Los días en la Casa del Ataúd habían pasado con calma, uno tras otro, las hojas de los cerezos florecieron en algún momento, tan blancos como su propia pureza, o eso era lo que el hombre desconocido le habría dicho cada que le describiese los paisajes ante su rostro carente de ojos, así como florecieron también murieron, y poco después los suelos habían sido pintados por la caída de la nieve, fría pero también hermosa, el tiempo había pasado tan lento y a la vez tan rápido, las estaciones cambiaron pero todo permaneció igual entre ellos, feliz y acogedor, habían hecho de su tiempo compartido un hogar... incluso si él no sabía el nombre de aquel joven ya no tan desconocido, le gustaba pensar, que junto a la pequeña A-Qing, eran una familia... ellos tres eran una familia.
En un abrir y cerrar de ojos (Vaya ironía por cierto) los cerezos blancos habían florecido y muerto de nuevo, la nieve había caído y nuevamente se había ido.
Tanto tiempo había pasado ya, y él continuó sin saber su nombre, sin saber quien era más allá de su actitud infantil, más allá de su amor por los dulces, más allá de su sonora risa justo después de despertarlo arrojando flores blancas sobre él, orgulloso de su travesura, él reiría y Xiao XingChen frunciría el ceño sin entender donde estaba lo gracioso en aquel acto de inmadurez.
Pero no importaba porque secretamente, se encontró asimismo adorando cada uno de esos actos, se encontró adorando las risas traviesas y el hablar mal educado. Se encontró adorando a este chico sin nombre, su compañía y su todo.
Cada día fue lo mismo, pero no por eso fue aburrido o tedioso, si no todo lo contrario, A-Qing se la pasaría peleando con el joven, golpeándolo con su palo de bambú cada vez que se enojara, inmediatamente después el joven la sobornaría con un par de dulces, dulces que él mismo le habría traído el día anterior, enseguida dejarían a la pequeña y se marcharían por las noches, a cazar juntos, aun sabiendo que el ciego fallaría más de una vez gracias a las bromas del otro, bromas que lo harían reír hasta que le doliese el estómago.
En el momento, no supo cuanto valía cada segundo de aquel tiempo y ahora mismo se sentía tan perdido, que quería regresar a un par de horas atrás, donde irónicamente se podría decir que permanecía ciego, ignorante a la realidad, se debatió entre la moral y también el egoísmo ¿Habría de verdad renunciado a todos sus principios con tal de permanecer en aquella paz? ¿Habría perdonado? No, no habría podido, pero sin duda habría podido vivir ignorante, vivir en su ceguera permanente... en la felicidad.
¡En realidad puedo ver! ¡Tiene nueve dedos! ¿Xue Yang tenía nueve dedos?Las palabras de A-Qing habían retumbado en su cabeza, demasiado claro, fuerte e irreal, ¿Como era posible? Sería mentira si dijese que su corazón no se había roto en miles de pedazos, pedazos que eran pisoteados y reducidos a polvo conforme la risa, ahora perversa y no traviesa de aquel joven continuaba, conforme fluía cada una de sus palabras, similares a dagas que se le iban incrustando en la piel, arañando y perforando, Xiao XingChen se había derrumbado, se había derrumbado en el momento en el que empezó a hablar, a reír, en el momento en el que sus dedos reconocieron a Fuxue, una espada única en su tipo, la espada de Song Lan, Song Zichen... su amigo, su compañero, aquel con el que no pudo ni siquiera resolver los conflictos.
Él había matado, había matado a Song Lan, había matado a tantas personas inocentes, no había más de aquella pureza que el joven... que Xue Yang había halagado tantas veces, no quedaba nada de la bondad deslumbrante que había regalado a tanta gente, no quedó nada de su honor ni de aquello que había llamado hogar.
Si, definitivamente hubiese preferido vivir engañado, a descubrir tal verdad... a verse empapado en sangre inocente y sangre de alguien a quien alguna vez amó.
¿Justo ahora amaba a alguien?
Bueno, el causante de su actual tormento es también el dueño de su amor, un amor que tan pronto como nació murió, porque no tuvo oportunidad de crecer, no tuvo oportunidad de ser profesado, de ser entregado... de florecer, no tuvo ni la tendría
¿Era posible amar a alguien cuyo nombre no se conocía? Xiao XingChen había comprobado que sí.
El hablar de Xue Yang sonaba como un lejano eco, ahogado por cada uno de sus pensamientos, él estaba llorando, lágrimas de sangre fluían libremente desde las cuencas vacías en su rostro, atravesando los vendajes y regalando una apariencia lamentable, para cualquiera que pudiese verle, sus dedos se arrastraban sobre la tierra y su garganta se desgarró en sollozos inconsolables.
Xue Yang no tiene ni idea de lo que ha hecho con él, ni la más mínima, no tiene idea de que Xiao XingChen se ha enamorado de él, de que se ha enamorado de su risa, de sus bromas, de cada una de sus travesuras, no tiene idea de que se ha enamorado aun sin saber quien era, y de que el corazón le duele tanto porque ahora, aun sabiéndolo, permanece amándolo, suena imposible, pero así es y así sería, para siempre.
¿Porque? ¿Porque? ¿Porque?
Todo había sido una mentira, una ilusión desastrosa, había sido usado y engañado de la peor forma posible, y como si no fuese suficiente, todo de él había sido arrancado... incluso la vida misma.
Y justo por esa razón, mientras Xue Yang continuaba riendo, totalmente ignorante al remolino de sentimientos que tenía dentro, Xiao XingChen gritó con todas sus fuerzas, expresando su agonía y su frustración, su mano derecha buscó a tientas la empuñadura de Shanghua y una vez pudo sentirla cerró sus dedos alrededor de ella, sujetándola con fuerza, mientras su mente hacía un recorrido de mil momentos, risas y mil palabras dichas que ya se había llevado el viento, habría sido mejor no saber nada... definitivamente lo habría sido... incluso si era egoísta...
Era un deseo egoísta porque su alma había sido entregada en una bandeja a aquel pequeño delincuente... porque se había enamorado, y esa, esa había sido su condena.
Xiao XingChen deslizó la hoja de su propia espada contra la piel de su cuello, en un acto impregnado del peor de los dolores, el dolor proveniente de una traición, la sangre brotó y la inconsciencia se lo llevó, junto a sus penas. El dolor se disipó y la vida lo abandonó; su cuerpo inerte cayó al suelo en un tortuoso instante, anunciando su muerte, acabando con su sufrimiento y dejando nada más que una ciudad desolada detrás.
Una cuidad desolada, y un Xue Yang, que no cabía de la impresión, que se había derrumbado junto a su cadáver, que había reído en medio de su locura, y de la misma manera, le había llorado.
Quizá Xue Yang también lo amaba, a su manera podría decirse, quizá lo hacía, pero sin embargo, aquello no importaba más pues Xiao XingChen ya se había marchado para jamás volver, había pagado sus actos con su vida, y aun si la culpa culpa no era suya ¿Que sentido tendría?.
No quiere, ni tiene porque... así que...
¿Para que volver despertar?
La luna brillante se había apagado, y la suave brisa, se había esfumado

ESTÁS LEYENDO
Yīnghuā (MDZS SHORT FIC) XUEXIAO
FanfictionXiao XingChen, puro y hermoso, había florecido y también muerto, de la misma manera en la que los cerezos solían hacerlo.