SOMOS LEYES DE LA NATURALEZA, NOS DEBEMOS CUMPLIR.
Cuando llegué al faro, vi a Niño intentando reanimar a Torso. No estaba nervioso ni había perdido el control. Le practicaba el boca a boca mientras le hablaba en voz baja.
Torso tenía los ojos cerrados. Sonreía como tanta gente que he conocido que ha muerto en paz.
—Ahora vendrá Madre, no te preocupes —dijo Niño.
Primero Padre y ahora Madre. Habían dado nombre a unas figuras que no poseían.
Torso abrió los ojos al escuchar la palabra «Madre».
—Sabía que algún día vendría a buscarme Madre —dijo con voz entrecortada.
Sonó como si hablaran de algo esperado. Los comprendí, yo también deseaba que mi madre volviese. Perderla es uno de esos errores que la naturaleza debería prohibir.
De fondo, escuché llegar un helicóptero. Niño le cogió fuertemente el muñón de la mano.
—Todo lo que me has enseñado estos días perdurará en las horas o días que me queden —le susurró—. Quiero que sepas que toda tu vida, tu energía, tu forma de encarar el mundo, es una ley de la naturaleza.
»Tú eres una ley de la naturaleza más. Y, como tal, se tendría que cumplir tu forma de ser y jamás ponerla en duda.
Noté que me había perdido alguna conversación anterior entre ellos. La emoción era máxima. Niño prosiguió:
—Ellos quizá tienen piernas y brazos, pero no tienen tu alma. Jamás te la podrán arrebatar. Me contaste lo que sufriste por culpa de ellos y su incomprensión; tendrían que haberse arrodillado ante una ley de la naturaleza.
Torso abrió los ojos por última vez. Sonrió de una forma que sólo podía indicar que era absolutamente una ley de la naturaleza y, poco a poco, cerró los ojos con lentitud.
Madre, una mujer de la edad de Padre, llegó junto a dos celadores y una enfermera. De repente, nuestro pequeño microcosmos se llenó de latidos ajenos.
Sus prisas, sus problemas y sus olores nos inundaron.
Tomaron el pulso a Torso, se escuchó un leve «aún vive».
Niño se puso como loco, no quería que se lo llevaran. Miré a Madre tres veces, pero sólo se preocupaba de Torso. No me dirigió la palabra, aunque sentí su calor y su cariño antes de que subiera al helicóptero.
Se fueron rápidamente y un vendaval de arena nos golpeó el rostro. Niño comenzó a chillar al helicóptero. Era imposible que Tronco le escuchara.
—¡Eres una ley de la naturaleza! ¡Jamás morirás, permanecerás en este mundo!
A cada grito le seguían sollozos. El helicóptero voló hacia la otra isla y nuestro mundo se quedó más oscuro. Aquel cuerpecito nos iluminaba a ambos.
Niño se secó las lágrimas y, sin decir nada, se dirigió hasta la habitación de Torso; ahora sería la mía. Había subido otro escalón. No deseaba por nada llegar a la cúspide. Le seguí. Se sentó en el suelo.
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El mundo azul ama tu caos-Albert espinosa
RandomSí, arriésgate. Ésa es siempre la respuesta