Ninguno de los dos quiere pararse a pensar qué hacen parados el uno enfrente del otro fuera de la sala del cine en una calle desierta y sumida en la noche tranquila de un domingo.
Por unas horas, ha parecido que todo era como siempre, como antes.
Luis ha sonreído sin miedo a hacerlo mientras Aitana parecía soltar la mano del freno para dejarse llevar.
Tenían entradas para la misma película sin saberlo y acabaron sentándose donde les dio la gana en una sala prácticamente vacía, como queriendo quedar en tierra de nadie. No hubo caricias en la pierna ni sonrisas en la penumbra. Al menos no intencionadas.
Aitana mueve las manos nerviosa en la oscuridad y Luis lo nota. Ese podría haber sido un domingo cualquiera de una vida que parece lejana aunque casi puedan rozarla con la punta de los dedos, moviéndose un poco hacia el asiento de al lado.
En mitad de la calle, el ruido aún parece amortiguado por las paredes de su burbuja.
Deberían tomar direcciones opuestas para llegar cada uno a su casa, pero ninguno se ve con el valor suficiente como para hacer estallar la burbuja tan pronto.
Luis sabe que es una mala idea, pero no hace falta más que un pestañeo de Aitana incapaz de aguantarle la mirada, para saber que es el mismo pensamiento que le pasea por su aún caótica y adormilada mente.
Pero es que sus respiraciones casi se confunden a esa distancia, haciendo que su parte racional no sea la que toma el mando.
Y huele a hogar a pesar de que el único olor que sube por su nariz es el perfume de ella. Sabe lo suave que es su piel y que, aunque bese otras bocas, no ha olvidado el tacto de sus labios contra los suyos.
No es algo que pueda controlar. Es ella y esa química que se hace casi palpable en sus respiraciones agitadas y los centímetros que se reducen entre ellos.
Acaricia su mejilla con el pulgar y ella cierra los ojos con miedo a abrirlos y que todo haya sido tan solo una alucinación.
Quiere aferrarse a su momento, a la delicadeza de su caricia provocando un huracán en el interior de su cuerpo.
Sus narices se rozan y, aunque sus ojos están cerrados, queda sobreentendido para sus cuerpos lo que va a pasar a continuación.
-No-murmura Aitana en un último momento de cordura apoyando su frente contra la de él aún respirando el aire de su boca antes de que sus labios se hayan rozado.
-¿No?-pregunta Luis en un susurro.
Aitana suspira.
Sí, claro que sí. Siempre. Todos los días de su vida.
Roza su nariz con la de él antes de que sus labios se busquen en silencio con el ruido de sus corazones acelerados de fondo.
Sabe como el primer helado del verano, el último baño en septiembre y la sal cicatrizando las heridas.
Sabe a la primavera revolviendo con su brisa las flores de los almendros y el roce del aire en las mejillas cuando hace demasiado calor.
Sabe a un te quiero inesperado y las cosquillitas en el brazo antes de quedarse dormido en unos brazos que prometen ser refugio ante cualquier pesadillas que rompa la calma de la noche.
Sabe a él. A ella. A ellos. A lo que fueron.
Al futuro que no saben si tienen.
Así que no piensan y cuando recuperan el aliento, lo pierden en una boca que conocen a la perfección. Dejan que sus cuerpos hablen y cuenten todo lo que es difícil de explicar con palabras que quedan reducidas a letras que no tienen la fuerza de los brazos de Aitana rodeando el cuello de él ni las manos de Luis en cintura acercando su cuerpo al suyo lo máximo posible.
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Canción Desesperada (II)
RomanceSegunda parte de Canción Desesperada. 5 meses después. ¿Cuando lo has perdido casi todo, por qué merece la pena seguir?