Ojos de locura.

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Llevamos horas en el coche, cogiendo las rutas más aisladas para no toparnos con los otros coches. Algunos dicen que las carreteras de Madrid, Barcelona y otras ciudades más concurridas son un gran atasco, y me alegro de no estar cerca. Han estado emitiendo unas cuantas noticias de la situación actual por la radio, y mis padres me las han ido contando cuando había estado durmiendo y no las había escuchado.

Se ve que han ocurrido varios accidentes, y que ha cundido el pánico. Pero no han dicho nada más de los infectados, o de si el virus se ha expandido. Recuerdo la última noticia sobre la expansión del virus: 24 infectados en todo el mundo, demasiados tratántose de un virus altamente contagioso. ¿Y los que estaban en observación? Es una locura. Claramente, no quieren que creciera el pánico y que la población se descontrolase.

Por un momento me imagino a los grandes políticos, empresarios o simplemente, gente rica. Por un momento los odio. Claramente, ese tipo de gente estarán ya en un jet privado o un avión, yendo a un aeropuerto o emigrando a otro país y dejando a los menos acomodados detrás. Pero luego me recuerdo de que si yo estuviera en su posición, haría lo mismo para salvarme a mí y a mis cercanos.

He estado todo el tiempo pensando, o esperando a que Abel o Nuria me llamen. Estoy recostado en uno de los asientos de atrás del coche, en el de la ventanilla derecha; con mi chaqueta encima de mis piernas y los ojos cerrados. Los abro, y miro afuera. Ya debe de ser de noche, o teniendo en cuenta de que es invierno y que los días duran menos, muy por la tarde.

Mi madre me mira por un momento, ya que se ha creído que estaba dormido. Estiro los brazos y las piernas, ya que los tenía un poco entumecidos, y le doy sin querer a un par de bolsas de plástico que hay a mis pies. Recuerdo que, una hora o poco más de poner la gasolina al coche, nos encontramos una pequeña tienda y compramos todo lo que pudimos antes de que más viajeros la encontraran y no pudieramos comprar mucho.

Por un momento siento pena. Pero no una pena triste, por la que te pones a llorar. Una pena hueca, de esas de las que no eres totalmente consciente de lo que pasa, pero que aun así te sientes ligeramente vacío. Y la siento por los viajeros que necesitan comida pero que se están encontrando las tiendas vacías; y por los mismos trabajadores de las tiendas, que no tienen medios para escapar y que están conseguiendo todo el dinero que pueden para pagar a alguien para que los lleve en coche.

A este pensamiento, vuelvo a odiar. Y a los conductores que se niegan a llevar a más gente a sus coches, o que obligan a los viajeros a pagarles por ello. Pero, mis pensamientos, y mi odio y mi pena se ven interrumpidos cuando mi padre para el coche en seco.

Miro por la ventanilla, y veo a un hombre que nos ha hecho un gesto para que parásemos. Miro al lugar donde nos encontramos, y estamos en una carretera de piedra, irregular. Estamos en la afuera de alguna ciudad, cerca de un pueblo muy pequeño. Además, a lo lejos se pueden ver los trigos y la zona rural.

El hombre que nos ha hecho parar va con una niña, probablemente su hija, de la mano. El hombre parece joven para ser un padre, así como de unos veinte y muchos años, o cerca de treinta; y la niña no parece tener más de ocho. Me fijo por un momento que hay algo detrás del hombre, y veo el rostro de una mujer joven, asomada por el hombro del chico. El hombre se acerca a la ventanilla.

-Perdonen, se nos averió el coche en la carretera de la ciudad, y hemos seguido a paso hasta aquí. ¿Podríamos subirnos al coche? Al menos hasta que veamos más conductores cerca. -El hombre nos lo dice atropelladamente, pero intentando calmarse entre frase y frase.

-Lo siento, señor. -Dice mi padre, con suavidad.- Pero parece que son tres, y en mi coche sólo cabemos cinco. Y no podemos llevarles en el maletero, ya que está lleno. -Mi padre dice con educación.

Conservando la cordura...Donde viven las historias. Descúbrelo ahora