NOSFERATU

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Le escribí a Daniel algunos comentarios y reflexiones diciéndole que era necesariodetenernos y pensar antes de continuar con nuestra historia. No me sentía capaz deseguir recibiendo información sin procesarla, sin analizarla. El mensaje de regreso nopudo ser más desalentador:


Querido Mario, hermano,cómo te agradezco que te hayas tomado esto a pecho, como debe ser.He puesto en tus manos mi propia vida y lo menos que esperaba de ti eraque entendieras la dimensión de la historia. Yo sabía que tarde o tempranoactuarías como narrador, y esa es la razón por la cual acudí a ti, porquenecesito de tu pluma, porque te necesito no solo como amigo, sino tambiéncomo escritor.Lamentablemente acabo de terminar unos exámenes médicos y elresultado es muy deprimente. Venía sintiendo unos dolores en el estómago,mi ánimo no era el mejor, me sentía fatigado por cualquier esfuerzomínimo que hacía, pero se lo atribuí a que, por primera vez en años, estabasacando a flote esta historia que tanto me ha atormentado. Me dije que elefecto de haberte llamado y de contarte tantas cosas era precisamente este,el desaliento y cierta sensación de derrota. Pero no, Mario, es algo másgrave: los exámenes arrojaron un resultado de cáncer en estado muyavanzado. Ya hizo metástasis y se tomó varios órganos de mi cuerpo. Nohay razón siquiera para intentar una quimioterapia o algo así. Me imaginoque el hecho de haber cargado con todo esto en silencio, año tras año,acabó por enfermarme, por invadir mi cuerpo y por aniquilarlo. Es elprecio que he tenido que pagar por no actuar a tiempo, por no decidirme,por no enfrentar a ese individuo que, en contra de su voluntad, meengendró. Y, según parece, ya es tarde para ello.Me preocupan mis hijos, Mario. Mi esposa es una personaextraordinaria y sabrá dirigirlos y ayudarlos en los momentos cruciales,cuando necesiten una voz de aliento. Por ese lado estoy tranquilo. Meangustia esta información secreta que les he transmitido en sus genes, estepasado siniestro del cual no quiero jamás que se vayan a enterar. Esperoque si mi familia necesita de ti algún día, tú, en recuerdo de la amistad quenos unió cuando éramos jóvenes, y en recuerdo de esta amistad renacidadurante las últimas semanas, les eches una mano. Dejo unas cuantaspropiedades y una renta que los protegerá económicamente. Pero los dejóa la deriva a nivel espiritual.Como ya lo debes suponer, mi viaje a Bogotá queda cancelado. Nopodré verte ni terminar esta historia cara a cara, que era lo que yo másdeseaba. Te llamo el sábado y hablamos con calma. A las nueve de la noche.Tu amigo,Daniel


Esta carta me llenó de tristeza. ¿Qué hace uno cuando el narrador del relatocomunica su próximo final y lo deja a uno sin techo, a la intemperie? No me gustópara nada la sensación de desamparo, de quedarme yo solo manejando un barcodestartalado en la mitad de una tormenta. Pero preferí no dramatizar la situación yesperar la llamada de Daniel para ponernos de acuerdo y cerrar de una vez estahistoria que me había descuadernado la vida entera.Sin embargo, no bajé la guardia y visité a un investigador privado que tenía unasede en el barrio Siete de Agosto y que me había servido de modelo para uno de mispersonajes preferidos: Frank Molina. En su vida anterior había sido un gran cronistade judiciales, uno de esos tipos a los que nunca le temblaba la mano para decir laverdad. Lo habían echado del periódico donde trabajaba por alcohólico ymarihuanero, y entonces se había dedicado a trabajar como investigador privado.Parecía sacado de una película de suspenso tercermundista y me gustaba su aire defracasado irredento, despeinado, con la ropa sin planchar, sucio, con una barba de tresdías ensombreciéndole el rostro. Era el típico perdedor en el que uno puede confiar aojo cerrado porque no hay cómo comprarlo y porque hace rato que decidió enfrentarla realidad con sus propias reglas. Un tipo de esos que no cede, que no pacta, que estámás allá de cualquier componenda, y que detesta a esa sociedad hipócrita ydespiadada que lo expulsó de mala manera. En suma, el hombre que yo estabanecesitando para un caso como este.Molina me recibió muy serio y su aspecto desaliñado y el tufo a alcohol lodelataron enseguida: seguramente se había amanecido bebiendo quién sabe dónde.—Qué milagro —me dijo con una sonrisa que no podía ocultar cierta sornacamuflada—. El asesino siempre vuelve al lugar del crimen.—Quihubo, Molina. Esta vez lo necesito de verdad.—Un escritor terminal en busca de su personaje —me dijo burlándose de miaspecto enfermizo. Luego se puso de pie y me tendió la mano. Se la estreché congusto.Trató de ser gentil, pero se le notaba que hacía un gran esfuerzo y la verdad eraque los demás lo tenían sin cuidado, que no le interesaban mucho. No quise darrodeos y le conté la historia de Daniel y de su padre en un resumen veloz pero pulcro,sin eludir la información clave. Frank se recostó en un sillón sucio, se limpió el sudorde la frente con el dorso de la mano y me dijo con el ceño fruncido:—¿Un nazi en Bogotá?—No es cualquier nazi, Frank —le aclaré con cierta camaradería—. Fue elasistente de Mengele en Auschwitz durante dos años. Uno de los criminales más sangrientos de la guerra. Y lo peor fue que quizás delató a su propia familia.—¿Usted ha confirmado la información? ¿Está seguro de que no le están tomandoel pelo?—He confirmado parte de ella. Por eso lo necesito. Quiero saber quién es ese tipoahora, qué hace, qué podemos descubrir de él.—¿Lo va a denunciar a las autoridades internacionales?—No lo sé todavía. Primero tengo que averiguar quién es. Y no confío en nadieen este momento.—¿Por qué acudió a mí?—Porque lo leí durante años y sé que es un tipo derecho, de esos que ya no hay.Sabe bien que lo he utilizado para construir uno de mis personajes policíacos.Molina se sonrió y me agradeció el cumplido inclinando ligeramente la cabeza.Luego me dijo con una parsimonia que dejaba entrever el guayabo terciario que loagobiaba:—En este caso mi salario son cien mil pesos diarios. No quiero aprovecharme delos escritores y robarles sus derechos de autor —volvió a sonreírse, esta vez concierto cinismo—. Voy a rastrear a este cabrón durante diez días. Es decir, eso lecuesta un millón de pesos. Al final, le doy mi reporte. Si usted quiere quecontinuemos, volvemos entonces a negociar.—¿Quiere que le pague todo ya?—No, la mitad ahora y la otra mitad al final, cuando le entregue la carpeta contodos los datos.Menos mal que venía preparado. Saqué de la billetera los quinientos mil pesos yse los entregué.—¿Quiere recibo? —me preguntó sacando de un cajón una libreta arrugada, llenade polvo y manchada con algo que parecía salsa de tomate.—No hace falta.Nos cruzamos los teléfonos y los correos electrónicos, y quedamos de reunirnosentonces a los diez días. Salí a la calle con la agradable sensación de haberme topadocon el hombre indicado.La siguiente conversación con Daniel la tengo grabada en la cabeza con unaenorme tristeza. Se notaba en el tono de su voz que le había causado un gran impactoel saber que estaba inundado de cáncer. Quizás el diagnóstico empeora laenfermedad, la acelera. Me dijo que pensaba viajar a Bogotá para consultarme unmovimiento que pensaba efectuar: denunciar a su padre internacionalmente por loscrímenes cometidos y exigir su extradición a Israel para que las autoridadescompetentes de ese país lo procesaran y lo condenaran. Era la única manera de lavarla sangre que había heredado, de hacer justicia para poder empezar de nuevo y fundaruna historia a partir de sí mismo que pudiera transmitirles sin vergüenza a sus hijos.El problema es que él no era nadie, era un hombre anónimo y los medios decomunicación no le darían mayor crédito. Por eso me necesitaba, por eso había acudido a mí: quería que yo estudiara el material, que lo revisara y que conversaracon su prima, con Sarah Zimmermann, que grabara su testimonio, para despuéspublicar un artículo o un libro y denunciar públicamente a ese asesino que seguíaencubierto en un viejo caserón del centro de Bogotá.Semejante confesión me cogió por sorpresa. Lo que yo había imaginado era queél haría ese trabajo y que quería que yo escribiera después la crónica de lo sucedido.Pero salir yo a armar un zafarrancho internacional era una situación que tenía quepensar con suma cautela. Le conté a Daniel que había contratado los servicios de uninvestigador privado para rastrear a su padre y saber con exactitud quién era hoy endía, a qué se dedicaba, en qué trabajaba y qué tipo de vida llevaba. Celebró ladecisión y me dijo que sí, que no me preocupara por ello, que era una buena idea.Fue una conversación triste porque detrás de lo que decíamos flotaba una realidadque no podíamos eludir aunque no la nombráramos: que él se estaba ya muriendo,que nos estábamos despidiendo y que muy pronto tendríamos que dejar de hablarpara siempre.Le propuse que esperáramos el resultado de la investigación de Frank Molina yque entonces armáramos un plan de ataque sólido. Le pedí que por favor le dijera a suprima, a Sarah, que escribiera un documento relatando la historia y que la certificaraa través de un abogado. También era importante que Daniel escribiera su parte y queme la enviara por correo. Yo después reuniría todo el material, escribiría el reportajey prepararía las declaraciones para dar a la prensa y lanzar a las autoridades en buscade la captura de Klaus Zimmermann, ahora Karl Klein.Al final, con la voz muy apagada por el cansancio, Daniel me dijo con una granternura:—Quería pedirte un último favor: mi hijo Mario quiere estudiar literatura enBogotá. Dice que necesita un contacto con América Latina y especialmente conColombia. Ya teníamos todo arreglado para que viajara, buscara universidad y tomaraen arriendo un apartaestudio, algo barato que no le cueste mucho. Si le puedes echaruna mano te lo agradecería mucho.—Claro que sí, no te preocupes.—Aconséjalo, no lo dejes solo. Es un adolescente impetuoso, muy inteligente, yme da miedo que su carácter lo desvíe de sus propósitos. Me voy más tranquilo si séque tú estarás allá protegiéndolo un poco.—Fresco, Daniel, yo me llevo bien con los adolescentes, me gustan. Hay un airede pureza en ellos que después en la madurez desaparece por completo. Lerecomendaré un par de departamentos de literatura y lo ayudaré a conseguir un buensitio para vivir. Eso déjalo por mi cuenta.—No sabes el peso que me quitas de encima.—No es ningún peso. Yo ando solo siempre. Será maravilloso tener a un amigode su edad.—Bueno, te dejo, estoy ya muy cansado. —¿Ya empezaron los dolores? —pregunté metiéndome contra mi voluntad en unterreno que no quería pisar.—Sí, ya me están dando morfina. Creo que alcanzaré a terminar el partido antesdel pitazo final.Nos despedimos recordándonos el plan de nuevo y colgamos al tiempo. Me quedépensando en lo curioso que era recibir en Bogotá a un muchacho llamado Mario quepensaba estudiar literatura. La realidad era una serie de dimensiones entrecruzadascuya lógica desconocíamos.Ese fin de semana regresé al centro de la ciudad y caminé alrededor de la raídacasa del viejo Zimmermann. Esta vez me ubiqué en una cafetería que quedaba a unacuadra de distancia y desde la cual se veía de lejos la terraza de ese único pisohabitado. Pedí un café bien cargado. Las palabras de Daniel me daban vueltas en lacabeza:

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