2. i'm janette wesley

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( CAPÍTULO 2 )

Soy Janette Wesley

❝Soy Janette Wesley❞

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JANETTE TENÍA UN LARGO TRAMO QUE RECORRER DESDE SU CASA HASTA LA ESCUELA y resultaba bastante confuso con tantos caminos cruzados y árboles. Si antes le era difícil ubicarse, ahora estaba segura de que se la comerían los osos. ("¿Habrán osos?", se preguntó). Además ir a la escuela comenzó a parecerle una mala idea después de que, el día anterior en el pueblo, muchos vecinos se acercaran a atacarlas con miles de preguntas. Al parecer las neoyorquinas eran la novedad.

Y así se lo hizo saber a su madre en el desayuno:

—Creo que la educación en casa en mucho más efectiva que ir a la escuela. Quiero decir, me estarán enseñando al ritmo de niños que probablemente van medio año atrasados.

—Qué humilde. –Soltó Diana, nada amigable. Por la mañana parecía una auténtica bruja con su pelo enmarañado y envuelta en su albornoz.

Janette hizo una pedorreta con la lengua en su dirección, atajándose cuando sintió el brazo de su madre aproximarse peligrosamente hacia ella. Por suerte solo estaba acercando a la mesa un plato de pan tostado.

—Bueno, entonces, ¿puedo quedarme en casa?

Por un momento, el silencio de Diana y su madre encendió una pequeña luz de esperanza en su pecho.

—Por supuesto que no, ni que tuviéramos una granja que requiera más manos. –Dijo su madre sacudiéndose la harina de la falda y tomando asiento.

Se dejó caer rendida en la silla, gruñendo.

Lo cierto es que no le preocupaba de como fueran los niños en Avonlea, incluso tenía un poquito de emoción por conocerlos, más bien era a las preguntas que tendrían lo que la aterraba.

¿Sabrían sobre ella a esas alturas de la semana?

Los gritos de su madre y Diana la sacaron de inmediato de su trance:

—Estas poniendo el pelo sobre tu taza, cochina.

—¡Janette, saca tu cabeza de la mesa!

El trayecto fue bastante entretenido con compañía.

Tía Diana debía ir al pueblo, así que la mitad del camino fueron hablando sobre trivialidades, especialmente sobre el nombre que le pondrían a su casa.

Lo cierto es que tenía un tamaño considerablemente grande. Al menos si lo comparabas con los departamentos que solían rentar en Nueva York, la casita era un lujo con su estrecha cocina y aún más estrechas habitaciones en el segundo piso. Diana había dicho que los techos bajos y ventanas redondas le hacían pensar en una casita de duendes.

Janette | c. mackenzieWhere stories live. Discover now