PIERCING SECRETO

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PARTE 2

Mi madre tiene un montón de libros de historia, y como también es profesora, podría echarnos una mano en la tarea de la escuela. Por eso fijamos la reunión en mi casa. Pero Danyelle, para variar, estuvo en contra. Dijo que la biblioteca es una cosa del pasado: desde que inventaron Internet, basta entrar en uno de esos sites de búsqueda, escribir una palabra clave y esperar unos segundos para encontrar el tema ya resumido, masticado y digerido; no hace falta que nadie pierda el tiempo hojeando libros viejos llenos de polillas y ácaros que sólo causan alergia. Todo eso para contar que su computadora es de última generación, con chorrocientos megas de memoria y no sé qué más.
Como futura escritora, tuve que controlarme para no tachar a Danyelle de superficial, ignorante, descerebrada, perezosa, hipocondríaca y explicarle que la computadora jamás acabará con el libro, así como la fotografía no acabó con la pintura, ni el cine con el teatro y la televisión con la radio. Pero no desperdicié mi preciosa saliva. Cuando se dio cuenta de que yo estaba a punto de estallar, Elenita se metió en la conversación y dijo que también prefería a hacer el trabajo en mi casa. Éramos, por tanto, mayoría. Parece que Danyelle no está acostumbrada a la democracia, porque llegó tarde y advirtió enseguida que no podía quedarse mucho: justamente aquella tarde se haría el nuevo piercing y entendía que nos convenía hacer cuanto antes el trabajo. Aunque, ¡sorpresa!, casi no había que hacerlo. Sacó del bolso unas hojas de papel y confesó que había repetido la receta de siempre: pegó textos, citas e imágenes de Internet, mandó la ensalada a la impresora y en pocos instantes estaba lista la biografía de Juana de Arco. Sólo faltaba el final, cuando la heroína francesa es condenada a la hoguera:
-Encontré un site que contaba con pelos y señales cómo fue subiendo el fuego por su cuerpo, ¡casi como en una película! Pero se me acabó el papel de la impresora y me dio flojera copiarlo en el cuaderno.
e
Elenita se asustó:
-¿Y si Apolo se da cuenta de que hicimos un refrito?
Danyelle ya tenía la respuesta preparada y envuelta para regalo: -Internet existe justamente para eso. Para que hagamos refritos a gusto. Mientras Elenita mordía el tapón de la pluma, sin saber si debería firmar el trabajo, Danyelle soltó un largo bostezo y dijo que perdió horas de sueño por culpa de un dilema angustiante: ¿dónde hacerse el nuevo piercing? Se tumbó en mi cama sin el menor reparo, abrazo mi viejo oso de peluche y preguntó qué parte del cuerpo quedaría más sexy con una argollita de oro: la lengua la nuca o la axila.
Al oír la palabra axila, Elenita tuvo un ataque de risa y manifestó una graciosa inquietud:
- Si yo me pusieron argollita en el sobaco, creo que tendría cosquillas todo el día.
A Danyelle no le gustó el chiste y, por el ángulo de la nariz empinada, sin duda pensó que sobaco no era un sinónimo a la altura de axila. Por lo menos, no la suya. Cuando pidió mi opinión, tuve ganas de sugerir que se hiciera un piercing en la boca: una argolla bien grande que le atravesara los labios para que nunca más volviera a decir estupideces. Pero contuve la rabia tras la sonrisa y, en nombre de la supervivencia del equipo, ignoré la superficialidad de Dany y comencé a leer su obra maestra. La chava quería seguir hablando:
-Si tuviera el valor de hacerme un piercing en el pubis... ¿Se imaginan si Gus ganará la apuesta?
Seguí con la cabeza baja, leyendo una biografía que ya me sé de memoria. Cuando yo era pequeñita y le pedía a  mi madre que me contara un cuento a la hora de dormir, siempre hablaba de la campesina que, a los 13 años, comenzó a tener visiones y a comunicarse con el más allá, más exactamente con el Arcángel San Miguel, con Santa Catalina y con Santa Margarita. Algunas personas decían que esas voces y visiones eran producto de una imaginación adolescente, tal vez un desequilibrio hormonal o hasta el defecto del SPM, síndrome premenstrual, que en aquella época seguramente no debía de tener nombre y mucho menos unas siglas pero a la muchacha no le importaban las malas lenguas. Creía que estaba en el mundo para cumplir una tarea heroica: expulsar a los ingleses que ocupaban la mayor parte del territorio francés. Con esa intención se marchó de su aldea y se las arregló para que la recibiera nada menos que el Rey Carlos VII. Cuando le habló de la misión que Dios le había encomendado, la nobleza se echó a reír. Pero basta un carraspeo del Rey para que todos callaran. Su Majestad se quedó sumamente impresionado con la determinación de aquella muchacha y, ante el asombro general, le entregó el mando de un ejército. La fama de la campesina se difundió por toda la región. Camino del campo de batalla, ganó la adhesión de centenares, millares de soldados, y logró la increíble hazaña de liberar la ciudad de Orleans. A partir de ese episodio, Juana de Arco fue conocida como la Virgen de Orleans y abrió el camino para la coronación de Carlos VII en la catedral de Reims. Pero, de repente, la suerte cambio de rumbo. En su intento por recuperar Compiègne, Juana acabó apresada por los ingleses. Fue juzgada y condenada por la inquisición por herejía y murió en la hoguera a los 19 años, sin llegar a presenciar la victoria de los franceses de la Guerra de los Cien Años. A la iglesia le llevó más de dos décadas admitir que amo a una inocente y unos cuántos siglos más para transformar a la supuesta bruja en Santa.
En vez de hacerme dormir, esa increíble historia me dejaba aún más excitada. No debe sorprender que mi tocaya medio tocaya (bueno, medio tocaya) se haya convertido en personaje de tantos escritores, pintores, dramaturgos, cineastas... Y, principalmente, de los profesores de historia, que no pierden la oportunidad de encargar sus alumnos una biografía de la heroínas.
Pero no hace falta llamarse Juana ni tener una madre historiadora para ver que el trabajo de Danyelle estaba lleno de errores, intuiciones, tonterías conjeturas; un florilegio con recortes de todos los tamaños y colores, apenas remendados por la prisa.
En cuanto termine la lectura, Danyelle me pidió una opinión sincera. Intenté ser la más elegante posible:
-El trabajo quedó medio... resumido. Y, como tú misma dijiste, falta la escena de la hoguera.
Ella perdió la paciencia:
-Pero, ¿qué trabajo, Juana? ¡Despierta! Te estoy hablando del PIERCING, ¿Tú te atreverías a ponerte un arete de oro en el pubis?
Mi paciencia también tiene límites: Escucha, "Daniela" ¡no nos reunimos para hablar ni de bubis ni de tu sobaco!
Dijé "Daniela" a propósito, sólo para verla subirse por las paredes. Ella refunfuño aclarando que Danyelle se escribe con "y", dos l y, al final una sutil "e" que le daba un toque francés. Cuando le dije que vivimos en Brasil y, por lo que se, la "y" en la lengua portuguesa no es más que una letra fútil desechable, Danyelle me acusó de envidiosa porque mi nombre parecía un plagio mal hecho, y también porque a mí me gusta un chico que le había echado el ojo a ella, tanto es así que fue uno de los primeros en apostar en el desafío del piercing. Me acordé de que Gus era del sexo masculino.
Y todos los chicos de la escuela (hasta el vendedor de palomitas que se quedaba junto al portón) entraron en el juego de apuestas.
Danyelle se quedó mirándome con los ojos desorbitados, como si estuviera preparando la réplica, pero de repente empezó a rascarse la nariz tiró contra la pared a mi pobre oso. Dijo que tenía alergia a los animales de peluche y a los libros viejos, pero lo que más daño le hacía eran las falsas amigas. Y se marchó estornudando.

PODEROSA  ( una chica con el mundo en su mano)Donde viven las historias. Descúbrelo ahora