Habían pasado cerca de seis semanas desde Los Ángeles y Amelia ya había comenzado a sentir ciertos síntomas del embarazo, como tener los senos sensibles e hinchados, además de constantes náuseas y algunos vómitos, lo cual no era precisamente agradable ni romántico, como los embarazos suelen ser imaginados.
Hacía un par de días había ido al Imperial para hablar con el doctor Berg acerca de sus estudios, ya que él mismo la había llamado.
La felicitó por las conferencias en Europa y Asia, puesto que estas habían sido un éxito, al igual que las que Benedict dio por el resto del globo en forma solitaria, y le comentó que, terminado aquello, ya no tenía nada que esperar para poder retornar a la universidad.
—Verá, doctor... ha surgido algo, a decir verdad, bastante inesperado... —comenzó a decir Amelia, acomodándose nerviosamente en la silla—. Yo... estoy embarazada.
Él la miró sorprendido durante unos segundos, para luego regalarle una sonrisa.
—Felicidades —habló con evidente alegría—. Es una gran noticia.
—Sí... lo es... —murmuró ella.
—Esto cambia las cosas, claro —continuó el doctor—. Pero no debes preocuparte. Si necesitas postergar tu regreso, podemos hacerlo. Tu beca seguirá vigente y veremos cuándo es el mejor momento para que retomes tus estudios.
Ella asintió con una sonrisa.
—Le agradezco mucho... ha sido un agrado conversar con usted, doctor, pero me tendrá que disculpar, tengo cita con el obstetra en veinte minutos...
—No hay problema. Mucha suerte con todo, Amelia. Espero verte pronto.
—Gracias, doctor Berg... hasta luego.
Aquella misma tarde, el médico le comunicó que el embarazo avanzaba de acuerdo con las fechas y, por el momento, no parecía existir ninguna complicación. Amelia salió de la consulta sosteniendo entre sus manos una pequeña ecografía en blanco y negro que, a sus ojos, parecía poco más que una mancha indescifrable, pero que, según le habían explicado, correspondía a la diminuta vida que había comenzado a crecer dentro de ella.
La observó durante largo rato antes de guardarla en su bolso. Todavía le resultaba difícil comprenderlo.
La soledad sabe diferente luego de probar la buena compañía, pensaba Amelia un par de días después, mientras estaba sentada en el balcón de su pequeño piso, reflexionando en silencio.
Las cosas se ven distintas, la vida cambia, convirtiéndose más en una insulsa rutina que en cualquier otra cosa. Y es difícil vivir de ese modo olvidado y sepultado, porque, por sobre todas las cosas, las carnes tienen memoria y, en su continuo crispar y estremecer, denotan su profundo rechazo frente a la idea de volver a quedar cautivas dentro de la cripta de la soledad.
Aquellos que describen la soledad como un placer, como algo agradable y especial, han de referirse a la soledad por elección. Estar solo de verdad no era placentero ni menos divertido, y Amelia ya había olvidado cuánto podía pesar el silencio cuando no existía nadie al otro lado de una puerta.
Muchos golpes apresurados y bruscos la extrajeron de su ensimismamiento e indicaron que alguien llamaba con premura.
Se levantó con cuidado y caminó hasta la entrada.
—¡Amelia! —exclamó Stella al verla—. ¡Es Tom, debes venir ahora!
La mujer lloraba y sus palabras fueron casi inentendibles, pero Amelia comprendió de inmediato qué era lo que estaba ocurriendo.
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Panacea Universal
Fan-Fiction❝El que jamás ha llorado y sufrido en soledad, nunca podrá entender cuan dulce puede llegar a ser el verdadero amor❞ ➤En lugar de una larga parrafeada contándote de qué se trata esto, prefiero dejarte algunos comentarios de mis queridas lectoras: ❝L...
