A pesar de ser bastante tarde, Tom aún se encontraba en el punto de la ciudad en el que transcurriría la mayor parte de las grabaciones. Charlottesville parecía ser una ciudad pacífica, completamente alejada del estilo de San Francisco o la multiculturalidad de Nueva Jersey, pero especial a su manera. A los cinco minutos de estar ahí supo que se aburriría muchísimo.
Habían estado haciendo pruebas de vestuario casi toda la mañana, desde muy temprano, y logró grabar una sola escena ese día. Se preguntaba cómo podía ser posible: las retribuciones monetarias eran modestas y todo sucedía en una ciudad terriblemente monótona, pero aun así, ¡el director se veía en la posición de exigirle grabar una escena casi treinta veces!
Estaba molesto, pero solo guardó su ira e hizo su mejor esfuerzo en cada toma, hasta que el joven director dijo que ya era suficiente.
El reloj marcaba las doce de la noche con veintinueve minutos cuando Tom se dirigió al tráiler en el que tenían bebidas calientes, sodas, aperitivos y comida en general. Solo quería tomar algo tibio; era muy tarde y su cuerpo trepidaba a pesar del abrigo negro que lo envolvía. Hacía frío, era invierno y el pronóstico del clima señalaba que habría nieve dentro de las próximas semanas. Para peor, aún tenía que grabar una escena más aquella noche.
Dorian, el director del filme, desde un inicio dejó en claro que esa película no tendría grandes intervenciones hablando de edición, por lo que, si es que una escena estaba relatada en la noche, se hacía en la noche —aunque fuese a las tres de la mañana o más tarde—. Y siendo aquella una cinta sobre dos apasionados amantes, que como la gran mayoría prefería la oscuridad para desatar su fogosidad, las escenas nocturnas eran lo más abundante dentro del guion.
—No hay... —respondió el muchacho a su petición.
—Solo quiero algo caliente, ¿cómo es posible que no puedas complacer ese simple deseo? —interrogó molesto.
—La máquina se averió hace un rato, llegó tarde.
Tom salió del tráiler encolerizado, triste y enfadado a la vez. Y es que él solo quería un té. Presa de sus instintos, aporreó una puerta, haciéndole una magulladura en la esquina izquierda. Salió del set y caminó por una calle solitaria; aunque no conociera el sitio, su memoria le otorgaría la posibilidad de regresar sobre sus pasos, aquello era seguro.
El alumbrado público le daba a entender que ese no era un lugar con muchas casas; siendo sinceros, no podía ver ninguna, solo eran fábricas, almacenes y negocios, todos cerrados para esa hora. Pero al final de la calle, prácticamente en un callejón o una vía muy angosta, había un colorido letrero iluminado, denotando un local de comida rápida abierto.
Trató de meter sus manos en lo más profundo de sus bolsillos y apretó el paso hasta llegar al lugar. Se coló dentro lo más veloz que pudo. No parecía haber nadie allí.
—¿Hola? —dijo caminando en dirección a la caja registradora.
En ese instante, cuando eran las doce de la noche con cuarenta minutos, vio un gorrito con el logo del local, uno que se acercaba raudamente hacia el mostrador.
Cuando Amelia arribó hasta su puesto, lo observó de vuelta. Tuvo que levantar un poco su propio mentón para que así sus ojos pudieran apreciarlo mejor. Él la miraba atento, e incluso podría haber dicho que la forma en que la miraba era... ¿Divertida?, ¿como si ella le causara gracia?, vaya tipo.
Su piel era blanca, su cabello, aunque pelirrojo, lo era en un tono menos escandaloso que el de ella; tenía una barba escuálida pero arreglada; también era alto, muy alto, pero poseedor de una portentosa figura masculina. Debe haber tenido unos treinta y tantos. Nunca había visto a alguien como él por los suburbios de Charlottesville. Probablemente era un turista de paso, terminó por pensar.
—Lo siento mucho, estaba lavando algunos platos allí atrás... ¿En qué puedo ayudarte? —habló con prisa.
Él sintió la tentación de la risa abrumar sus mejillas. Escuchar la rapidez con la que la mujer había hablado fue hilarante; si lo hubiera hecho un poco más rápido, habría sido muy probable que no le entendiera nada.
—¿Tienes alguna bebida caliente? —terminó por preguntar.
La joven se giró en dirección a la enorme cafetera.
—Sí, café.
—¿Solo café? —habló desganado.
—Café y solo café... —Reafirmó ella.
El inglés torció levemente el gesto, pero habló inmediatamente
—Un café entonces, por favor.
—¿Grande, pequeño, mediano?
—Pequeño, por favor.
—¿Con tapa? ¿Sin tapa? ¿Pajilla, tal vez?
—Con tapa y sin pajilla, por favor.
La chica se puso a teclear cosas en la máquina registradora, mientras él se dio un momento para observarla. Ella tenía cejas rojizas, y aunque no podía ver su cabello por aquella malla y el gorro en la cabeza, sus cejas le decían que era pelirroja como él. Tenía las pestañas muy largas y colorinas, además de la piel blanca, con una que otra peca esparcida sin patrón alguno; su nariz era fina, se notaba que tenía un par de kilos de más y que no era muy alta; además de todo eso, se veía cansada.
Ella...
—Uno con cincuenta, señor. —indicó sin mirarlo a los ojos.
Él sacó su billetera, tomó un par de dólares y se los entregó.
Amelia tomó rápidamente dos monedas de veinticinco centavos para dárselas.
—Guarda el cambio. —habló Tom.
Ella solo asintió a la vez que con disimulo se metía las monedas al bolsillo. Él se quedó mirándola otra vez, mientras ella encendía la máquina y ponía el vasito en su lugar, el cual se llenó lentamente. Le puso una tapa y se lo dio.
—El azúcar está en las mesas...
—Muchas gracias, señorita.
Amelia solo volvió a asentir en dirección al sujeto. Tom se sentó en una mesa al azar, tomó algunos sobres de azúcar y vertió el contenido dentro del vaso. La mujer volvió a la cocina para seguir enjuagando los platos.
El británico bebió lento su café, mientras sentía que su cuerpo se calentaba por dentro, pero no en el exterior, ya que su nariz, mejillas y orejas aún dolían por la baja temperatura.
Por otro lado, la joven no sentía las manos a causa del frío, y lo peor era que aún restaban docenas de platos y otros artilugios por lavar, los cuales deberían haber sido fregados por los empleados del turno anterior, pero claro que no fue así.
Un tiempo después, Amelia sintió cómo la campanilla de la puerta sonaba otra vez. Se acercó hacia la registradora pensando que quizás se trataba de un nuevo cliente, pero no era así. El hombre se había ido, y al fijar la mirada sobre su frasco de propinas, la mujer notó que había dejado un billete de veinte dólares en el interior.
Vaya locura, pensó mientras con cuidado guardaba el billete en uno de sus bolsillos.
—La gente rica no sabe cómo desechar su plata... —dijo cuando iba camino al lavaplatos una vez más.
Don't forget to ★
✒Mazzarena
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Panacea Universal
Fanfic❝El que jamás ha llorado y sufrido en soledad, nunca podrá entender cuan dulce puede llegar a ser el verdadero amor❞ ➤En lugar de una larga parrafeada contándote de qué se trata esto, prefiero dejarte algunos comentarios de mis queridas lectoras: ❝L...
