Incluso si su instinto le mandaba a huir de ese alfa carnívoro, él obedecía ciegamente a esa vocecilla que le susurraba que él era por quien estaba esperando.
Yuri Katsuki es un omega de la especie de los herbívoros. Despreciado incluso entre su mi...
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Una cosa era lidiar con un cazador cuando este no ha probado bocado alguno. Otra muy diferente, con uno que acaba de extinguir su lado humano y racional en la carne de otra persona.
Se convertían en bestias.
Mi primera reacción al encontrarme cara a cara con ese depredador, fue la de intentar cerrar la puertezuela que lo contenía, lográndolo parcialmente. Su brazo se interponía y la mano semicerrada como una garra buscaba como lesionarme.
— ¡Yuri! ¡Por aquí! — llamó Otabek ayudando a su pareja a escapar por la trampilla en el techo.
Fue como ver lo que sucedía en cámara lenta. Yo soltaba la puerta y el cazador, que claramente poseía una fuerza descomunal, tumbó está cayendo dentro de la madriguera y golpeándose contra los escasos muebles que tenían. Al levantarse, con el rostro contraído y la expresión de una depredador hambriento, relamió los restos de sangre entre sus dientes y fijó la mirada en mí.
Fue en ese instante en el que Otabek extrajo algo de su bolsillo que al tocar el suelo produjo un resplandor seguido de una cortina de gas.
— ¡Apresúrate!— Ordenó halando de mi ropa y ayudándome a escapar por la trampilla. Una vez fuera, cerré la portezuela mientras empujaba un pesado contenedor sobre esta—. Vamos, seguramente intentara seguirnos, pero no tardara en volver por donde vino e inferir que nos encontramos aquí.
Asentí. Fue entonces que vi al niño rubio desvanecerse sobre sus pies y vociferar.
—Maldición... ese maldito olor a sangre y muerte me provoca nauseas.
Escuchamos al monstro pelear contra la trampilla, intentando mover el contenedor. Sabía que estábamos ahí.
Otabek se apresuró a levantar al chico en brazos y señalarme con la cabeza que lo siguiera. Yuri no dijo nada aunque sabía que su orgullo carnívoro le hacía gruñir suavemente, casi como un gatito ronroneando.
Durante la carrera, sentía como el cansancio invadía cada fibra de mi ser y mi cuerpo se rendía poco a poco, a pesar de saberme en un riesgo extremo. El lugar estaba lleno de obstáculos intencionalmente puestos en las puertas y detrás de estas. Era claro que alguien las había acomodado así previendo un posible ataque.
Tropecé dos veces en las gradas del almacén hasta que finalmente llegamos al último piso que daba lugar a un gigantesco salón lleno de maquinaria antigua y oxidada. Podíamos tomar un respiro en algo que antes había sido la enfermería situada a un lado.
Otabek dejó al chiquillo sobre una camilla y se dispuso a revisarlo.
—Estoy bien. Ya te dije que solo es el olor el que me provoca nauseas.
— ¿Seguro? ¿No te duele? Puedo buscar algo para ti.
Yuri negó aun recostado y llevando una mano sobre la que su pareja usaba para revisar su abdomen. Apenas pude ver una pequeña curva delatora y seguramente esto era posible por la complexión tan delgada del chico.