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LAS DUDAS NO RESUELTAS SON MIEDOS NO ACEPTADOS

Y allí esperé hasta que el alba iluminó aquella isla que estaba justo enfrente de la nuestra. Era increíble porque era una isla muy pequeña: se divisaba todo el contorno desde la nuestra, como si estuviera tan sólo dibujada.

Sólo se veía una construcción circular justo en medio de la isla. El resto estaba totalmente desolado, pero lleno de una energía difícil de explicar. No había duda de que aquello era el Grand Hotel.

Noté una leve respiración detrás de mí: era Tronco. Había llegado sin hacer ruido. Me observaba con respeto, como quien sabe qué significa lo que está viendo. Había pensado que era el menos empático de todos, pero a veces el que menos lo aparenta es quien lo es más.

Miré aquel volcán que tenía a mis espaldas y decidí subir: necesitaba respuestas. Deseaba hablar con quien estuviera allí.

Me encaminé hacia allí y Tronco me siguió. Creí que no podría escalar pero su habilidad con los muñones era increíble.

Mantenía las distancias, supongo que olía mi enfado. Cuando llevábamos una hora escalando, llegamos a las lápidas de las que me habían hablado.

Había cientos y todas estaban agrupadas en decenas. Algunas tenían pinta de llevar allí muchos años. Era como ver períodos o siglos de muerte: generaciones de chicos y chicas que habían llegado a esta isla para dejar el mundo. Sentía extrañeza ante esas tumbas.

Era como ver conexiones de desconocidos en un pequeño instante de su historia. No sabía cómo digerirlo.

Tronco miraba todo como quien asiste a hechos ya conocidos. Se sentó sobre una lápida. Era una imagen extraña, casi surrealista. Murmuró algo que ya le había escuchado.

—Aquí la vida es corta: todo pasa en cinco días. Una generación nace, otra se pierde. Padre te espera arriba. Vamos —añadió.

—¿Padre? —No quise saber por qué le habían puesto ese nombre, prefería preguntárselo a él directamente—. ¿Alguien ha decidido no seguir aquí? ¿Alguien ha decidido volver? —le consulté.

—¿Volver adónde?

—Volver a la vida.

—¿Al esclavismo?

No seguí preguntando por el esclavismo, no deseaba que nadie filosofase sobre el tema.

—¿Cuánto llevas aquí? —le pregunté. Me había quedado la duda desde que estuvimos en el Drago.

—Cuatro días. Se suponía que, como máximo, me quedaba uno; soy un tipo suertudo —respondió sin inmutarse.

No dije nada. Esperaba que llevase más tiempo.

—No pasa nada —continuó—. Hace tres días habría sufrido y no me hubieran salido las palabras. Ahora siento que he vivido más en estos cuatro días que en catorce años.

Me senté bajo la sombra de una gigantesca lápida. El sol comenzaba a calentar todo aquel lugar, o quizá era la propia tierra de ese volcán inactivo.

—¿Tus padres? —indagué.

—Murieron cuando tenía cinco años. ¿Los tuyos?

Decidí mentirle.

—Hace diez, en un accidente de tráfico.

—Todos los que estamos aquí tenemos la muerte esparcida.

Nos quedamos en silencio. Yo tan sólo le daba conversación para intentar recobrar el aliento. Vi que la lápida que me cobijaba tenía un nombre de filósofo, al igual que las ocho que la rodeaban. Supuse que la que estaba en el centro era la del líder: en este caso se llamaba Platón.

El mundo azul ama tu caos-Albert espinosaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora