Parte 124

40 15 3
                                    

Entras a la habitación de Peter sin anunciarte, ves la bolita que se encuentra acurrucada entre las cobijas y te acercas hasta sentarte en la cama.

-Peter.- El niño, al escuchar tu voz, se destapa enseguida y te mira con sus ojos azules (herencia de la abuela de su madre) llenos de lágrimas y un puchero formado en los labios.

-Perdóname.- El niño solloza y entre lagrimeos intenta explicarte.- Estaba buscado... hojas blancas... las busque en tu habitación... mamá me dijo... que tú las... tenias... y... encontré la carta.... Y yo.- Tienes que ayudarlo a sentarse en la cama para que no se ahogue con sus propia saliva.- Pensé... que olvidaste... enviarla.. entonces...

-Entonces se la diste a papá para que él la enviara. - Él llora más, gatea en la cama hasta llegar a ti y hunde su cabeza en tu pecho, sonríes pensando que tú mismo hiciste eso mismo con Alfred en la enfermería, y contras tu atención en tu hermano. – Ya, ya, todo está bien. -

-¡Todo es mi culpa!- Aprietas los labios, seguro el pobre estuvo martirizándose toda la noche con eso.

-No es tu culpa, Peter, deja de pensar eso.

-¡Pero papá te grito por mi culpa!

-Y papá también se disculpó por eso. - Peter se aleja de ti, mirándote con la cara roja y ojos llorosos en busca de la mentira en tu rostro.

-¿Se disculpó?

-Sí, lo hizo.

-¿Entonces ya no me odias?- Sonríes y lo aprietas contra ti.-

-¡Oh, Peter! ¡Yo jamás te odiaría! –

-Pero fue mi culpa. - Frustrado por no poderlo hacer cambiar de opinión al niño, lo tiras en la cama y comienzas a hacerle cosquillas, sacándole carcajadas al pequeño. - ¡Arthur! ¡Para!

-¡No parare hasta que entiendas que no es tu culpa!

-¡Espera! ¡Espera! - El niño ríe sin control, te patea intentando alejarte de él y tú te unes a sus risas. - ¡Esta bien! ¡No es mi culpa! - Paras de hacerle cosquillas, Peter queda tendido sobre la cama, respirando pesadamente por el esfuerzo, la sonrisa no se borra de su rostro rojo.

-Bien, será mejor que recuerdes eso, porque si te escucho diciendo lo contrario, te volveré a atacar. - Mueves tus manos y él se avienta hasta la pared, resoplando su risa.

-¡No, no! ¡No lo olvidare! - Tu asientes satisfecho.

La vida de adolescente de Arthur Kirkland. HetaliaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora