Almuerzo

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Avanzaron en el coche solo unas cuantas cuadras, y en menos de cinco minutos llegaron al lugar donde él comía cuando andaba por esos rumbos. Se trataba de un local de unos treinta metros cuadrados, con azulejos blancos y decoraciones de barro en las paredes. Las meseras llevaban flores en el cabello y usaban faldas largas de color verde, blanco y rojo.

Se podía oler el delicioso aroma del café con canela que servían y, después de sentarse en la primera mesa que encontraron vacía, los dos aspiraron gustosos.

Para él, el ambiente del lugar le recordaba a la cocina de la casa de sus padres, algo que lo reconfortaba.

—¡Vaya!, es muy mexicano —hizo hincapié su acompañante.

—Lo mejor es la sazón, ¡es buenísimo!, ya verás.

—Por la cantidad de gente, se nota que sí.

—Y dime, ¿trabajas en la productora? —se aventuró a preguntarle Max, aunque por el gafete era obvio.

—Trabajo, vivo, ¡como!... —resopló ella, pero sonrió al final porque en realidad amaba lo que hacía—. Sí, ahí trabajo.

Él inspeccionó discreto a su inesperada acompañante. Le pareció que tenía unos treinta y dos años, de piel clara, bastante alta y delgada. Usaba unas gafas negras de pasta, un peinado recogido en cola de caballo y un traje sastre negro con camisa blanca que la hacían parecer el ejemplo en todo su esplendor de una ejecutiva bien pagada. Sus ojos rasgados casi felinos fueron lo que lo hicieron desviar su mirada hacia otro lado.

—¡Debe ser muy emocionante! —le dijo, deseoso de saber más.

Antes de que recibiera respuesta, una mesera se acercó a ellos y con especial interés ofreció la carta a Maximiliano, acercándosele provocativa porque ya lo reconocía como cliente. El escote de su blusa no lograba cubrir del todo sus voluptuosos atributos, pero, sin revisar la carta, él ordenó y ni siquiera se inmutó por la acción de la mesera. Cualquiera en su lugar se habría girado aunque sea un poco.

—Tiene sus ratos buenos —comentó la mujer luego de ordenar—. ¡Por cierto!, ya estamos hasta a punto de comer y no nos hemos presentado. ¡Qué distraída soy! —Ella creía en las vibras de las personas y, en el caso del joven con el que convivía, sintió una buena desde el primer minuto.

—Maximiliano Arias. ¿El tuyo es Sofía? —quiso confirmar porque eso decía su gafete.

—Sí. Soy Sofía Acosta.

Se dieron la mano y rieron por tremendo descuido.

—Me dijiste que fuiste al casting, ¿Cómo te fue? —continuó Sofía. Estaba segura de que era un principiante porque las audiciones de ese día fueron destinados solo a estos. A ellos se les pagaba solo una compensación y con eso abarataban costos.

—Sí, pero no me fue nada bien. Creo que no cubro el perfil —respondió y le fue imposible ocultar su tristeza. Ya debía un mes de renta, la colegiatura se avecinaba y solo le quedaba por vender una televisión descolorida. Las opciones para salir bien librado se le terminaban.

Ella río un poco y entrelazó las manos sobre la mesa.

—Supongo que no lo cubres porque estamos pidiendo hombres jóvenes que..., digamos, llamen menos la atención.

Maximiliano era alto, de piel morena clara y un cuerpo atlético que cuidaba bastante; todo lo contrario a lo que solicitaban.

—Se puede caracterizar, supongo —pretendió debatir, pero se silenció porque cayó en la cuenta de que no se detenía a analizar bien los requisitos. Sus arranques lo hacían equivocarse.

El Intérprete ©Donde viven las historias. Descúbrelo ahora