El pequeño cuerpo de un niño de 8 años se encontraba tendido en un colchón desgastado y sucio que a su vez se encontraba en una pieza estrecha, gris y fría. Se trataba de Graham, quien después de llorar por minutos que se sintieron como horas, se había quedado dormido sin siquiera darse por enterado.
De repente, un golpeteo de madera se escuchó desde afuera, lo que provocó que el castaño se sobresaltara. Seguía aún un poco adormilado hasta que pudo escuchar atentamente que un niño gritaba y que golpeaba la puerta de aquella habitación.
— ¡Ábreme! ¡Sé que estás ahí, chico nuevo, más vale que me abras! —no había tono amenazador en su voz, simplemente se encontraba desesperado.
El pequeño se quedó inmóvil. No sabía quién había allí afuera y le asustaba la razón de su desesperación. Al caer en cuenta de que podría tratarse de su compañero de cuarto, se levantó con rapidez y abrió la puerta que era azotada con anterioridad.
Un chico alto, que no aparentaba muchos más años que él, entró con tanta velocidad que por poco derriba el cuerpo frágil del contrario. Dejó caer su cuerpo en el colchón que antes era ocupado por el más pequeño y comenzó a reírse a carcajadas, lo que dejó un poco confundido a su compañero.
— Eso estuvo cerca —dijo cuando al fin pudo contener su risa— Gracias, chico nuevo.
Graham simplemente se quedó en medio de la habitación contemplando la situación. La verdad era que se sentía bastante confundido y al mismo tiempo la presencia del más alto lograba intimidarlo.
El contrario, al ver lo asustado que parecía su nuevo compañero de habitación se levantó de la cama, se dirigió a él y estiró el brazo con la intención de apretar la mano del menor.
— Soy Alex —se presentó regalándole una amplia sonrisa—. Vas a tener que acostumbrarte a esto porque suelo tener que huir de la secretaria y siempre pierdo mi llave.
El castaño seguía un poco aturdido pero aún así respondió al gesto de aquel chico travieso que se mostraba tan amable ante él.
— Soy Graham —por poco y se escuchó su nombre. Su voz aún sonaba algo ronca a causa de haber despertado hace unos segundos y su timidez no le permitió soltar más que un hilito de voz.— ¿Qué acaba de pasar allá afuera? —se atrevió a preguntar mientras ambos soltaban el agarre.
Una sonrisa pícara se hizo presente en el rostro de Alex.
— Siempre molestamos a la secretaria porque es una amargada y es muy divertido cuando se enoja y comienza a perseguirnos —explicó—. Hoy dejó su cena en el escritorio mientras fue donde la directora. Cuando nos dimos cuenta fuimos corriendo al baño, tomamos el shampoo y se lo echamos todo en su sopa—al ver la expresión de asco en la cara de Graham, comenzó a reírse de nuevo—. En serio debió saber asqueroso.
Ambos comenzaron a reírse y a imaginarse el sabor jabonoso mientras hacían muecas de asco.
— ¿Y por qué pedías ayuda? —cuestionó Graham.
— ¡Esa es la mejor parte! —contestó emocionado— Siempre que le hacemos una broma comienza a gritar que va a atraparnos y a ponernos a todos contra un muro mientras nos golpea con sus zapatos de viejita —a pesar de que Alex parecía morirse a punto de carcajadas, Graham sintió temor al imaginarse tal escena y dejó de reír— ¡No, no te preocupes! —se apresuró a decir cuando notó la mueca de horror en su rostro— Nunca nos atrapa, está mal de un pie y cojea al caminar. Nunca necesitamos correr demasiado rápido; el problema es que siempre pierdo mi llave.
— ¿Y te han dado otras? —recordó la advertencia de no perder sus llaves.
— A mí si. Es la ventaja de tener un rostro tan hermoso —bromeó.— A ti no te aconsejo que las pierdas. El año pasado, a Dave se le perdió la suya y tuvo que dormir en el patio por una semana. Pobre chico, es tan inocente, la pasó realmente mal.
Graham al escuchar la compasión de Alex por su compañero, se puso a pensar en algo que no se le había pasado por la cabeza desde que había llegado. ¿Se hacía amigos allí? ¿En ese lugar tan horrendo y terrorífico? Quizá ahora Alex podía ser su amigo, ¿no?
Por su parte, el más alto no se dio cuenta de que Graham se había perdido en sus pensamientos y continuó hablando de la clase de castigos que habían sufrido sus amigos y él por sus travesuras.
— Bueno, ya estoy algo cansado —concluyó— Será mejor que duerma ahora o despertaré con ganas de matarte. Gracias por salvarme, cuatro ojos.
A pesar de que ese apodo solía molestarle por culpa de sus antiguos compañeros de colegio, al escucharlo en Alex, con ese tono de broma y sin una pizca de intención de herirlo, no pensó en reprocharle. Simplemente se despidió y volvió a su cama pensando en el día de mañana. En cómo serían los demás niños. Se imaginó también siendo parte del grupo de amigos de Alex y, aunque sintió algo de miedo al recordar que él no era un chico divertido y que no era bueno para correr, esperaba que lo quisieran aún así.
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