Capítulo 4: Pequeño rayo de esperanza

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Querido diario:

Las agujas y yo nunca hemos tenido una buena relación.

Pero hacer esto no costaba nada.

Para no tener clases llevo dos días seguidos madrugando como si las hubiera, pero creo que tener un propósito al levantarnos es lo mejor que nos podría pasar ahora mismo.

Bajo a desayunar como siempre, aunque tengo que admitir que hoy estoy algo más nerviosa de lo habitual. En el hospital necesitan sangre urgentemente, así que hemos decidido acompañar a la tía Melanie para aportar nuestro granito de arena.

Cuando cruzamos el puente de cemento no puedo evitar recordar todo lo que vimos ayer y estremecerme de tan solo pensarlo. Hoy el camino es distinto, un poco más largo y con menos edificios alrededor, lo que hace que sea mucho más tranquilo, y eso se agradece.

Al llegar a la entrada del hospital entiendo de golpe por qué tía Melanie tuvo que trabajar ocho horas extra ayer. Estrés, gente por todas partes y falta de organización son pocas palabras para describir cómo es el ambiente.

— ¿Cómo es que todo el mundo sigue viniendo a trabajar?

— Algunos no lo hacen, pero por suerte son pocos, simplemente no puedes dejar morir a toda esta gente. — Tía Melanie agarra su uniforme y busca sus gafas en un cajón. — Aunque me temo que si no cobran este mes, más de uno dejará su propia moral de lado.

Nos despedimos de ella y andamos por un pasillo de paredes blancas y verdes en el que se comienza a notar la falta de luz. Al fondo vemos un cartel en el que ha sido escrito con bolígrafo "Donaciones de sangre aquí", e inmediatamente nos acercamos a la sala.

No es un sitio demasiado amplio, se nota que lo han montado de manera improvisada, tal vez por falta de espacio, pero aun así quedan libres casi todos los asientos. Únicamente tenemos por delante a una chica joven y a una pareja que rondará la edad de mis padres, así que no tardo en escuchar una voz femenina exclamando "siguiente" desde el otro lado de la puerta.

En menos de una hora todos hemos terminado y somos dirigidos hacia otra sala en la que, con cara de apuro, nos dan dos magdalenas a repartir entre los cuatro. Supongo que la escasez de comida nos está pasando factura a todos, pero no me quiero imaginar lo difícil que tiene que ser aquí.

Cuando nos disponemos a volver por donde vinimos, nos encontramos con algo completamente fuera de lo habitual. Hay dos soldados en la puerta del hospital y un par más se acerca desde el otro lado de la calle.

— ¿Se puede saber qué está pasando? — Mi padre se acerca a uno de los médicos pero su expresión deja ver que tiene la misma idea que nosotros.

— Esto no puede ser más surrealista.

— No tientes a la suerte Jairo.

Conforme avanzamos por la avenida vemos cada vez más y más personas con uniforme militar y semblante serio patrullando las calles. Es cierto que las cosas ayer se fueron un poco de control pero todo este despliegue parece excesivo.

Cuando estamos a punto de llegar al cruce que separa el campo de la ciudad, reconozco una cara muy familiar entre el grupo de soldados agrupado en la puerta de una joyería.

— ¿Liam? — El chico se gira y puedo distinguir bien su cara, piel morena, ojos negros, y una media sonrisa permanente; sigue exactamente igual que como le recordaba, excepto por la barba, eso es nuevo.

— ¡Ali! No me esperaba verte aquí.

— ¿Qué tú no te esperabas verme? ¡Yo a ti muchísimo menos! ¡Ni siquiera estabas viviendo en Hartford! ¿Se puede saber qué está pasando?

BlackoutDonde viven las historias. Descúbrelo ahora