Capítulo trece

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Sentada en el comedor hago los deberes sin mucho ánimo en busca de algo de distracción de todo lo ocurrido durante la tarde. Apenas ha empezado a oscurecer y la verdad no tengo muchas ganas de dormir, aunque me queda muy poco por hacer. La idea de tener a mi diosa griega favorita en casa charlando con mi padre y mi madre, recién llegada, es demasiado para mi pobre cabeza.

Cierro el libro con un golpe y me dejo caer en el respaldo de la silla para quedarme viendo el foco, analizando qué fue lo más loco. Probablemente haber visitado el Inframundo, o descubrir que hago cosas alucinantes. Y eso me aterra. Todo lo que ha estado pasando esta semana me da miedo, y es por una sola razón: ya no sé quién soy.

Era Artemis Termens, hija de un hombre viudo maravilloso, amante de los animales, la cultura griega, inteligente, tranquila, común. Ahora soy Artemis Termens, la Pequeña Luna, hija de la Luna, futura regente de un país que para los demás no existe. Todos quieren que sea algo que en mi cabeza jamás había cruzado, y no sé cómo seré capaz de eso si ya ni siquiera me conozco a mí misma.

Me levanto de la silla y me dispongo a hundirme en mi cama hasta el día siguiente pero a mitad del camino me detengo. La voz preocupada de Clío sale de la habitación de invitados.

- ¡Esa cosa estuvo sobre mí! Y eso jamás me había sucedido, pero supo cómo derrumbarme, descubrió algo que de mí que no conocía ni yo misma...

- ¿Y qué fue eso? – pregunta su madre con calma.

- Mi primer miedo. ¿Entiendes lo preocupante que es eso?

- Lo es, pero no es el fin del mundo, Clío. Solo debes aprender a controlarlo.

- ¿Y cómo se controla tu miedo a perder a quién amas?

Un silencio atraviesa hasta afuera de la habitación, haciéndome sentir incómoda así que sigo mi camino a mi habitación. Una vez adentro me recuesto en mi cama y me cubro hasta la cabeza con las cobijas, quedándome tranquila en la oscuridad. Pocos minutos después, cuando estoy casi dormida, escucho el rechinido de mi puerta. Me descubro unos segundos después solo para toparme con mi madre parada justo al lado de la cama, sonriendo.

- Sabía que te encontraría aquí. ¿Puedo sentarme?

Asiento con la cabeza y le hago un espacio en la cama, ella se sienta y enciendo la lámpara de mi derecha.

- ¿Qué pasa? – pregunto al verla dudar.

- Pasan muchas cosas, cariño, es por eso que he venido a verte. Estoy segura de que hay muchas cosas que tienes para preguntar.

Toma mi mano con las suyas y acaricia el dorso de ésta, haciéndome sentir diferente, pero diferente en un buen sentido. Como si ella desbordara calma y pudiera compartirla con otros solo tocándolos.

- Estoy abrumada. Siento que ya no pertenezco a ningún lugar concreto. Ni siquiera siento pertenecerme a mí misma. – me mira comprensiva y asiente animándome a seguir – Y tengo miedo de perderme, de no encontrarme, y en el proceso fallarle a todos los que esperan algo de mí.

- Entiendo, y soy la única que lo hará. Pasé por lo mismo, mi niña, y por eso sé que sumergirse demasiado en eso es contraproducente. Es raro conocer de dónde vienes, a dónde se supone que debes ir y en el proceso conocer cosas de ti misma que jamás imaginaste justo cuando empezabas a creer que estabas encontrando equilibrio para seguir hacia adelante. – baja la vista y ríe – Son las emociones humanas lo que nos la ponen más difícil de lo que sería para alguien como Zeus, Poseidón o Hades. Ellos tienen sus emociones en un quinto plano, saben poner por delante el deber. Eso, hija, es lo que nos hace completamente diferentes a ellos. Nosotras tenemos que aprender a hacer trabajar el deber junto con las emociones. No lo uno o lo otro.

𝑇ℎ𝑒 𝑀𝑜𝑜𝑛'𝑠 𝐷𝑎𝑢𝑔ℎ𝑡𝑒𝑟Donde viven las historias. Descúbrelo ahora