Por increíble que suene, Yael recordaba bien.
Unas semanas antes, Francis nos invitó a su casa a comer pozole. Éramos pocas personas, como unas veinte y cacho... Ejem. En fin. Casi todos sentían curiosidad por el pasatiempo musical de Yael. Su nueva guitarra era una de las atracciones más importantes de la noche, Pero él se ponía ansioso cada vez que alguien intentaba tocarla. Según nos había contado su padre, esa guitarra la habían mandado hacer al estado de Michoacán y les había costado un ojo de la cara. Era lógico que la cuidara tanto.
Pero aquella no era la única guitarra en esa casa. Tenían otra colgada en la pared. Era roja y estaba cubierta con corrector. Se me hizo muy curioso así que me acerqué para tocarla. Ni siquiera tenía las cuerdas completas.
—Usa esta si quieres intentar tocar —dijo Yael de pronto.
Me volví hacia él solo para darme cuenta de que me había estado observando todo ese tiempo.
—Pero es la tuya. Así estoy, gracias.
—No importa. Úsala.
Algunos, los que habían sido regañados por él unos momentos atrás, se quedaron desconcertados.
—¡Oye! ¿Por qué a ella sí? — replicó uno de sus primos, pero Yael se fue a la conocina sin contestar.
Me había puesto tan nerviosa como para sí quiera dar un paso y los demás se me quedaban viendo raro así que me quedé en donde estaba.
Además, no me sabía ninguna canción en toda regla así que no la agarré.
Cuando sirvieron la comida, me senté en el sillón con Belén a mi lado y el plato sobre las piernas. Comí muy despacio porque a esa edad me daba pena comer en frente de muchas personas. Otra cosa que ahora tampoco comprendo.
Todo transcurrió con total normalidad hasta que Yael vino a sentarse a mi lado. A mí lado... no al de su hermana, que por cierto sí había espacio, ¡al mío!Puso su plato sobre la codera del sillón, una codera de madera rojiza, y comió como si nada.
Bien por él porque yo no podía ni tragar saliva.
Ya no estaba segura si el calor que sentía era culpa de la chimenea o si lo producía mi propio cuerpo.
Belén se levantó unos minutos después y ya no regresó. Nos dejó solos sin saber muy bien cómo comportarnos entre nosotros.
Fue entonces cuando volví a recordar el consejo de Aya.
"Tienes que ser más flexible".
Así que dije lo primero que se ocurrió:
—¿Qué le hiciste a esa guitarra?
Dios.
Él dejó la cuchara en el plato y por poco se atraganta.
—Ah, es qué... —quiso terminar de tragarse el bocado— estaba aburrido y como ya no servía me puse a pintarla, pensé que al menos se vería como una artesanía. Me gasté todo el corrector y al final quedó así de fea. No lo intentes en casa.
Me reí por la nariz.
—Te pasas —murmuré.
—Sí, ya sé.
De pronto ya no supe que decir, menos mal tomó la iniciativa de continuar con la conversación.
—Escuché que tú también estás con eso de la guitarra. Tú mamá le dijo a la mía.
Diablos.
—Ah, sí... Compré una solo porque sí, pero...
Más calor.
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Ustedes que atrapan cenzontles... ©
Teen Fiction"Ustedes que atrapan cenzontles..." es la historia de Viry, una chica que acaba de convertirse en adulta, y que nos contará cómo fue su vida "amorosa" durante sus últimos años de adolescencia, sus buenos momentos y los no tan buenos. Conforme la his...