sugerirlo-, susurró.

Arqueó las cejas, pero, por lo demás, permaneció tranquilo e impasible. Su mirada arrogante recorrió todo su cuerpo de arriba a abajo, desnudándola. Esto era demasiado, teniendo en cuenta que había pensado que tendrían un encuentro improvisado, pensó. La manera en que él intentaba dominar la situación no tenía nada de improvisado.

Apretó los dientes con fuerza pensando que el muy bastardo probablemente estaría disfrutando un montón con su incomodidad. ¿Pero, acaso podía culparlo? Si las circunstancias fueran a la inversa, pensó, no sabía como lo trataría.

Shawn suspiró.

El hombre que había protagonizado más sueños húmedos durante su adolescencia de los que podría recordar, finalmente se había fijado en ella como mujer. Tenía treinta años y había esperado mucho, mucho tiempo para que este momento se hiciese realidad. Pero ahora que había llegado, pensó malhumoradamente, tenía que rechazarlo. Se percató de la ironía.

A los cuarenta estaba quizás aún más guapo que la primera vez que le había puesto la vista encima con trece años. Se había enamorado instantáneamente de él, un hombre de veintitrés años, pero no había necesitado una gran experiencia social para darse cuenta de que esta atracción era y sería siempre unilateral.

Los hombres con el aspecto de Shawn no se conformaban con mujeres como Bella. Ni siquiera si esa mujer era la hija del hombre más rico de Atlanta, Georgia.

Bella creía que se conservaba bastante bien. Tenía una cara exótica y bonita, los ojos ambarinos un poco rasgados en las comisuras, los labios llenos, una sonrisa alegre, largos rizos dorados, y un ligero acento sureño. Pero nunca había estado delgada, ni siquiera en sus mejores momentos, y también era cierto que nunca había sido alta.

Si había una cosa que Bella había aprendido relacionándose desde niña con la crème de la crème de la sociedad, era que los hombres atractivos y poderosos deseaban esposas trofeo, hermosas, altas y esqueléticas. Deseaban mujeres que comieran ensalada y bebieran agua mineral y que se creyesen que eso era una comida, no una mujer que comía filetes y patatas al horno (rebosantes de mantequilla y nata, por supuesto), bebía refrescos con azúcar, y gozaba de todo esto sin el más mínimo remordimiento. Deseaban mujeres con extremidades lo bastante largas como para abarcar el tronco de un árbol, no una mujer cuyas piernas eran más cortas que el tronco de un árbol talado.

Suspiró. Estaba claro que nunca sería exquisitamente femenina.

-Haz lo que tengas que hacer-, dijo Bella en voz baja mientras se levantaba de la silla. Sus palmas sudorosas se deslizaron nerviosamente por la parte delantera de sus vaqueros de marca mientras sus ojos rehuían su mirada. No sería la puta de ningún hombre, ni siquiera del único que siempre había deseado realmente.

-Y yo haré también lo que tenga que hacer-, dijo con más seguridad de la que sentía, -Creo que ahora debo irme-.

Bella caminó hacia la puerta de la oficina, y después se paró a medio camino. Volteó la cabeza, mirándolo por encima del hombro.

PECADOS PATERNOS; shawn mendesDonde viven las historias. Descúbrelo ahora