CAPÍTULO XXXIV . La marihuana y los mexicanos

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   - ¡Me acaban de llamar de Chiconquiaco para que les explique por qué diablos el campamento está siendo protegido por cuarenta guardias armados!

¡Me vale madres lo que tengas que hacer, pero lo vas a resolver!

¡Me dijeron que si el cerco sigue ahí a las seis de la mañana van a barrer a los cuarenta y a los del campamento, y después arreglarán cuentas conmigo!

¡Y te juro que yo no me voy a hundir solo!

La alterada perorata estalló en los oídos de Spinosa a las tres de la mañana, y provenía del agente de la PGR que había negociado con el cartel de la sierra que se tolerara la presencia de Bob Dumas.

- Entiendo la situación en que esto nos pone, puedes estar seguro que no tengo nada que ver, pero tengo una buena idea de por dónde viene la bronca, te llamaré en cuanto tenga algo.

- ¡Más te vale!, ¡recuerda que tienen todos tus datos! –El iracundo policía colgó el teléfono con violencia-

Spinosa de inmediato telefoneó a Élfego Sánchez para ponerlo al tanto de lo que sucedía y Sánchez llamó a Elías García.

- Profesor –Dijo Sánchez con parsimonia-, supimos que el camarógrafo que llegó con la señorita Ellis es agente de la CIA.

Para evitar problemas con el cartel que opera en la Sierra de Chiconquiaco optamos por avisarles.

Les explicamos que se trata de un proyecto del museo de antropología en el que el agente gringo solo va como guarda espaldas de la periodista que cubre la nota.

Ellos accedieron a permitir que estuviera ahí con la condición de que no hiciera nada más que cuidar a la periodista y que lo iban a vigilar para asegurarse de eso.

Hace cinco minutos me mandaron el recado de que se encontraron con más de cincuenta –exageró para dramatizar- guardias armados que les evitan acercarse al campamento y que si no los quitamos los van a matar a todos.

Le llamo para que retire a su gente de inmediato y evite una masacre innecesaria.

- Élfego, si usted me da su palabra de que no van a matar a mi gente para quedarse con el tesoro, los retiraré de inmediato.

- Tiene mi palabra, nunca ha sido nuestra intención hacer eso, ni pretendemos quedarnos con el tesoro, solo no puedo tolerar que ustedes lo sigan escondiendo.

- En ese caso cuente con que en máximo dos horas retiraré a mi gente.

En cuanto terminó la conversación con Sánchez, el profesor García hizo dos llamadas, una para ordenarle a Gaudencio que retirara su gente, y otra a Guillermo para ponerlo al tanto de los acontecimientos.

- ¿También usted sabía que Zac es de la C.I.A.? –Preguntó Guillermo-

- Sí, aparentemente solo está ahí para proteger a la señorita Ellis, ¡ah! y no se preocupe, lo que pidió ya está en el lugar que usted dijo –el profesor terminó la llamada sin más-

Guillermo siguió ahogándose en el mar de preguntas que crecía después cada nueva revelación de Anna, Nancy, o el profesor.

¿Cómo se enteró de que Zac era agente de la C.I.A.?

Eran las tres quince de la mañana, y no estaba ya de un talante que le pudiera permitir dormirse de nuevo, se sentó en el camastro, encendió la lámpara y fijó su mirada en el equipo de recepción de señal satelital que descansaba en el piso.

- ¿Lo habrá empacado Gaudencio? –Se cuestionó en voz alta-

Se puso de pie y se asomó a la puerta, la gélida temperatura lo regresó a la cama, en donde se revolvió por casi una hora antes de quedarse dormido.

EN EL CERRO DE CUATRO CARASDonde viven las historias. Descúbrelo ahora