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La ventana se abre de súbito y vaporosa tela ondea en el aire. Ochako se aparta el cabello de la cara un segundo antes de que las cortinas le hagan cosquillas en la nariz, y es en ese mismo instante que Tamaki abre la puerta, respirando de manera forzosa y con semblante constipado.
—L-lo lamento, yo...
—Viniste, senpai —le interrumpe Ochako con voz dulce y ojos rebosantes de desmesurado afecto.
Mismo que Tamaki puede sentir en el aleteo de su corazón y el alivio en su pecho, también el ardor en sus mejillas, por verla allí tan serena, tan etérea, tan liviana que casi le hace creer que ha hecho uso de su quirk, de no ser porque continúa sentada en el borde de la ventana con la luz deslizándose sobre su piel y la brisa es la única culpable de que parezca que Ochako podría irse flotando en cualquier momento, de vuelta al cielo del que seguramente proviene.
Tamaki se traga su inseguridad, o al menos lo intenta, tan siquiera para obligar a sus piernas a moverse hasta la castaña que le contempla con ternura. Ella sabe que él lo está intentando, y eso le basta para quererle más y más.
—Llegué tarde... —musita Suneater cuando está a su altura; intenta mirarla a los ojos, como ha tratado de hacer tantas otras veces, y no puede.
Con Ochako cerca, incluso parece olvidar que tiene rodillas, pues sus piernas tiemblan y se tambalean al borde de un abismo donde siente que no la merece, que no es suficiente. Pero con una risita, baja y bonita como ella misma, y casi tan dulce como el chocolate de sus ojos, Uravity le trae de vuelta a la realidad.
A una realidad donde están juntos, por una u otra razón, o quizá por mil de ellas, y donde no se exigen nada, donde no piden nada; tan sólo la compañía del otro y el anhelo de continuar juntos, tan sempiterno como la dulzura con la que Ochako le atrae hacia sí y él lo permite, porque ella es magnética y Tamaki ha descubierto que su particularidad no es lo único con el poder de controlar la gravedad, toda ella lo es, de ningún otro modo podría explicarse a sí mismo la forma en la que ha terminado orbitando a su alrededor.
Así que ignora el hecho de que sus labios estén temblando y se esfuerza por mantenerse firme, sin embargo no puede evitar sentirse de aquel modo mientras Ochako le abraza y él hunde su rostro en el pecho ajeno, dejándose cobijar por su piel, por su aroma, por su calidez y su cariño, y por todo lo que ama de ella, todo lo que ella es.
—Me alegra que vinieras —confiesa Ochako y a Tamaki le es difícil concentrarse en no desfallecer cuando siente su aliento tan cerca, tan real.
—¿Fuiste a verme en el entrenamiento? —murmura, inhalando profundamente y en el proceso respirándola, a ella y a su esencia, y sintiendo su cuerpo derretirse cuando Ochako le acaricia la mejilla con tanta gentileza que casi le parece un mero roce, quizá el toque de una nube o el beso de un ángel. Por primera vez se permite pedir un poco más y cubre con su mano la de ella, sosteniéndola contra su rostro, alzando apenas la mirada para ser capaz de analizar su reacción. Y por tan sólo un momento se convence de que a Ochako le pareció demasiado, pues le observa con los ojos bien abiertos y Tamaki sabe que está claramente sorprendida. Pero el reloj corre y ese instante se esfuma, al igual que todas sus dudas y temores, cuando la ve sonreír con las mejillas coloreadas del matiz rosáceo más dulce que alguna vez ha ansiado probar. Ahora está convencido de que el corazón de Ochako debe estar hecho de algodón de azúcar, no hay otra forma de explicar lo que siente en su alma cuando la ve asentir lentamente—. ¿Q-qué... te pareció?
—Maravilloso.
Tamaki suspira, liberando el aliento que contuvo sin percatarse, y vuelve a refugiarse en Ochako, quien una vez más junta sus manos en la espalda ajena y apoya su mentón sobre el oscuro cabello que ha acariciado tantas veces ya, sintiéndose reconfortada con su suavidad y sutil olor a vainilla.
Empero, los pensamientos le atacan, y Tamaki sabe que ella no tenía razón alguna para elegirlo. Podría haber escogido a cualquier otro, alguien que la hiciera más feliz, alguien más seguro y confiado, alguien más valiente, alguien mejor.
Y quizá sea egoísta, porque sin importar qué, no quiere perderla. Quiere merecerla, quiere estar con Ochako. Tal vez es eso lo que motiva las palabras que pronto salen de su boca, tan inesperadas que incluso le parecen ilógicas, pero es lo que siente y quizá lo único que puede decir por ahora, apenas una gota del infinito océano de adoración que silenciosamente le profesa.
—Tú siempre eres maravillosa.
Continúa aferrado a ella y es sólo por eso que siente cómo el corazón se le acelera, haciéndole olvidar que el suyo también late con fuerza. Ochako le cobija aún más, segura por primera vez en mucho tiempo de que todo está bien, y de que lo estará mientras pueda protegerlo, mientras pueda sostenerlo y resguardarlo de cada demonio que habita en su conciencia, mientras pueda continuar a su lado.
Ella le quiere y se lo hace saber día tras día. Las palabras siempre sobran cuando Tamaki está cerca, y con tan sólo sentir su respiración Ochako ya es capaz de quererlo más. Podría haber elegido a otro, pero no lo hizo; jamás ha dudado de su elección, así como Tamaki jamás ha dejado de demostrarle que fue la correcta. Se funden sin necesidad de llegar a más, y hacer el amor es un mero concepto que ellos han manipulado hasta convertirlo en algo suyo, en un simple abrazo que les vuelve uno y les hace infinitos al mismo tiempo. Para él, Ochako siempre va a ser maravillosa; y no importa si es justo ahora o en un millón de años, Tamaki continuará sintiendo que realmente podría derretirse entre sus brazos.