Capítulo 19. Solo fuego

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Nota: ¡Ahora sí, solo fuego, fuego y mas fuego!

Estoy aturdida, confundida, mareada por emociones que no logro descubrir de qué universos paralelos interiores provienen. No puedo dejar de llorar, ni tampoco correr, no quiero detenerme y recordar. Necesito un refugio y mi mente repite una y otra vez ese beso.

El celular suena como una sirena, es Diego. No quiero atender, las lágrimas siguen brotando. No temo a la oscuridad de Berlín a la medianoche, más me asusta mi propia oscuridad.

Una estación de metro se cruza en mí camino y decido escabullirme allí, que el ruido de las vías calle las voces, meterme bajo tierra como un avestruz e intentar así apagar las imágenes. Me transformo en un fantasma velado de la noche levitando sin destino, mientras se suceden las paradas, los pasajeros ingresan y descienden del vagón. La misma escena se repite como si estuviera en un infierno terrenal.

De pronto, las voces y gritos se silencian, ya nadie me advierte nada. Las postales vuelven a estar en blanco como fotos que aún no van a ser reveladas. Y ahora solo ese beso, como si fuera mi único recuerdo. Y mis impulsos despojados de toda sujeción.

Tomo el celular con las manos bien firmes y tipeo: No lo olvidé.

Un calor bélico comienza, lentamente, a quitarme el hielo de la superficie de mi piel. Un soldado se prepara para una guerra a punto de estallar en un rincón de mi interior. Un vacío, la nada, nadie me retiene, ni me reprime, no tengo recuerdos, tampoco moral, filtros, ni imposiciones. Soy una niña de la selva con un rifle en la mano.

Vuelvo a tomar el celular y escribo: te necesito.

—¿Dónde estás? —pregunta.

Miro hacia la pantalla que indica los recorridos del metro. La próxima estación es Mohrenstraße.

—En Mitte.

Decido bajar en esta parada dirigida por un cuerpo que lleva sin consultar a su conciencia, ya no parece orbitar en mí. Al salir de la estación, el cartel de un Hostel me espera y decido sin dudar meterme allí. Me registro en una habitación.

—Decime que querés que haga. —Su pregunta escrita en la pantalla titila con fuerza.

No dudo, no temo, no sopeso, solo deseo.

—Estoy sola en el City Hostel hotel, de la calle, Glinkastr, te espero aquí.

Estoy frente al espejo con la cara ardiente, el llanto se llevó el verde en mis ojos, al punto que se ven tan ambarinos como los de él; tan despojados, como el vacío decorativo que me rodea. Pisos de madera, ningún mueble, solo el somier y sábanas blancas. Un minimalismo abundante, como mi actual estado emocional.

Llevo puesta una camiseta con un fotomontaje sepia que reproduce distintas tapas de discos emblemáticas de los noventa: Never Mind de nirvana, Lies de Guns and Roses. Mis piernas se ven espigadas dentro de los leggins negros brillantes. Las converse negras me acompañan como siempre.

Golpean la puerta junto con mi corazón y los pálpitos suben a todo volumen. Pero no es el miedo ésta vez, sino las armas del deseo para tapar el dolor. Con impulso guerrero, la abro y allí está Eneas, gigante como su nombre lo anuncia; tan atractivo, como una fruta prohibida a punto de ser mordida.

—Hola Azul, no se que es esto, pero acá estoy. —Intenta justificar nuestro arrebato. Pero no lo necesito.

—No digas más...

Me toma con determinación de la cintura, atrayéndome hacia él, quedamos enfrentados a un milímetro de distancia, siento la fuerza del deseo en sus dedos. La puerta se cierra con impulso propio dejándonos solos en nuestra hoguera. Una energía magnética nos vacía de palabras para unirnos piel a piel. Sus labios nuevamente se acercan a los míos y ambos anticipamos la combustión que somos capaces de generar en el recuerdo, cómplices de un incendio que nos excede y a la vez nos condena. Se me eriza la piel, todo mi cuerpo es calor, pasión humeante que brota de cada poro. Cuantas noches soñé este instante. Mil y una versiones de un beso pintado de fantasía me envuelven para decirme que el momento llegó, que la magia es posible, que ahora estamos solos en esta habitación para estallar de locura por lo que va a suceder. Sus manos se deslizan por mis caderas reconociéndome y las mías palpan su musculatura, aquella que me dejó sin habla la vez que lo ví semidesnudo en París. Y ese irreal cuerpo es únicamente para mí ahora. Lo observo mientras él me devora los labios a una distancia imperceptible y me deleito en sus facciones hechas a mi medida en cada pixel. El también abre los ojos, sonríe de esa manera tan viril que me desarma.

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