—Gracias, en serio, no tenías que hacerlo—dije mordiendo el cono de mi helado.
Marco alzó una ceja, sin despegar su vista del frente.
—Bueno, tal vez si, pero, no sé como darte gracias por todo, es decir, apagaste el fuego en mi casa, me llevaste al hospital, y luego fuimos por helado... y apenas me conoces—hablé algo rápido mientras intentaba hacer ademanes con mi brazo enyesado.
No era posible que tendría que llevar esa maldita cosa por un mes, UN MES, un puto mes que tendría que arreglármelas para ir al baño, para comer, para bañarme, y para cuidar a esos mocosos.
Los mocosos. Dios, había olvidado por un par de horas que debía cuidar a eso niños nefastos.
—No es nada, y si, ya se que apenas te conozco pero puedo reconocer que eres una buena persona—giró el volante bruscamente haciendo que chocara con la puerta y la bola de menta de mi helado saliera disparado por la ventana.
—¿Es en serio?—exclamé levantando mis brazos al cielo.
Marco se limitó a reír.
—Entonces, ¿te quedarás en tu casa o quieres que te lleve donde los Campbell?
No me había dado cuenta de lo tarde que era hasta que Marco lo mencionó, aún faltaban cuarenta y cinco minutos antes de que fuera a su casa/mansión, así que le pedí a Marco que me llevara a casa para que pueda alistarme.
Cuando llegamos a la mugre chosa quemada que llamaba hogar, volví a darle las gracias a Marco por todo y entré a mi posada.
El olor a quemado inundaba mis fosas nasales y toda la casa seguía a oscuras, caminé un poco por toda la casa y ordené el desastre de la cocina, después de un buen rato de limpiar toda esa basura, subí a mi cuarto y pensé en bañarme por el horrible olor a quemado que emanaba mi machacado cuerpo; lo pensé bien y decidí bañarme en perfume de frutos rojos, por que: a) no sabía como demonios ingeniármelas para bañarme con ese yeso, b) no tenía tiempo y c) bueno... la verdad no tenía ganas.
Empecé a pelearme con esa estúpida blusa que llevaba puesta, ese maldito yeso estaba empezando a hartarme. Cuando por fin pude quitármela, volví a sufrir al intentar ponérmela otra, esto era un martirio.
Bajé cuidadosamente las escaleras para no irme de bruces al suelo. Una vez afuera sentí como rugía mi estómago, no comí nada en todo el día excepto por ese helado y unas cucharadas de la horrible sopa que preparé.
Me dirigí a un puesto de comida rápida donde un grupo de gente hacía una fila, y una señora morena con voz ronca de aproximadamente 50 años me atendió.
—Hola, querida, ¿deseas algo?.
—¿Qué tal están los tacos?
—Si quieres morir de intoxicación diría que están bien—bromeó, esa señora ya me caía de maravilla.
—Deme dos para llevar—sonreí.
—Se que no tengo que meterme en tus cosas, pero... ¿Qué te pasó en el brazo?
—Incendié mi casa y caí sobre mi brazo—le expliqué mientras pagaba.
Rió.
Rió con tanta fuerza que hasta le salieron lágrimas. Era esa clase de risa de voz rasposa que te contagia sin que sepas por que demonios ríes.
—Lo siento, corazón—dejó salir una última risa y prosiguió:—, a mi hijo le pasó lo mismo, y yo no estaba—rió otra vez pero esta vez empezó a llorar y a golpear la mesa del mostrador—, yo no estaba cuando me necesitaba y ahora me odia, irónico ¿no?.

ESTÁS LEYENDO
Del Amor a la Fama.
RomanceMe limpié las lágrimas y decidí enfrentarlo. -Soy yo o todo tu show, tú decides. Anne necesitaba urgentemente un nuevo empleo para terminar de pagar sus estudios, pero jamás pensó que cuidar a unos mocosos le llevaría a tener un...