3. Intranquilidad

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Únicamente vistiendo el pantalón de su pijama e ignorando el casi persistente frío matinal; fue hasta la cocina en donde preparó una tetera y la puso al fuego.

El estómago le volvió a rugir cuando se percató de que había olvidado que su pequeña despensa estaba casi vacía; solo contaba con dos paquetes de galletas y no estaba seguro del tiempo que llevaban ahí. Bufó al notar que los trastos sucios se le habían vuelto a acumular y exhaló con pesadez y desinterés cuando eligió una taza y vertió el cálido líquido en esta.

Desayunó, anotando en un trozo de papel una lista de lo que consideraba más indispensable, luego, al terminar su bebida y las galletas, se cambió de ropa, cepilló su cabello y lo ató en algo similar a una cola de caballo. Rara vez se peinaba de esa manera, pero en aquellos días lo último que deseaba era batallar también con su cabello. Tomó las llaves de su automóvil y después de varios días en completo aislamiento, sin salir de la seguridad de aquellas paredes; finalmente salió de su vivienda.

Fuera de su edificio todo lucía igual, era como si a nadie, solo a él le afectará la partida de Susana; el problema mayor estaba en el aún desconocer si lo afectaba para bien o para mal.

Salir solo para surtir su despensa fue una lenta agonía que parecía querer atormentarlo con las miradas de las que estaba seguro de ser preso. Por ello no tardó en regresar a su hogar; su, por ahora, seguro refugio.

Con dos bolsas repletas subió a su departamento, volvió a bajar y regresó, llevando consigo esta vez solo una bolsa. Se detuvo en el buzón y tomó el grueso paquete que formaba toda la correspondencia rezagada de aquellas casi dos semanas.

Dejó todo sobre la mesa y dispuesto a no hacer nada, volvió a dormirse con solo un deseo en mente: que esas "vacaciones" terminaran pronto, para así al menos tener algo, demasiados diálogos, en que ocupar la mente.

•••

La cena transcurrió y terminó sin que ella mostrara demasiado interés en la charla, gracias a que finalmente había localizado a aquel joven que tanto esperaba encontrar. Sin embargo, no esperaba verlo tan accesible y mucho menos tan afectivo con aquella mujer a quien recordaba como a la Julieta de su Romeo.

Una vez satisfechos, la gente comenzaba a disfrutar de una amena charla. Personas se levantaban e iban a otras mesas para saludar a sus conocidos; muchos se acercaron para saludar a Albert; muchos, pero nunca él.

Decepción. En ese preciso instante, la rubia estaba muy decepcionada y... ¿celosa? No; ¡eso nunca! O al menos eso es lo que ella creía.

La música comenzaba a dejarse escuchar cuando la rubia había decidido que aquello no la afectaría, sino todo lo contrario; decidió que era mejor alegrarse porque después de tantos pesares, aquel joven había sido capaz de rehacer su vida y había encontrado a alguien con quien compartir no sólo los escenarios; y eso, para la pequeña enfermera, era mucho más de lo que ella misma había conseguido.

—Buenas noches; Candy —tan concentrada estaba en sus reflexiones, que no se dió cuenta del momento en que él se acercó hasta detenerse a su lado—. Es realmente un placer volver a verte...

—Terry... —musitó más que feliz de verlo, con un nudo en la garganta y tratando de controlar las escuetas lágrimas que estaban a punto de rodar por su mejilla y que, afortunadamente, nunca osaron aparecer.

En la mirada de la rubia resultó inevitable el reflejo de la alegría que aquel encuentro representaba para ambos. Simplemente no tenían ni un ápice de duda, de que finalmente se habían reencontrado con el amor de sus vidas.

¿Qué hacer ahora?

Ciertamente Candy no sabía cómo reaccionar; y aún así se levantó hasta poder dar un fuerte abrazo a aquel joven, a quien suponía, no podría saludar durante ese viaje.

Por Ahora, Por un PocoDonde viven las historias. Descúbrelo ahora