Entrevista

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Su reloj marcó la hora indicada y Maximiliano caminó hacia su destino. Entró a pasos firmes a la productora, esta vez más seguro de que obtendría mejores resultados. Cruzó el estacionamiento y cuando el guardia le abrió la puerta de cancel corrediza, el aroma a vainilla lo recibió. Pronto lo hizo estremecer la idea de que ese lugar podría ser su nuevo sitio de trabajo. Atravesó la amplia sala de espera que era toda color crema, excepto la pared del frente, que estaba pintada de azul oscuro donde brillaba el nombre de la productora. Llegó al mostrador semicircular plateado y se presentó. Allí no se podía permitir vacilar e hizo uso de sus conocimientos de relajación para parecer tranquilo. Después de todo él tenía que ser convincente si quería cubrir las deudas y darle calma a sus padres que se encontraban tan preocupados por él.

La recepcionista era una señora de unos cincuenta años, con cabello canoso y lentes redondos y grandes. Su amabilidad fue evidente desde que lo divisó porque le regaló una cálida sonrisa.

—En un momento la licenciada Acosta va a recibirlo en su oficina. Por favor, espere un momento —le indicó la mujer y señaló hacia los sillones que también eran color azul oscuro.

Tan solo dos minutos después el timbre del teléfono sonó y la recepcionista atendió la llamada, escuchó por un breve momento y luego colgó. Max pudo ver en su rostro cierta inquietud y eso prendió una alarma que le preocupó.

—Señor Arias, pase, por favor, a la oficina que está al final del pasillo izquierdo —le pidió y luego procedió a concentrarse en su libreta de apuntes.

—Gracias—. Enseguida se puso de pie y se acomodó su saco gris.

Deseaba verse lo más formal posible, pero unos pantalones del mismo color que el saco y una camisa negra de manga corta eran la mejor vestimenta con la que contaba. No llevaba corbata y sus zapatos estaban tan acabados que solo brillaban gracias a la exagerada pintura que le puso. En ese momento se recriminó no contar con algo mejor que lo ayudara a tener una impecable presentación. La crisis que llegó de forma repentina a su familia lo estaba perjudicando de más, pero ¡de ninguna manera iba a darse por vencido!

Fue su manera de levantarse y moverse junto con una personalidad imponente y esa voz sensual natural con la que hablaba, lo que causó que la recepcionista se ruborizara; tanto que, en cuanto el joven desapareció por el pasillo, cogió el conmutador para comunicarse con sus compañeras de chismorreo y hablarles sobre el nuevo aspirante.

Sin duda él poseía un encanto que sobresalía, y estaba consciente de ello. A Max le gustaba ser admirado. Tal vez ese era uno de los motivos por los que anhelaba tener los reflectores iluminando su cara.

Llegó hasta la puerta que le indicaron, se detuvo y volvió a acomodarse el último botón del sacó. En realidad, se sentía raro. No había avanzado tanto en una entrevista de trabajo y sospechaba que otra oportunidad similar tardaría en presentársele, si es que eso pasaba. Dependía de toda su entereza para hacer suyo el empleo. Esperó casi medio minuto, respiró hondo, hasta que se atrevió a dar dos toques sobre la madera.

«Va a salir bien, ya la conozco y le agradé», pensó para sí.

—Pase —pronunció una voz femenina que apenas escuchó.

Él giró la perilla y dio dos pasos dentro del lugar.

—Buen día —saludó y se sorprendió al ver que no era Sofía quien lo recibía.

Estaba frente a él una mujer desconocida. Justo en medio de la oficina, sentada sobre una silla de piel negra, en un amplio escritorio de madera oscura que tenía un montón de hojas encima, se encontraba una dama de unos treinta y cinco años. Tenía el cabello rubio oscuro y lacio que le llegaba pasados los hombros, piel clara y unos ojos color avellana que pronto lo observaron de manera fugaz.

El Intérprete ©Donde viven las historias. Descúbrelo ahora